Millares de imbéciles

La iglesia de San Julián de los Prados es una joya del prerrománico, de más de un milenio de antigüedad. Más o menos como la fuente de Foncalada. Es un milagro que podamos ver estas maravillas, estas islas de tiempo en medio de un mundo que cambia, se desmorona y se reconstruye a su alrededor. Y es un milagro porque basta que, durante esos 1.200 años, un imbécil se cruce en su camino para terminar con ellas. Y por delante de ellas cruzan, a diario, un montón de imbéciles. Después de 400.000 días de historia, calcula tú mismo cuántos imbéciles pueden haber pasado de largo.

Hace poco, uno de esos desgraciados se cruzó en el camino del Codex Calixtinus, un libro manuscrito del siglo XII. Foncalada ya tenía tres siglos cuando se escribió, pero aun así es un libro que anda por los novecientos años. La imprenta no era ni un proyecto todavía.

Yo no soy médico ni nada que se le parezca. Pero hasta un lerdo como yo sabe que, si una persona tiene un terrible accidente de coche, no se la puede sacar del mismo y bailar el merengue con ella. De hecho, es mejor no moverla ni un milímetro si es posible, y que lo hagan profesionales que saben hacerlo. No sé mucho más, ni falta que hace.

De la misma manera, no soy de letras, no estudié arte, ni tengo responsabilidades de gestión sobre patrimonio cultural alguno. Por eso pensé que quizá me equivocaba cuando, una vez recuperado el libro, en televisión pude ver imágenes como estas, me revolví inquieto en la silla y se me pusieron los pelos de punta:

Por fin a salvo. ¿A salvo?

Cógelo, cógelo, que es muy bueno y no llora ni nada

Después de que se encontrase el pobre libro tirado en un garaje, me pareció que en primer lugar era una gran noticia (al fin y al cabo, ahí estaba), y que en segundo lugar tardaríamos en ver el libro, porque para moverlo de donde estaba harían falta más preparativos que para levantar un cadáver. Me imaginaba a la policía saliendo del garaje andando hacia atrás con cuidado de no estornudar ni hacer ruidos, acordonando un radio de dos kilómetros, y llamando a expertos de Patrimonio Nacional, que se acercarían con trajes estancos e instrumentos de medición a ver si el libro se podía tocar y levantar o no, para luego meterlo en un depósito especial  y trasladarlo a un centro de tratamiento escoltado por el ejército en un transporte de baja velocidad con las calles cortadas, y luego otro ejército, pero de súper-libreros, idearía una estrategia para devolver el libro gradualmente a sus condiciones idóneas de conservación sin que se asustase ni le entrase tos.

Bueno, se me ha ido la pinza, pero yendo a lo más simple: hasta yo, que no soy ni médico ni presidente ni mandamás de catedral, tengo media idea de que cualquier archivero de cuarta fila que maneje escritos que no tengan la menor relevancia o interés los maneja siempre con unos guantes. Con unos guantes, joder. Nueve siglos, a cien imbéciles por siglo, pasando hojas, y cualquier libro acabará con una capa de roña de un centímetro. Coge un folio, y pásale el dedo por un sitio novecientas veces, a ver cómo queda.

Los expertos se están preguntando si ese período metido en plástico (y por tanto almacenando la humedad) no habrá hecho que el pergamino críe hongos, cuyos efectos podríamos ver en el futuro. Y esta gente, sin necesidad alguna, está sobando, manoseando, hurgando, pateando el libro delante de la prensa como si fuera una puta novela de a duro. Pasándoselo como un balón de voleyplaya. Sólo les faltó mojarse los dedos con la lengua y pasar hojas. Creen que poner cara interesante hace que sus actos parezcan inteligentes.

Como, según decía, yo soy un don nadie, pensé que mi escándalo al ver las imágenes quizás era infundado, porque no podía creer tanta torpeza, incultura y burricie. Pero temo tener razón.

Si tú eres un investigador cualificado, y vas a la Biblioteca Nacional (donde también hubo algún que otro episodio increíble) y consigues el permiso (el permiso) para ver un libro antiguo, no puedes entrar con comida ni bebida. No puedes entrar con un rotulador. Ni con hilo dental. De todos modos, como norma no te darán el libro, sino una reproducción, y tendrás que justificar muy mucho por qué quieres ver el libro de verdad.

No soy el único que se ha preguntado si esa pornografía tocona que veíamos en la tele era normal. He podido comprobar después que, sí, esos libros se conservan en condiciones controladas de humedad y temperatura, no se tocan pero si se tocan se hace con guantes, no se miran (porque deben estar a oscuras) pero si se miran no te puedes acercar ni respirar encima ni mangonear las páginas con las manos (¡ni siquiera con guantes!)… En fin.

Así que habría que preguntarse qué clase de animales ungulados meterían las pezuñas de esa manera, y en respuesta a qué inaplazable e inaccesible necesidad. Pero aunque llamé desgraciado al electricista que robó el libro, lo que hizo va perdiendo gravedad, a la vista de lo que hacen las autoridades con luz y taquígrafos. Por lo menos, para el comportamiento del electricista se me pueden ocurrir dos o tres motivos, quizá censurables pero comprensibles. Para esto de las fotos no encuentro explicación. Al final, casi que lo peor que hizo el electricista fue robar un millón de euros del cepillo de la catedral.

Lo cual, a su vez, da bastante que pensar y suscita otras interesantes cuestiones, por otro lado.

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