El derrumbe de Ricardo Menéndez Salmón y Pérez de Albéniz

Cuando vi que Isaac Pérez de Albéniz recomendaba en su columna un libro de un autor asturiano de mi edad [El derrumbe, de Ricardo Menéndez Salmón], en términos más o menos atractivos, y vi que en la biblioteca pública tenían el libro, decidí probar suerte.

Algo no funcionó. No sé si Menéndez Salmón escribe mal, o soy yo el que no sabe leerle.

Por una parte, tenemos una historia truculenta, que intenta mostrarnos el terror, la sordidez, la fascinación morbosa, la oscuridad y esas cosas. Pero a mí terror, lo que se dice terror, me inspira muy poco. Porque enmedio de todo está la prosa de Menéndez Salmón, que no me deja ver nada.

Está claro que Menéndez sabe escribir, y que domina un léxico muy vasto. O lo domina o anda de recolección permanente diccionario en mano, no lo sé; pero vamos, que alguien que usa palabras como ajorcas o acmé o es listo o se lo hace. Aunque no negaré que me ha decepcionado que utilice mal la palabra anagrama, ¡dos veces! (pp. 37 y 150), o “arrollando” por “arroyando” (p. 38).

También es el rey de la construcción: hacía mucho que no veía juntas tantas metáforas, símiles, metonimias… En esta novela todo, todo, constantemente, se parece a otra cosa, más ingeniosa y brillante que el original, y Menéndez no se recata en decirlo. Todo es “como” algo. Así que es (ahí voy yo también, es contagiosísimo) como estar viendo en todo momento ocho cuadros a la vez. Es fácil abrir el libro por cualquier página y recopilar “comos”: Pasarle la mano por los párpados como si le tocara con música. Chicharros, barbadas, sargos y fanecas, nombres que eran como perfumes dentro de la corta y selectiva memoria de un hombre. Era como admirar un paisaje congelado en el tiempo. La madrugada era diáfana como un gran vaso de cristal. Un rojo intenso, del lado de oriente, como si un matarife se hubiera lavado las manos en el horizonte. Se levantó igual que un loco furibundo y salió a la calle como un exiliado al que el viento azotara en busca de la próxima frontera. Así todo el rato, oiga. Todo tiene un “como” o una recua de adjetivos variopintos e inesperados.

Y los símiles son quizá lo más sencillo; siempre se puede dar una vuelta a una frase para decir lo mismo pero más complicado y talentoso. ¿Un almacén de madera? Pues… no seamos prosaicos, seamos poéticos:

Toneladas de madera transformaban los hangares de uralita en un cementerio de bosques. Cientos de árboles defoliados anticipaban novelas en octavo mayor, notaciones en pentagrama, fruslerías de tipógrafo.

Hay gente a la que eso le resulta interesante; a mí me resulta, básicamente, cansado. Pesado hasta la extenuación. Por eso digo que no es que Menéndez Salmón sea un mal escritor, es que yo soy un pésimo lector suyo. Supongo que hay gente (¿de la que paga por leer a Ruiz Zafón, quizás?) que se detiene con calma en todas esas palabras, las visualiza, las saborea, se solaza en ellas. Y disfruta de la novela. Yo la sufro, más bien, e intento saltármelas. Me hace gracia, porque él mismo pone en boca de un personaje esto:

La filosofía es ya una pura filología; la realidad es la sombra de la palabra, no a la inversa.

Si ha deslizado ese mensaje por cinismo, con eso sí que simpatizo. Punto positivo para él, que lo ha dicho mejor que yo.

Vale, sobrepongámonos a la forma y vayamos al fondo. ¿Qué queda de una novela negra de crímenes y horror si se obvia una cáscara tan gruesa? Pues para mí (mal lector, insisto) quedan historias de miedo que no asustan, que no me tocan. Queda un asesino al que la policía no consigue trincar, pero no sé por qué les resulta difícil. Quedan personajes cuya motivación apenas se dibuja y no entiendo ni de lejos, que no me dicen nada, que son muñecos vacíos al servicio de la novela. Queda un trío de mamarrachos que cometen actos técnicamente complejísimos que no son creíbles, ni siquiera en una obra de ficción. Queda una narración que a mí me resulta torpe, vacía, sin sentido. Un puro ejercicio estilístico. En vez de hacer yo un símil, voy a coger uno del autor, que ya ha escrito todos los que han sido y serán:

a Valdivia lo invadió una sensación de vértigo infinito, como si su cerebro estuviera hueco, no lleno de serrín o alfalfa para caballos, sino hueco, vacío, un globo repleto de pura nada.

Ni por lo más remoto pretendo tachar a Menéndez Salmón de mal escritor. Insisto: yo soy seguramente su peor lector.

Pero vamos, que cuando Pérez de Albéniz dice:

En ‘Derrumbe’ no sobra una sola palabra. Ni falta un temor. Es una obra difícil, por áspera, de lectura obligatoria. Este mundo no es un lugar fácil, y el escritor asturiano nos lo recuerda de una manera dura, despiadada, brillante, inolvidable.

Me pregunto si hemos leído el mismo libro.

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Una respuesta to “El derrumbe de Ricardo Menéndez Salmón y Pérez de Albéniz”

  1. Hiroshige Says:

    Si hay una especie en este mundo a la que odio, ésa es la de los críticos, aunque todos tenemos algo de críticos en algún momento. Pero estos, con ese “de lectura obligatoria” que cuentas… A mi me gusta Manfredi por su simpleza. Porque con éste sí que no sobra ninguna palabra porque usa las justas. Cuando busco algo más recurro a ese Kawabata que descubrí en un segunda mano y que se recrea describiendo las escenas con un celo tal que sólo puedes encontrar en las culturas orientales.Ahora que repetir una y mil veces “como X”… Si cuando intento escribir una entrada con algo que quiera relacionar con otro algo y me paso media hora intentando evitar la repetición de palabras y las mismas figuras literarias sin ser “escritora profesional”, debe de ser un crimen llamarse a uno mismo eso y repetirse de tal manera hasta la saciedad. Será que me caló hondo aquella clase de instituto en la que una profesora decía “es un vulgarismo tremendo en el lenguaje la repetición constante de muletillas y frases hechas o reiterativas”.

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