Archive for 29 enero 2010

La xuez de Otegi

29 29UTC enero 29UTC 2010

Tan xulgando a Otegi por enaltecer el terrorismu.

Y Otegi ye impresentable abondo, pero lo más impresentable de la sala ye esa xuez.

Paezme que nun se pue tolerar esa mena de falar, chulesca, graciosina, improcedente. Paezme que ye una falta de respetu contra el acusáu, los abogáos, el públicu, los ciudadanos que-y encargan una xera tan seria, y contra la xusticia misma. Un xuez tien que ser seriu, téunicu, neutral y garantista, igual que un periodista tien que ser discretu y non protagonista. Los comentarios tan de más.

Esta señora ta mui al tantu pa decir fatiáes, pero pal so trabayu non anda igual de llista. resulta que tan xulgando a Otegi por enaltecimientu del terrorismu nun actu nel que participó, y… nun saben lo que dixo Otegi, porque díxolo n’euskera. Y resulta que tan traduciéndolo agora. Lleven dos días de retrasu por culpa d’eso.

Pero ¿qué coño de instrucción se fizo equí? ¿Qué base hebo pa detener y xulgar a Otegi? Igual la participación nel actu ye bastante, nun digo que no, pero ¿non hebo tiempo pa facer una puñetera traducción d’un discursu?

A mí, como ciudadanu, que me siento representáu por esa xuez, dame vergüenza.

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Blair y Saddam

29 29UTC enero 29UTC 2010

Diz Tony Blair que “el cálculu del riesgu sobre Saddam cambió dempués del 11-S”.

Ta estupendo.

Si nun fora porque Saddam Hussein nun tuvo relación dala colos atentáos del 11-S, y pa enriba, eso sabíase dende el principiu (lo de les armes de destrucción masiva tamién, pero polo menos contóse una mentira; nesto, nin siquiera).

Pero güey, un porcentaxe mui grande de xente nos Estaos Xuníos piensa que la invasión a Iraq foi porque participaron nel 11-S.

El razonamientu de Blair ye pa echase a tremar de que dalguien asina tea al mandu d’un país.

La apasionante historia de Hopl y Fritzenberger (II)

26 26UTC enero 26UTC 2010

Habíamos dejado a Hopl y Fritzenberger sin acabar de explicar sus motivos para publicar su artículo en un sitio en el que no lo va a leer ni el tato.

Empecemos por aclarar algunas cosas sobre el trabajo de Hopl y Fritzenberger. Son profesoras en una universidad pública. Eso significa que dan clases, y también investigan.

Hopl y Fritzenberger quieren ganarse la vida, labrarse un futuro, y llegar algún día a ganar un sueldo lo suficientemente mediocre como para compensar mínimamente tanta preparación y sacrificio. Claro está que no van a ascender sin más; tendrán que ganárselo. ¿Y cómo “se lo gana” un profesor de una universidad pública?

Pues lo primero que tienen claro nuestras amigas es que, en lo referente a dar clase, da exactamente igual lo que hagan.

Sí; has leído bien. Da igual.

Simplemente, los días irán pasando, la antigüedad se irá acumulando sola, y ya está. En docencia, Hopl y Fritzenberger sólo tienen que procurar que no las echen, y con eso ya habrán alcanzado el techo de excelencia docente al que (administrativamente) pueden aspirar. A efectos de promoción personal, es indiferente si se explican bien o mal, si son amenas o aburridas, afables o impresentables, si están al día o no en su disciplina. Todo eso es difícil de medir, así que simplemente no se mide. Los años que uno pasa en un sitio sí son fáciles de medir, así que se miden. Y eso es todo lo que necesitan saber y aplicar sobre docencia.

Por tanto, donde Hopl y Fritzenberger pueden luchar para mejorar su situación es en la otra tarea: en la investigación. Y ¿cómo se mide la investigación?

