El Prestige

Cagüenlamar, qué ganas tengo de hacer cosas inútiles (como escribir aquí) y qué poco tiempo tengo estos días.

Hoy por la tarde (de autobús en autobús) leí un librito que se titula “Crónica negra del Prestige”, de Luis Gómez y Pablo Ordaz. Y es súper, súper interesante, oyes, fíjate.

Bueno, ya sé. Ordaz escribe en El País (Gómez no lo sé), el libro es de Aguilar y de hecho debe de ser poco más que una recopilación de artículos publicados en el periódico de PRISA, en fin, que seguro que por encontrar interesante un libro así soy un progre y un sociata y todo eso. Que sí, Mari Pili, que vale, que me alegro.

En el libro hay una clara crítica a quienes gestionaron el desastre, y algunas alusiones que pueden entrar, o no, en el terreno de la especulación. Pero lo digo en serio: ya podía ser así de tendencioso el periodismo español. El libro no tiene capítulo de conclusiones, no señala culpables claros; de hecho deja a uno con bastantes interrogantes. No es una quema de brujas. Sí, cuenta aquello de que Cascos estaba cazando, y Fraga también, y Matas y Acebes de romería (literalmente) pero, nos guste o no, al parecer son hechos probados, y su interpretación queda para el lector. Se deja entrever que el problema no les parecía lo suficientemente grave (cosa plausible), no que asesinaran a 192 personas en connivencia con un grupo terrorista. También se dicen cosas como que en la sala donde se reunía el gabinete de crisis no había un miserable mapa de Galicia; es difícil saber si es cierto o no. Pero insisto: un admirador de Rajoy y de Cascos puede desdeñar estos detalles, y listo.

Lo que me ha parecido más que interesante es saber (yo no lo sabía) cómo transcurrió la cosa. Uno se imagina esto:

Petrolero sufre vía de agua en un temporal de agárrate que hay curva. Tripulantes muertos de miedo piden socorro. Rescate extremadamente difícil, pero colegas marinos hacen lo posible y lo imposible, y Salvamento Marítimo, y el ejército. Colegas marinos arriesgan vida por petrolero. Técnicos y autoridades intentan hacer lo mejor para medio ambiente, pero nadie sabe qué es lo mejor. Tripulantes salvados, pero como la vida es muy perra, y el petrolero muy grande y difícil de manejar, se rompe, y marea negra al canto. Menda no tiene mucha idea de marinerías, y no puede juzgar qué debía hacerse, y entiende que las decisiones de ese tipo son difíciles.

Y la realidad es:

Petrolero sufre vía de agua en un temporal. Tripulantes muertos de miedo piden socorro. El resto… muy distinto.

Sólo un ejemplo: cuando un barco necesita ser remolcado, el remolcador que lo salva tiene derecho a un porcentaje (30%, creo recordar) del valor del barco y su carga. El valor del Prestige, con carga dentro, andaba por 120 millones de euros. Eso significa que el remolcador de marras buscaba un pastel de 40 millones de euros. La compañía que se lo ofreció al armador cerró el trato por fax en cuestión de minutos, probablemente por un chivatazo desde Galicia. El petrolero se negó a dejarse remolcar hasta recibir órdenes de su armador. Es decir: estuvo 3 horas a la deriva en medio del temporal, acercándose a la costa, sin que nadie hiciera nada, de manera innecesaria. Por razones estrictamente económicas, y no hablamos de la economía de los mariscadores, precisamente. Toda la operación de rescate (en la que había, en realidad, varios remolcadores disponibles) estuvo condicionada por el contrato de marras, no por criterios técnicos y de prioridad medioambiental.

Otra cuestión: este barco remolcador tiene un contrato de disponibilidad total con el Estado. Pagamos para que esté disponible. Si quiere hacer un servicio de tipo privado, debe avisar con 15 días de antelación. Es evidente que el día del Prestige no hubo tal aviso, pero actuó en todo momento como en un servicio de tipo privado. Que era lo que estaba haciendo, claro, aunque no debería ser así.

Son sólo dos pequeños ejemplos de la podredumbre de todo el asunto. El barco llevaba 77.000 tm de combustible hediondo, pero apesta muchísimo más todo el factor humano en este desastre. Porque en aquellas primeras horas, con el trasto a unas pocas millas de la costa, y con una grieta que no era nada en comparación con lo que vino después, habría sido pan comido llevarlo a algún sitio, aún flotando (¡incluso movido por sus propias máquinas!) y con la mayoría de los tanques intactos.

Luego podemos desviar la atención hablando de buques vetustos, de monocascos, de Gibraltar, de que el malo son todos menos yo que soy supereficiente y megachachi. Pero el caso es que tras leer el libro (y no por sus posibles juicios políticos, sino por su descripción de cómo funciona el tráfico marítimo) sí estoy convencido de que a nadie le importó una mierda lo que pasaba realmente. Cada cual salvaba su culo, no el petrolero ni el medio ambiente ni el Cantábrico. El capitán del petrolero salvaba su pensión de jubilación, los del remolcador un contrato de millones de euros, algunos técnicos su responsabilidad civil (a estos los disculpo, sabiendo con quién se jugaban los cuartos), y los políticos su dura cara.

Es así de triste. Lo del Prestige se pudo evitar. En este momento sí estoy convencido. Aunque intentaré buscar algún otro libro sobre el asunto.

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Una respuesta to “El Prestige”

  1. Hiroshige Says:

    Pues igual que tu antes y después del libro, está el mundo al respecto de todo. No sé si conoces el chiste pero las únicas palabras que definen el todo en general son “es el mundo el que huele a mierda” 😦

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