Comunión

El domingo pasado fui a una comunión. Creo que nunca había ido a una, de estas con niños de marinero, y tal. A mí no me tocó, y por una cosa o por otra no había podido ir a las de los “comunables” que tenía a mano.

Y lo viví con mucho interés, la verdad.

Me sentí ajeno, una especie de observador que se hubiera colado en una ceremonia extraña e incomprensible. No sabía muy bien qué se suponía que debía sentir, y por otra parte no era el día para ir allí a poner por delante mi aversión a las religiones, a la católica en particular, y la rabia que siento por que existan colegios religiosos pagados con dinero público, con una capilla mucho más grande que diez veces la Biblioteca de Ciencias e Informática de la Universidad de Oviedo, por decir algo.

Supongo que la gente veía una ceremonia bonita, con unos niños asumiendo un papel protagonista, uno de los primeros en su vida, responsables, con la lección aprendida. Y bueno, eso era verdad. Y que  un coro siempre es un coro, oiga. Y más si, para mi sorpresa, empiezan a cantar la música de The last supper, de esa obra maestra que siempre me pone los pelos de punta. Hace años era blasfemia, y ahora cantan las canciones en misa.

También era verdad lo otro. Que allí había una docena de niños indefensos, en una ceremonia en la que supuestamente piden entrar a formar parte de un grupo de adultos, pero que simplemente hacen lo que se les ha dicho, después de ¡dos años! de adoctrinamiento. Me parece brutal.

Si uno ve la ceremonia con ojos inocentes, estaría enternecido y emocionado. Si la ve con ojos como los míos, se quedaría perplejo cuando el cura les dice que les va a hacer preguntas sobre si deciden renunciar al demonio y otras parecidas,  y para que contesten les dice “coged las hojas que tenéis sobre la silla”. Para leer libremente las respuestas, claro.

Preguntar a un niño de 8 años si renuncia al mal me parece tan surrealista… Y que lo haga un miembro de la iglesia católica más aún, porque lo suyo sería que el niño dijera “Sí, señor cura; rechazo el mal, por eso recojo los trastos, salgo de este edificio a toda velocidad y pongo distancia entre ustedes y yo.” Pero es que yo soy un enfermo, no lo puedo evitar.

Si uno ve con ojos ilusionados a la catequista y al cura hacer su diálogo, pensará emocionado en esta mujer, que lleva dos años trabajando con estos niños que ya son casi su familia, ayudándolos para que estén bien preparados y sean buenos toda su vida y se salven y encuentren el consuelo que ella encuentra en la religión. Si mira con ojos como los míos, verá a una mujer que recluta niños indefensos (ya lo he dicho), aprovecha sus tiernos y receptivos siete años para inculcarles durante dos (la cuarta parte de su corta vida) cosas de las que probablemente ya no puedan librarse nunca, y luego mantiene con el cura una especie de representación pedante en la que el cura le pide cuentas de por qué quiere que esos niños pasen a sentarse a la mesa de los cristianos, y se hace el duro y pregunta si cree que están preparados, y ella dice que “aunque son pequeños”, cree que están preparados, y menciona la gran fe que tienen desde el bautismo. Y entonces el cura, que sigue haciéndose el roncha, dice que bueno, que vale, que en fin, que si ella lo cree, que les dejará comulgar. Como si no lo estuviera deseando; como si no fuera a hacerlo obligatorio si pudiera.

Y como si se pudiera tener algún tipo de fe en el bautismo (ni a los ocho años, por otra parte).

El cura, adoptando el papel de buen rollo con los niños en plan Fernando Argenta, pone un ejemplo para que los niños no se olviden de lo importante de ese día, con tanto regalo y uniforme: es como si pones una gran tarta en una habitación llena de espejos, y la gente entra y va a las tartas de los espejos, cuando la de verdad está sola en el centro. Padre, estoy seguro de que uno puede currarse los ejemplos un poco más. Los niños necesitan ejemplos sencillos, pero estoy seguro de que si yo hubiera oído ese ejemplo me habría quedado tremendamente extrañado de que la gente se fuera como loca a los espejos. Los adultos son muy, muy raros.

Luego puso otro ejemplo: el animal con el corazón más grande. Empezó a preguntar cuál era. Pues la jirafa, dice. La jirafa tiene el corazón más grande, porque tiene que bombear la sangre hasta la cabeza. Y también ve desde lo alto. Así quiero yo que seáis, que tengáis un corazón muy grande y veáis desde lo alto y blablabla. En momentos como ese hay que contenerse para no sacar el móvil y buscar, pero uno apostaría a que el corazón más grande lo tiene la ballena. El corazón de una jirafa es grande, puede pesar más de 10 kg; pero el de un rorcual azul pesa más de 600 kg. Para una vez que se sale de la teología, dice una mentira. Es mentira por 60 a 1.

Y finalmente, los niños prometen una serie de cosas. Algunas de ellas indudablemente buenas, como ser compasivos; otras van más relacionadas con la pertenencia a la institución, por así decir. A mí tampoco me convence mucho un niño de 8 años haciendo una promesa de por vida ante un jesuita; por mucho que diga la catequista.

Pero todo esto se ve con ojos como los míos. No sé si son los acertados. Con los otros ojos se ve un domingo hermoso, y unos niños educados y responsables que se lo pasan bien. A veces casi apetece elegir esos ojos.

Pero no puedo.

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Una respuesta to “Comunión”

  1. Rose Says:

    Ya te contaré yo a tí con qué ojos lo ve cierta propietaria de un negocio de actividades extraescolares cuando llegan las mamis y papis a pedirte cambiar todo el organigrama de clases para adaptarlas al horario del catecismo siendo el catecismo prioritario sobre todas las cosas……..brrrrrrrrrrr!!!!!!.
    Brillante,me has llevado de un golpe de texto a la mía. (la comunión,digo)

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