No es fácil medir la utilidad de lo que uno investiga, ni el esfuerzo dedicado a ello, ni tantas otras cosas. Las autoridades miden lo que es relativamente fácil de medir. Y lo que es fácil de medir son las publicaciones: cuántas veces has contado algo por escrito en una revista científica o similar. Se supone que cuando alcanzas algún resultado o conclusión, vas y lo cascas: lo publicas. Para que te lo publiquen tienes que cumplir ciertos requisitos formales y alguien tiene que revisarlo, así que, en vez de revisarlo nosotros, contamos cuántas veces se supone que has producido algo que te han dado por bueno.

Claro, las autoridades no son tan injustas como para contar artículos sin más. ¿Cuándo un artículo es bueno, influyente, importante? Cuando mucha gente lo cita. Un mal artículo es aquel que no cita nadie.

Así que existen organizaciones dedicadas a contabilizar las citas de los artículos científicos, y asignarles un “índice de impacto”; en realidad, no a los artículos individuales, sino a las revistas en los que estos aparecen.

Estas organizaciones, ¿son instituciones científicas o gubernamentales sin ánimo de lucro? Pues no. Para la disciplina de Hopl y Fritzenberger, la lista relevante sería el JCR (Journal Citation Report), que es un informe anual preparado en última instancia por una empresa, Thomson Reuters, que cotiza en varias bolsas. Si quieres el JCR tienes que comprarlo. Si diriges una revista, y quieres que salga en el JCR, tienes que pagar. Si el índice de impacto varía, o simplemente la revista se cabrea con Thomson Reuters y no paga el peaje, la revista puede salir o entrar del JCR cada año. Tu artículo puede ser JCR un año sí y otro no; más te vale planificar cuándo te presentas a una oposición.

Por supuesto, en esas revistas no se publica cualquier cosa. Evalúan y rechazan los artículos, en un proceso cuya duración se mide en meses. Puedes tardar tranquilamente un año en ver publicado tu artículo, si tienes la suerte de que los revisores lo entiendan y lo consideren relevante.

Supongamos ahora que Hopl descubre una solución al problema P/NP, cosa que por sí sola justificaría toda una vida científica y seguramente llevaría a Hopl al premio Turing y a los libros de Historia.

Si Hopl investiga, se sienta en su despacho con un lápiz y no para hasta encontrar la solución, y prepara un y sólo un artículo yendo al grano de la cuestión, y (un pelín excéntrica, ella) trabaja sin financiación de nadie, y también decide colgar el artículo sin más en su página web para todo el mundo, tendrá cero JCRs.

Sin embargo, si Hopl se dedica a estudios de lingüística feminista y, aprovechando la coyuntura, trabaja en veinte proyectos subvencionados, como resultado de los cuales consigue colocar en revistas de impacto cincuenta artículos y aun suponiendo que estos versen sobre gilipolleces de dudoso valor científico, Hopl tendrá cincuenta JCRs, además de veinte participaciones en proyectos subvencionados (que también se cuentan).

Bajo este prisma, la prioridad científica de Hopl será publicar todos los artículos que pueda, en todos los sitios que pueda, y exprimir cada idea todas las veces que pueda, cambiando un poco el título o la forma. Intentará que su nombre vaya en todos los artículos de aquellos sobre quienes tenga algún poder (tesinandos, por ejemplo); intentará firmar sola para conseguir mayor reconocimiento, o quizás ocurra todo lo contrario y, cediendo a la amistad o los intereses, incluya como coautora a Fritzenberger para beneficiarla, aunque esta no sepa ni de qué va la investigación. En cualquier caso, buscará la manera de publicar el artículo en una revista del JCR o similar, con el índice de impacto más alto posible, y por lo demás, que se hunda el mundo. Si es una chica lista (y lo es) buscará temas de investigación “publicables”, y trabajará en ámbitos en los que haya muchas revistas con impacto en las que sea fácil publicar, y no en otros duros de roer para los que apenas hay revistas.

