La caída del Museo Británico y los derechos de autor

Acabo de leer La caída del Museo Británico, de David Lodge. Un libro entretenido, puede que no el mejor de Lodge, pero está bien.

La historia está ambientada en Londres, y el protagonista es un universitario (cosa muy habitual en los libros de Lodge) que prepara una tesis y va mucho por el Museo Británico. Un Londres, claro, con tiempo desapacible y neblinoso.

Al decir esto, le puede venir a la cabeza la canción A Foggy Day a cualquiera que la conozca. A Foggy Day, que viene a ser Un día de niebla, es un estándar de jazz, muy, muy conocido. Lo compusieron George e Ira Gershwin, lo estrenó Fred Astaire en 1937 (eso sí, en una película casi olvidada, excepto por sus canciones, llamada A damsel in distress)… Vamos, todos los ingredientes para ser una canción más vista que el TBO, como quien dice.

Tanto es así, tan conocida es la canción y tanto tiene que ver con el Museo Británico, que ese libro se iba a titular, de hecho, El Museo Británico había perdido su encanto, que en el original es The British Museum had lost its charm. Y digo “el original” porque no es ni más ni menos que una frase de la letra de A Foggy Day. Una mera referencia cultural, que muchos anglosajones identificarán.

Pues esto es lo que cuenta David Lodge en su apostilla del libro:

Mi título provisional para la novela, desde el principio, había sido El Museo Británico había perdido su encanto, verso de una canción de George e Ira Gershwin que a mí me gustaba especialmente en la melodiosa versión de Ella Fitzgerald, y que a menudo entonaba para mí mismo durante mis dos años de trabajo obligado en Bloomsbury:

 

Un día en Londres feo,
nebuloso,
me hundió y me enterró en un foso,
vi el amanecer con espanto,
el Museo Británico había perdido su encanto.

 

Me mandaron las pruebas de la novela a San Francisco, las corregí y devolví a Londres y el libro estaba a punto de entrar en las últimas fases de producción cuando a Tim O’Keeffe se le ocurrió preguntarme si había solicitado permiso para usar en el título las palabras de la canción de Gershwin. No lo había hecho.
Escribí inmediatamente a la Gershwin Publishing Corporation de Nueva York pidiendo el permiso. Me lo denegaron. Les supliqué que cambiasen de idea. Fueron inflexibles. Me sentí profundamente decepcionado porque el título y la canción de la que procedía habían estado íntimamente relacionados con la génesis y la composición de la novela. Había sido la canción de Gershwin, más que el Ulises, lo que me había sugerido conscientemente la idea de limitar la acción a un único día y la que había aportado la niebla, que constituye una parte tan importante del ambiente de la historia y de la maquinaria del argumento. Pero disponíamos de poco tiempo y Tim O’Keeffe me apremiaba para que le diese otro título.

Esa es la historia. Lodge no pudo titular su libro con una referencia cultural, un guiño. Tuvo que ponerle otra cosa.

No es la primera vez que escribo sobre las estupideces de la propiedad intelectual. Y aquí está otra.

¿Cómo es posible que para usar una referencia cultural a una canción que está sin duda alguna en el American Songbook de la música popular haya que… pedir permiso a alguien?

¿Habría que pedírselo a los Gershwin, si estuvieran vivos? A mí me parece delirante. Ellos compusieron una canción, se popularizó, se convirtió en una idea común. Y ya está. Cobraron por su trabajo en 1937, de todos modos.

Ya digo que me parecería delirante pedírselo a los Gershwin si estuvieran vivos. Pero es que George, el músico, murió… en 1937, el año en que se estrenó esa película. Ira, el letrista, murió en 1983. Lleva casi 30 años muerto (George 75). Así que…

¿Quién demonios es la Gershwin Publishing Company? ¿Cómo es posible que haya que pedirles permiso, no ya para vender una partitura de A Foggy Day, sino tan sólo para hacer una alusión?

Damos otro paso, aceptamos pulpo dos veces, y entonces me pregunto: ¿cómo es posible, cómo se puede entender, que encima nieguen el permiso? ¿Con qué poder cuentan para alterar la composición de una obra de arte en la que un escritor menciona una canción de juventud? ¿Por el hecho de que alarm rime con charm y Ira pusiera esos versos y la canción hiciera fortuna… ya no podrá repetir nadie esa frase? ¿Qué versos hay en las demás canciones, mucho menos conocidas, de A damsel in distress, y que ya no podemos usar tranquilos?

Y entonces me surgen más preguntas estúpidas. ¿Pidieron permiso los Gershwin al Museo Británico para nombrarlo en su letra? ¿Deberían haberlo hecho? ¿Puede el Museo Británico demandar a la Gershwin Publishing Company?

¿Tiene todo esto algún sentido?

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Una respuesta to “La caída del Museo Británico y los derechos de autor”

  1. R. Says:

    Otro sinsentido más. Si hubiera denuncias por cada guiño a otra referencia cultural, se saturarían los tribunales… Además, siempre existe la posibilidad de citar.
    Los derechos de autor son una buena idea, porque sin ellos, mucho de lo que tenemos no existiría, ya que nadie podría vivir de escribir, de hacer fotos o de componer música, pero muchas veces también, contribuyen a limitar la evolución/transmisión de cultura y eso es una auténtica pena.
    Como nota final, ¿quién no ha descubierto alguna canción, o algún libro a través de películas, otras canciones, otros libros…? Yo mismo descubrí a Norman Mailer y su genial “Los tipos duros no bailan” gracias a una serie de televisión.

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