En alas de la mentira

Hace ya bastantes años que pienso mucho sobre la mentira y la importancia que tiene en el mundo. A veces concluyo que la mentira es el factor más influyente en la civilización humana. Ayer, en un programa de La 2 que no pude ver, vi un momento a José Saramago diciendo que al igual que hubo una edad del hierro o del bronce, vivimos en la edad de la mentira.

Es cierto que la mentira y la verdad no son dos extremos indivisibles, inequívocos. Es cierto que todo es relativo. Pero incluso lo relativo se determina respecto a algún sistema de referencia. Que todo sea relativo no significa que valga todo, o que todo sea falso, o que dé igual si es cierto o falso.

Yo siempre había pensado que había cosas que la opinión pública no toleraba (si podía), entre ellas que la engañasen. En muchos fenómenos (dictaduras, guerras, linchamientos) participan personas que no tienen otra opción para librarse de sufrir la violencia, pero a la vez uno supone que también hay muchas personas que actúan engañadas. Es uno de los efectos malignos de la mentira. Y se da por supuesto que con el tiempo rechazamos esos fenómenos porque nos enteramos de la verdad. Uno de los fines del periodismo sería, según esto, destapar la verdad, para que podamos escandalizarnos y cambiar de opinión. En fin, uno supone que cuando a un ladrón se le ve el plumero, la gente (mayoritariamente) le retira su confianza, se siente engañada y enfadada, y el engañador sufre las consecuencias de ese descrédito.

Pero hace ya bastantes años que asisto atónito a un fenómeno que intuyo que es nuevo. No nos escandalizamos. Nos da igual. No queremos saber la verdad.

Por poner un ejemplo, siempre ha habido personas que comerciaban con su vida privada, en la prensa rosa. Pero hace unos cuantos años, supimos que una de estas historias (no recuerdo cuál, ni a quién implicaba) era falsa. Era un montaje, que quedó al descubierto poniendo en evidencia a sus protagonistas.

Yo creí que aquello traería un absoluto descrédito para la famosa (creo que era mujer) en cuestión, que la gente que seguía este tipo de prensa se indignaría, que la carrera de esta tipa estaba acabada. Pero para mi estupefacción, no fue así. No es que se lo perdonasen; es que la rueda siguió girando como si nada. A partir de aquel hecho (o quizás antes, no lo sé) se aceptó que los montajes eran algo normal, parte de la diversión telebasurera. El negocio fue a más y se disparó. Podíamos ver a los responsables de un montaje explicar cómo lo hicieron, sin que nadie les dijera: “Es usted un sinvergüenza y un impresentable, salga de este plató, por favor”. No; más bien había media docena de periodistas (¿periodistas?) preguntándoles detalles con la mayor naturalidad. Luego llegaron programas de televisión que mezclaban la ficción con la realidad, sacando personajes que se envidiaban, discutían, hacían y deshacían, sin que se supiera muy bien si aquello era verídico o no. Pero a su público no le importaba; se entretenían igualmente.

No es necesariamente malo que la gente se entretenga con ficción; el teatro es eso. Pero es sano distinguirlo de la realidad. Y la gente habla de todo esto como si fuera de verdad, sabiendo que es mentira. Y eso sí es malo. Porque se fomenta un hábito muy pernicioso. Que a uno le descubran una mentira ya no saca los colores a nadie.

Ni Tony Blair ni George Bush tuvieron que pagar un precio inmediato por las mentiras sobre las armas de destrucción masiva de Irak (aunque a Bill Clinton casi le cuesta la presidencia que mintiera sobre una cosa que a todos nos trae sin cuidado, y a pesar de que pronto admitió públicamente su mentira). Cualquier político puede intentar desacreditar al rival criticando en él cosas que ni ha dicho ni hecho, y nadie les pregunta: “pero, ¿de dónde se ha sacado usted esa información?”

Creo que nuestro músculo-de-rechazar-mentiras se ha relajado completamente, y ya no sirve para nada. Estamos demasiado acostumbrados no ya a dejarnos engañar, sino a buscar el engaño. Queremos que nos digan las cosas que nos da la gana creer. Desgraciadamente, cada vez hay más ejemplos realmente sorprendentes. No digamos en el mundo de la televisión y el “entretenimiento” (que ya es grave), sino en el de la política.

Pero claro, hablar de política y de verdad en el mismo artículo es no sólo difícil, sino yo diría que hasta peligroso.

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4 comentarios to “En alas de la mentira”

  1. luigi Says:

    ¿Y no crees que más que darnos igual lo que digan sobre cualquiera, que más que importarnos que sea verdad o mentira lo que se pueda decir o publicar sobre cualquier cosa, lo que nos falta es vergüenza?.Me acuerdo cuando era pequeño, que cuando me daban ganas de mear en la calle, me escondía en cualquier callejón o entre dos coches para que no me viera nadie.Hoy en día, si te ven meando en la calle, no sólo no te dicen nada, si no que te preguntan cómo te ha ido la micción; es más, meas delante de la gente para que ésta te pregunte cómo te ha ido. El caso es que se diga, se comente, se rumoree algo sobre tí, ya tendrás tiempo a decir si es verdad o no, y si encima te pagan por ello, mejor que mejor.Por un lado está “la víctima” de las falsas acusaciones, que cobra por ello, y por otro lado está el que recibe la información el “Agustín, Luis o Carmen” de turno, que, en el fondo de su “yo” piensa que qué bien le vendrían unas perrinas a costa de injuriar a su hermano, marido, o lo que fuera, porque sabe que la cosa va a quedar ahí (como mucho, pasar por el polígrafo, je je).El famoso “sueño americano” de los americanos, eso de que el más tonto puede llegar a presidente, o puede querer ser presidente, ya lo tenemos en casa señores, desde hace tiempo, y la conciencia, también, como burriquinos detrás de lo que dice un tipo cualquiera, sin saber si te está dando la mano o te está quitando 50 leuros.¿Cómo se puede anular a un país entero y que nadie haga nada?Y si no, que se lo pregunten a los de A.V.T.¿Y tú qué FAEs?

  2. darioa Says:

    La mentira es algo que se escondepara no tener que existir…Es que se me vino a la cabeza esta canción de Radio Futura, que se titula precisamente como el título de la entrada :-):“En alas de la mentira”A partir de ese disco Radio Futura ya fue deslizándose hacia abajo…No lo pude resistir…

  3. Guti Says:

    Luigi: Pues sí, estoy de acuerdo, es cuestión de vergüenza. Y ese es el problema: la vergüenza, casi siempre, es algo que nos provocan los demás con su rechazo. Y resulta que esta gente no tiene vergüenza de mentir (para esto incluyo en el mismo saco a Toni Genil, Dinio, Acebes, Zaplana, Ibarra…) porque no les sacamos los colores.Darío: Haces bien en recordar esa canción, porque el título es una alusión directa 🙂 Quizás lo más indicado para definir a esta nuestra sociedad es aquello de “Cierro los ojos y bailo / al borde del tejado. / Podría volar…”

  4. luigi Says:

    Por el dinero baila el perroY añado yo: – Y mete el orgullo en el c*lo.”Muchas gracias por recordarme a Radio Futura. Volveré a tararear estos días sus buenas melodías, y a recordar sus excelentes letras”

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