El sistema de producción científica se ve, pues, corrompido por un sistema mercantil, que promueve cantidad sobre calidad, que hace que el valor de un artículo resida en la estantería en la que está y no en lo que contiene, y que premia el acceso de pago al conocimiento frente a un acceso libre y universal que la tecnología informática ha hecho trivialmente posible.

Y este es el “servicio” que Grijander Press presta a Hopl y Fritzenberger, y a las autoridades que evalúan al profesorado en el país de Hopl y Fritzenberger, y a la comunidad científica. Y la consecuencia de todo eso es que Hopl y Firtzenberger ponen sus conclusiones a buen recaudo, donde sólo pagando a un tercero se puede acceder a ellas.

Una cifra de la "piratería"

20 20UTC enero 20UTC 2010

Hay un viejo vídeo, citado en su día por David Bravo, en el que Caco Senante se enorgullecía (al final) de un desafortunado símil que hizo (“¿sabe usted cuántos coches Mercedes se podía haber comprado Alejandro Sanz con lo que le han robado?”). También venía a considerar a la “sociedad española” equivalente a una sociedad criminal. (Yo, si fuera Alejandro Sanz, preferiría que no me defendiera nadie.)

El vídeo no lo había visto hasta ahora, pero en él un individuo que creo que ejerce de “periodista” en otro tipo de programas dice al principio que sólo en Madrid se vendían 30.000 DVD y 100.000 CD “piratas” al día. Uno de esos datos que uno acepta como dogma de fe.

Pensando un poco… 100.000 CD al día, durante un año, son 36.500.000 CD.

No sé a qué se refiere exactamente con Madrid. Si es la ciudad, tiene unos 3.255.944 habitantes según Wikipedia. Si es la comunidad entera, 6.271.638.

Así que si es la ciudad cada habitante compraría unos 11 CD “piratas” al año. Si es la comunidad entera, serían algo menos de 6. Cada uno de sus habitantes, grande o pequeño, niño o adulto. Claro, habría que extrapolar también cuánta gente de visita en se dedica a comprar esos CD.

Que cada cual juzgue si la cifra le parece verosímil o no.

Cómo hacer panorámicas (II) en castellano

20 20UTC enero 20UTC 2010

En una entrada que escribí en su día sobre este tema, en asturiano, un visitante me pidió que lo tradujese. Aquí va la traducción. Aparte del lenguaje, puede que no se entienda, ni siquiera en español, lo que quiero decir 🙂 así que también me ofrezco a aclarar lo que buenamente pueda de los detalles técnicos.


Voy a retomar el tema de las visitas virtuales. Hace ya tiempo que escribí cómo se podían hacer fotos panorámicas sin una cámara adecuada para ello, y ahora voy a contar cómo se puede poner en la red una visita virtual en 360º.

Para esto conviene usar un trípode, porque las fotos tienen que estar, en la medida de lo posible, bien hechas. Pones el trípode en el centro de la sala o paisaje, y pones la cámara bien horizontal (mi trípode es de los baratos, pero tiene un nivel de burbuja para ello). Entonces empiezas a sacar fotos para una panorámica como dijimos en el otro artículo, pero teniendo en cuenta dos cosas: una, que para girar la cámara aprovechamos el trípode, malteniendo perfectamente la horizontal. Dos, que vamos a hacer fotos hasta que demos la vuelta entera, haciendo una últimaa foto que sea casi igual que la primera. Depende de la cámara y de otros mil factores y como no entiendo mucho no puedo dar reglas, pero como ejemplo y para hacerse una idea, yo con una Lumix creo que hacía unas 20 fotos para dar una vuelta entera.

Con eso tenemos un “cinturón” horizontal de todo el paisaje. Cuidado si estamos en una habitación y hay cristales o espejos, porque saldremos nosotros en la foto; en ese caso, hay que usar el temporizador de la cámara, y después de darle al botón esconderse o apartarse para no salir reflejados.

