La apasionante historia de Hopl y Fritzenberger (II)

Habíamos dejado a Hopl y Fritzenberger sin acabar de explicar sus motivos para publicar su artículo en un sitio en el que no lo va a leer ni el tato.

Empecemos por aclarar algunas cosas sobre el trabajo de Hopl y Fritzenberger. Son profesoras en una universidad pública. Eso significa que dan clases, y también investigan.

Hopl y Fritzenberger quieren ganarse la vida, labrarse un futuro, y llegar algún día a ganar un sueldo lo suficientemente mediocre como para compensar mínimamente tanta preparación y sacrificio. Claro está que no van a ascender sin más; tendrán que ganárselo. ¿Y cómo “se lo gana” un profesor de una universidad pública?

Pues lo primero que tienen claro nuestras amigas es que, en lo referente a dar clase, da exactamente igual lo que hagan.

Sí; has leído bien. Da igual.

Simplemente, los días irán pasando, la antigüedad se irá acumulando sola, y ya está. En docencia, Hopl y Fritzenberger sólo tienen que procurar que no las echen, y con eso ya habrán alcanzado el techo de excelencia docente al que (administrativamente) pueden aspirar. A efectos de promoción personal, es indiferente si se explican bien o mal, si son amenas o aburridas, afables o impresentables, si están al día o no en su disciplina. Todo eso es difícil de medir, así que simplemente no se mide. Los años que uno pasa en un sitio sí son fáciles de medir, así que se miden. Y eso es todo lo que necesitan saber y aplicar sobre docencia.

Por tanto, donde Hopl y Fritzenberger pueden luchar para mejorar su situación es en la otra tarea: en la investigación. Y ¿cómo se mide la investigación?

No es fácil medir la utilidad de lo que uno investiga, ni el esfuerzo dedicado a ello, ni tantas otras cosas. Las autoridades miden lo que es relativamente fácil de medir. Y lo que es fácil de medir son las publicaciones: cuántas veces has contado algo por escrito en una revista científica o similar. Se supone que cuando alcanzas algún resultado o conclusión, vas y lo cascas: lo publicas. Para que te lo publiquen tienes que cumplir ciertos requisitos formales y alguien tiene que revisarlo, así que, en vez de revisarlo nosotros, contamos cuántas veces se supone que has producido algo que te han dado por bueno.

Claro, las autoridades no son tan injustas como para contar artículos sin más. ¿Cuándo un artículo es bueno, influyente, importante? Cuando mucha gente lo cita. Un mal artículo es aquel que no cita nadie.

Así que existen organizaciones dedicadas a contabilizar las citas de los artículos científicos, y asignarles un “índice de impacto”; en realidad, no a los artículos individuales, sino a las revistas en los que estos aparecen.

Estas organizaciones, ¿son instituciones científicas o gubernamentales sin ánimo de lucro? Pues no. Para la disciplina de Hopl y Fritzenberger, la lista relevante sería el JCR (Journal Citation Report), que es un informe anual preparado en última instancia por una empresa, Thomson Reuters, que cotiza en varias bolsas. Si quieres el JCR tienes que comprarlo. Si diriges una revista, y quieres que salga en el JCR, tienes que pagar. Si el índice de impacto varía, o simplemente la revista se cabrea con Thomson Reuters y no paga el peaje, la revista puede salir o entrar del JCR cada año. Tu artículo puede ser JCR un año sí y otro no; más te vale planificar cuándo te presentas a una oposición.

Por supuesto, en esas revistas no se publica cualquier cosa. Evalúan y rechazan los artículos, en un proceso cuya duración se mide en meses. Puedes tardar tranquilamente un año en ver publicado tu artículo, si tienes la suerte de que los revisores lo entiendan y lo consideren relevante.

Supongamos ahora que Hopl descubre una solución al problema P/NP, cosa que por sí sola justificaría toda una vida científica y seguramente llevaría a Hopl al premio Turing y a los libros de Historia.

