Elogio de la peluca

Dentro de unos años, podrás decir que esta profecía la viste aquí.

Van a volver a llevarse las pelucas. Antes o después.

Disfruto con moderación de mi progresiva redistribución capilar. En primer lugar, no tengo la menor intención de usar peluca, siempre me he negado en redondo a dejarme timar con ningún champú anticaída, y no creo que llegue a hacerme ningún trasvase, o implante, de pelo. Por supuesto, ni me menciones los crecepelos, que me parto y me mondo. La ciencia no puede, hoy por hoy, hacer crecer pelo humano ni evitar su caída (bueno, por poder supongo que puede a base de tratamientos hormonales, pero con efectos secundarios totalmente indeseables), y eso es lo que hay. No es mi rasgo más preocupante, ni físico ni químico ni psicológico, así que mejor pienso en otras cosas más graves que sí puedo controlar y, sin embargo, me empecino en que no me dé la gana.

Por otro lado, aunque soy menos drástico en esto, tampoco tengo planes de depilación. Procuro mantener a raya el crecimiento capilar en lugares poco prácticos (y eso, queridos congéneres, aparte de la barba incluye -¡sí!- las narices y las orejas). Pero no necesito una hidrodinámica avanzada como nadadores o ciclistas, y todavía no he llegado a la edad del pavo esa provecta que al parecer nos ataca a muchos. De todos modos, la depilación es, por lo menos, científicamente verosímil. Pero paso. Troglodita soy, y me temo que troglodita moriré.

Ahora bien; que una buena idea no sea adecuada para mí no hace que sea inadecuada en general. Y las pelucas, si lo piensas bien, son una excelente idea.

Hoy en día las pelucas están completamente estigmatizadas. ¿Por qué?

  • Porque se las asocia con la vejez, con algo antiguo.
  • Porque dan lugar a chanzas, burlas y símiles variados (¿por qué llevas una rata muerta en la cabeza?)
  • Porque se las asocia con lo falso, con el engaño, con la trampa, con ocultar el verdadero aspecto.
  • Porque se las asocia con una inseguridad, con una debilidad. Incluso con la enfermedad, según el caso.

Y, sin embargo…

Hagamos un ejercicio. Pensemos en un mundo en el que las pelucas no son un postizo, no son una prótesis: son una prenda de vestir. Pensemos en que la gente lleva peluca, incluso sin necesitarla, por cachondeo, por frivolidad, por cambiar de imagen. Pensemos en gente que lleva el pelo cada día de un color o una forma, pero sin necesidad de tratamientos incómodos y persistentes.

Si un día te apetece llevar pantalones de campana, los llevas. Si un día te apetece llevar el pelo afro, lo llevas. Y si te apetece una cresta azul, te la pones.

Pensemos también en un mundo en el que los calvos se ponen pelucas, de la manera más natural y a pecho descubierto; de hecho, de forma tan natural como el resto de la gente. Gente que se pone pelucas para estar guapa, para provocar, para incitar al cachondeo, para estar seria y formal. Pensemos, incluso, en gente peluda que se afeita la cabeza rutinariamente para poder usar pelucas variopintas con más comodidad.

¿Absurdo? ¿Por qué si lo llamamos “extensiones” no es absurdo? Si lo piensas, nada de ese mundo hipotético tiene nada de particular, salvo la pura convención social. Y si repasamos una por una a las razones por las que las pelucas están proscritas,

  • Los sombreros y las gorras se han asociado durante décadas con la vejez, con algo antiguo. Ahora no. Pero los sombreros y las gorras no han cambiado en absoluto.
  • Los tatuajes o los piercings dan lugar a chanzas, burlas y símiles variados (tatuajes en pellejos que se descuelgan, piercings que parecen ñarigones de vaca, pendientes de nariz metidos en medio de los mocos…) y ahí están.
  • Respecto a lo falso, el engaño, la trampa, ocultar el verdadero aspecto… venga, hombre, toda la moda es exactamente eso, incluyendo el maquillaje, y no digamos la silicona o el colágeno que hoy causan (incomprensible) admiración.
  • Y respecto a la asociación de ideas, los tatuajes siempre se han asociado con lo carcelario, la delincuencia, la miseria, la mala gente, el mal gusto, la poca cabeza. Y ahí están, ya lo dije antes.

Dentro de un par de décadas tendremos una generación de viejos cubiertos de tatuajes ridículos, descolocados, gastados y aburridos, viejos que recordarán que en aquel momento parecía una buena idea. Y tendremos un pujante mercado de pelucas que se utilizarán como cualquier otra prenda de vestir, con coquetería, audacia o recato, según cada cual. Tu compañero de oficina a veces traerá ropa caqui y el pelo a cepillo, y al día siguiente vendrá vestido de oscuro con melena hasta los hombros, y los viernes se atreverá con unos llamativos rizos azules. Verás pelucas secándose en el tendedero, y modelos de invierno y de verano, y la gente hablará en el ascensor de marcas de pelucas como hoy dicen “luis vuitón”, y los mejores peluqueros tendrán establecimientos, sí, pero también sacarán colecciones con sus peinados.

¿Impensable?

Yo te digo que sólo hacen falta dos cosas: que un par de espabilados vean negocio (y hay un negocio, y verdaderamente descomunal) y que un par de atrevidos avant-garde se las pongan. Roto el hielo, no habrá forma de pararlo. Porque las pelucas son una excelente idea. Sí, tienen sus inconvenientes; pero a poco que lo pienses, nada tiene más inconvenientes que los tatuajes, los tacones de aguja, los piercings en la lengua o los pantalones a medio bajar.

La idea fue mía, y soy un visionario. Que conste.

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Una respuesta to “Elogio de la peluca”

  1. Viejo: hay que decirlo más | Diariu de Guti Says:

    […] que lo soy. Y lo propio, lo adulto, es asumirlo. Puedo ponerme peluca o implantes, y de hecho defiendo esa opción (aunque no sea la mía), pero eso no tiene nada que ver; no es la cuestión. La cuestión es que […]

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