Hecho esto, podemos sacar también un poco más arriba o más abajo de la horizontal, si queremos, Yo apunto la cámara un poquito hacia abajo, de manera que, como siempre, del orden del 40% de la parte de arriba de la foto esté repetida respecto a la parte de abajo de las de antes. Y otra vez lo mismo: una vuelta entera haciendo fotos. Y otra vez también apuntando un poco hacia arriba. Yo lo hacía así: el centro, abajo y arriba.

Una vez tienes todas las fotos, que en mi caso eran del orden de 60, se las metes al programa que las une, en mi caso el ICE (ver artículo anterior), y él va a hacer una foto como esta, por ejemplo. Esto es el salón de mi casa: ahí se ve que en la foto está “todo el salón” metido en un plano:

Esa foto se puede reducir de tamaño, o lo que uno quiera. Pero ahora sólo falta meterla en una página web, de manera que se pueda manipular con el ratón.

En este caso usaremos una tecnología que se llama “applet”. Es un programa que se puede ejecutar dentro de una página (en un rectángulo de la misma, como si fuera una foto normal pero “viva”); cuando la abres en el navegador, este carga el programa, y lo ejecuta. El programa es sensible al ratónn y las teclas, así que el usuario puede manipular esa “foto”. Y el applet que vamos a usar se llama PTViewer. Coges el fichero .zip, lo deescomprimes, y coges el ptviewer.jar y lo pones al lado de la página web donde quieres poner la visita, donde te parezca. Supongamos que tu página está en el directorio “/paginas” y que el .jar lo pones en el directorio “/paginas/visor”, por ejemplo.

Entonces, en el código fuente de la página pones algo así:

<applet archive=”visor/ptviewer.jar” code=”ptviewer” width=”400″ height=”300″>
<param name=”file” value=”MiSalon.jpg”>
<param name=”quality” value=”3″>
<param name=”auto” value=”0.2″>
<param name=”bgcolor” value=”ebebeb”>
Mi salón
</applet>

Ahí se ve que lo que se hace es cargar el “ptviewer.jar” y pasarle algunos parámetros. Algunos van en la misma etiqueta “applet”, y otros van aparte en etiquetas “param”. El “width” y el “height” están en pixels, y son el ancho y alto del rectángulo donde queremos que se vea el salón. El otro parámetro importante es “file”, que es la foto que montamos y puse más arriba.

Con eso (y si la página la ves con un navegador mínimamente moderno) ya se ve una foto del salón, que da vueltas sola. Si se quiere, se puede pinchar en la foto y arrastrar, con lo que deja de dar vueltas y lo mueves tú para donde quieras (para los lados y para arriba y abajo, hasta donde te deje, según las fotos que hayas hecho). Y si das “+” te acercas, y con “-” te alejas.

Poniendo cosas en los parámetros se puede hacer más virguerías, como poner “hotspots” en las fotos (o sea, explicaciones de algún punto de la foto), o enlazar una foto con otra página, con lo que puedes hacer una visita virtual entera (enganchando, por ejemplo, la puerta del salón a la habitación de al lado). Si buscas PTViewer por la red, hay montones de ejemplos.

Piraterías y copyrights: algunos puñetazos

18 18UTC enero 18UTC 2010

Unas cuantas reflexiones sobre todo este asunto del mal llamado pirateo, la guerra del copyright y la industria cultural. Diría “verdades como puños”, diría “obviedades”, pero pecaría de soberbia y me gustan más otros pecados, y además parece haber mucha gente que no está de acuerdo. Así que quitemos lo de las verdades y dejémoslo en puñetazos; verdades o no, intentan ser rotundas.

Puñetazo número 1: Hacer negocio consiste en aprovechar una oportunidad. Si no hay oportunidad, no hay negocio. Fin.

Si este puñetazo no fuera una verdad, yo podría hacer negocio sacándome los mocos, o haría aparecer dinero dando tres vueltas sobre mí mismo. Pero he probado ambas cosas, y no funcionan.