Si Hopl investiga, se sienta en su despacho con un lápiz y no para hasta encontrar la solución, y prepara un y sólo un artículo yendo al grano de la cuestión, y (un pelín excéntrica, ella) trabaja sin financiación de nadie, y también decide colgar el artículo sin más en su página web para todo el mundo, tendrá cero JCRs.

Sin embargo, si Hopl se dedica a estudios de lingüística feminista y, aprovechando la coyuntura, trabaja en veinte proyectos subvencionados, como resultado de los cuales consigue colocar en revistas de impacto cincuenta artículos y aun suponiendo que estos versen sobre gilipolleces de dudoso valor científico, Hopl tendrá cincuenta JCRs, además de veinte participaciones en proyectos subvencionados (que también se cuentan).

Bajo este prisma, la prioridad científica de Hopl será publicar todos los artículos que pueda, en todos los sitios que pueda, y exprimir cada idea todas las veces que pueda, cambiando un poco el título o la forma. Intentará que su nombre vaya en todos los artículos de aquellos sobre quienes tenga algún poder (tesinandos, por ejemplo); intentará firmar sola para conseguir mayor reconocimiento, o quizás ocurra todo lo contrario y, cediendo a la amistad o los intereses, incluya como coautora a Fritzenberger para beneficiarla, aunque esta no sepa ni de qué va la investigación. En cualquier caso, buscará la manera de publicar el artículo en una revista del JCR o similar, con el índice de impacto más alto posible, y por lo demás, que se hunda el mundo. Si es una chica lista (y lo es) buscará temas de investigación “publicables”, y trabajará en ámbitos en los que haya muchas revistas con impacto en las que sea fácil publicar, y no en otros duros de roer para los que apenas hay revistas.

El sistema de producción científica se ve, pues, corrompido por un sistema mercantil, que promueve cantidad sobre calidad, que hace que el valor de un artículo resida en la estantería en la que está y no en lo que contiene, y que premia el acceso de pago al conocimiento frente a un acceso libre y universal que la tecnología informática ha hecho trivialmente posible.

Y este es el “servicio” que Grijander Press presta a Hopl y Fritzenberger, y a las autoridades que evalúan al profesorado en el país de Hopl y Fritzenberger, y a la comunidad científica. Y la consecuencia de todo eso es que Hopl y Firtzenberger ponen sus conclusiones a buen recaudo, donde sólo pagando a un tercero se puede acceder a ellas.

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2 comentarios to “La apasionante historia de Hopl y Fritzenberger (II)”

  1. Dr. House Says:

    Coincido completamente contigo en el tema de investigación. No obstante, para el tema de docencia también hay otras cosas que cuentan (aunque menos): Publicaciones docentes, material docente original, evaluación del alumnado al profesor (esto cuenta muy poco, la verdad). El sistema sigue mal, pero ya no se consigue todo puramente por antigüedad. Por ponerte un ejemplo, para contratado doctor la antigüedad supone 17 de 30 puntos totales. Y ya no vale cualquier clase, se supone que te miran en qué ciclos das, cuántas clases das y cuántas asignaturas distintas…

  2. Guti Says:

    Sí, House, tienes razón. En honor a la verdad, no es cierto que da igual todo lo que hagas en docencia. Pero lo cierto es que desconfío muy mucho de la importancia que pueda tener el material docente (me temo que es una concesión hecha a regañadientes, pero que a cualquier tribunal le va a importar un bledo), y por otra parte tiene su importancia lo de qué clases des, pero fíjate: la cosa depende de qué asignaturas elijas, sus características, etc. Es decir, esas cosas que a un alumno concreto que va a tu clase ni le van ni le vienen. Puedes ser un pésimo, pésimo profesor y seguir consiguiendo muchos de esos puntos.Bueno, no es que yo tenga la solución a ese problema, y tampoco es que no se haya avanzado nada en reconocer la docencia. Algún pasito se ha dado, no se puede negar. Pero "da igual lo que hagas en docencia", aun siendo incorrecto, es una aproximación razonable a la dura realidad (el resto de cosas que cuento sobre investigación son, seguramente, mucho más discutibles que esto).

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