La mayoría de la gente no tiene ganas de pagar dinero porque sí. Por eso no es rentable cualquier negocio que uno se invente. Y las oportunidades pasan y cambian, y hay cosas que eran negocio, pero ya no lo son. Si necesitas que los gobiernos mantengan por ley una oportunidad determinada para tu negocio, la cosa va mal. Les funciona divinamente a los fabricantes de armamento, pero son más bien una excepción. El resto de los mortales, para conseguir ese apoyo, tienen que justificarlo muy mucho; y no imponen la forma de ese negocio, ni piden que se alteren leyes relacionadas con derechos fundamentales.

Puñetazo número 2: Cuanto más avanza la tecnología, menos gente hace falta para hacer las cosas.

Parece mentira que sigamos dando vueltas a esto, porque la situación que vivimos no es nueva; empezó hace más de doscientos años, y se llama maquinismo. Diría que las multinacionales discográficas o editoriales son los nuevos luditas, si no fuera porque los luditas eran los obreros, no los patronos. Hoy en día se siguen haciendo (con gran valor) cosas a mano; eso se llama “artesanía”. Tristemente o no, hay una proporción muy baja de artesanos en relación con todo lo que se fabrica, y una proporción muy baja de carteros en relación con todos los mensajes que se intercambian.

Puñetazo número 3: Una creación artística se parece a un bien material. Pero sólo se parece, no lo es. En algún punto la metáfora deja de ser válida.

Soy firme partidario de establecer analogías entre el mundo material y el inmaterial, siempre que se pueda. Pero cuando no se puede, no. Un autor es, casi siempre, un tipo que junta ideas de otros y luego, si puede, invade con ellas las mentes de sus conciudadanos. Es muy discutible que se pueda, o se deba, inventariar las ideas y asociarles peajes. Centrar el debate sobre la cultura exclusivamente en el concepto de propiedad es de una simpleza insólita. Se puede discutir si la tierra es colectiva o no (y supongo que esta frase habrá hecho saltar una docena de filtros de la CIA, la NSA y el CNI) pero la cultura, al margen de ideologías o modelos económicos, es colectiva por definición.

Puñetazo número 4: ninguna forma concreta de negocio ni propiedad es condición necesaria para la cultura. O: ¿y qué pasaría si los autores no cobraran?

Un simple corolario del puñetazo 1.

El pago a los autores de obras de arte tiene relación (se dice) con la subsistencia de los autores y con la subsistencia del arte.

Respecto a la subsistencia de los autores, por supuesto que es deseable, y no menos (¿más?) que la de quienes no tienen talento artístico.

Pero ¿qué hay del argumento cultural? Si la creación artística no fuese negocio, ¿se acabaría?

Es difícil saber si habríamos tenido a Miguel Ángel sin patrocinadores, porque los tuvo. Pero podemos estar plenamente seguros de que tuvimos a Van Gogh, que no los tuvo.

El arte a veces es una oportunidad de negocio, y a veces no. La inmensa mayoría del arte no está en venta, a ningún precio, porque no es rentable; sólo puedes acceder a ello… “pirateándolo”. Pero resulta que sí está sujeto a propiedad intelectual y derechos de autor, así que no puedes “piratearlo”.

Esa asociación entre negocio y arte/cultura en los términos que conocemos es más que discutible.

Una interesante adivinanza

14 14UTC enero 14UTC 2010

Por cierto, olvidaba apuntar algo que me contó una fuente de confianza. Una adivinanza. Tras la nevada del pasado fin de semana, las escalinatas de algunos centros universitarios quedaron, por supuesto, cubiertas de nieve pisada y helada, que hacía peligroso subir y sobre todo bajar.

En cierto centro universitario del Campus de Llamaquique… ¿quién se afanaba el lunes en quitar la nieve de los escalones?

a) El decano y el vicedecano del centro
b) El bedel o conserje
c) Un operario de mantenimiento
d) Un guardia de seguridad
e) Personal de limpieza
f) Miembros de organizaciones estudiantiles

Apuesten, por favor. Sopesen factores. A quién corresponde como parte de sus funciones, quién tiene el talante adecuado, quién tiene demasiada soberbia para rebajarse a eso, quién es un funcionario sin disciplina alguna que no necesita dar golpe, quién tiene la capacidad física de hacer ese trabajo. Y adivinen.

¿Ya?

¿Seguro?

Pues claro: la respuesta correcta es la a). El decano y el vicedecano estaban paleando nieve. Si han acertado, apuesto a que conocen ustedes muy de cerca la Universidad.

¿Que dónde estaban los demás, empezando por b)?

Bueno, es otra buena adivinanza. Hagan sus apuestas.

Ah, y busquen una explicación racional. Yo todavía no la he encontrado, así que pónganla aquí.

Accidentes

14 14UTC enero 14UTC 2010

En Al Saidiya (Bagdad), en junio de 2006, cuatro personas murieron en un accidente de tráfico. Concretamente, los ametrallaron desde un coche.

El torero Jaime Ostos fue en los años 90 víctima de un error médico. Para ser exactos, su mujer, neumóloga, dijo en la prensa que la maltrataba, pero años después se desdijo.

Diana de Gales falleció a causa de un puente mal diseñado. Concretamente, el ingeniero puso una columna en el sitio por donde el chófer decidió pasar con su coche, matándolos a todos. El ingeniero, digo.

Y, en esa línea, hoy nos enteramos de que “un error informático fijó la fianza de un millón para el alcalde de Seseña”, cuando debía ser de 10.000.

Todos, menos el cuarto, son coña y a nadie se le ocurriría contarlo así, salvo quizá en El Jueves. Pero el cuarto es de verdad, es literalmente el titular de El Mundo. Si un funcionario público pone un cero de más en un ordenador, tenemos un error informático. No sólo eso; ni siquiera es que el funcionario haya fijado la fianza en un millón por un error informático, que ya sería mentira. Es que el sujeto de la frase es el error. El error es el que puso la fianza.

Tócate las narices.

El timo de la investigación: la apasionante historia de Hopl y Fritzenberger

14 14UTC enero 14UTC 2010

Eres investigador. Un buen día piensas que la solución a los problemas del mundo es la presencia de mujeres en todos los ámbitos, y tú quieres ayudar a solucionar los problemas del mundo. Así que te pones a investigar por qué hay tan pocas mujeres que estudian Ingeniería Informática en la Universidad, y qué hay que hacer para que haya más.

Para ponerte al día vas a tu biblioteca (o sea, buscador de Internet) y aparece un tal artículo Why Are There So Few Women in Computer Science Studies?, autoras Hopl y Fritzenberger, publicado por Grijander Press.

Tirando del hilo llegas a la página web de Grijander, y el artículo está en el número 128 de la revista Artificial Intelligence and Applications, de la que en tu vida has oído hablar. Si quieres el número 128, afloja 100 €. Si quieres sólo ese artículo, afloja 15 €. Si el artículo vale algo o va a la basura, lo sabrás después de pagar.

Bueno, tiene que ser más fácil. Un científico quiere diseminar conocimiento, y suspira por que otros lean sus artículos. Y si hay un fuerte movimiento a favor del conocimiento de libre acceso, los científicos de las universidades serán los primeros en subirse a ese carro: tanto Hopl como Fritzenberger tendrán el PDF en su página web, ¿no?

Pues no. Ninguna de las dos.

Tanto Hopl como Fritzenberger son muy buena gente, personas amables y altruistas que se duchan a diario y encima sin derrochar agua. El problema no es (del todo) culpa suya: para aparecer en esa revista han tenido que firmar un papel. Si cuelgan el artículo en otro sitio, los de Grijander les cortarán los dos brazos (tres si los hubiere) y luego las mandarán a la cárcel. (Allí les cortarán las dos piernas y los brazos restantes).

Seamos sensatos, alguna lógica tiene que haber en todo esto. Como investigador, algún servicio me prestará Grijander Press, que valga más de 1€ por página.

Bueno, encontré el artículo gracias a un buscador (que no me cobró). No me interesa la revista, ni trabajo en inteligencia artificial (por cierto, me deja perplejo la presencia de ese artículo en una revista de ese título). Grijander Press no me facilita nada, sino que me impide tener acceso a un conocimiento científico, por el cual cobra un precio desorbitado. Y cobrar un precio desorbitado sólo por pasar me encaja con términos como “chantaje” o “secuestro”.

¿Cuánto le cuesta a Grijander Press facilitarme el artículo? Prácticamente cero. ¿Cuánto es justo cobrar por permitir a un científico leer unas páginas escritas por otro? Yo diría que, moralmente, cero. ¿Es este un conocimiento con potencial explotación comercial inmediata? Difícil lo veo. ¿Es una obra de ficción, de la cual obtengo un divertimento? Demonios, espero que no; estamos hablando de artículos científicos.

Es, además, dudoso que Hopl y Fritzenberger hayan cobrado a Grijander Press por entregarle el artículo (habría que ver si no pagaron, incluso).

Si estas científicas son gente maja e inteligente, si no cobran de la revista, si la revista no ayuda en nada, si tratar con ella les impide difundir sus ideas por su cuenta, y si a los lectores les hace la puñeta, ¿por qué no se limitaron a colgar un PDF en sus páginas personales, donde todo el mundo puede encontrarlo, leerlo, comentarlo y hacer avanzar tanto su propia investigación como la de las autoras? ¿Por qué firmaron ese papel?

La respuesta, en la próxima entrega.

Un balón de materia oscura

13 13UTC enero 13UTC 2010

Un artículo, mencionado en la portada de El País, que dice que “Un balón de materia oscura rodea la Vía Láctea”. La cosa es interesante, porque de materia oscura no sé casi nada, y parece que han descubierto algo. Nos agarramos a la silla, y leemos.

Y en el primer párrafo, leo esto, y me asalta la duda:

los astrónomos se trasladan a través de sus instrumentos a billones de billones de kilómetros por los alrededores de la galaxia

Puedo equivocarme, pero eso me suena raro.

Billones de billones de kilómetros… La distancia que menciona la autora viene a ser del orden de billones de años luz; al menos, cientos de miles de [millones-de-años-luz].

El universo parece tener unos 15.000 millones de años de edad; así que la luz no ha viajado más tiempo que ese, y por eso no le ha dado tiempo a recorrer más de 15.000 [millones-de-años-luz]. O sea, que el universo teóricamente observable estaría a una distancia de 15.000, y Malen Ruiz de Elvira habla de cientos de miles o incluso millones. Parece que por efecto de la expansión del universo, sí que la parte observable de este se extiende a una distancia mayor, pero aun así al menos un orden de magnitud por debajo de esos supuestos “viajes” de los astrónomos.

Otra cuestión es que una cosa es lo teóricamente observable y otra lo técnicamente posible. En total, eso de que los astrónomos se trasladan a esas distancias me resulta más que dudoso.

También me chirría eso de “los alrededores de la galaxia”. La galaxia tiene unos 100.000 años-luz de diámetro, o sea, que la autora llama “los alrededores de la galaxia” a algo que está al menos a un millón de veces esa distancia. Si vives en Madrid en una casa de 10 m de lado, con ese criterio Vladivostok (la estación final del Transiberiano) entraría en “los alrededores” de tu casa.

Bueno, es posible que me equivoque en algo. Pero la cuestión es que al escribir cifras de ese tipo habría que ir con cuidado, o cuando menos dar alguna explicación. Lo contrario es fomentar el analfabetismo numérico.