Archive for 25 septiembre 2013

Scarlatta, de Gavotti

25 25UTC septiembre 25UTC 2013

Otra cosa que fice esti veranu: deprender una gavota de Alessandro Scarlatti, Xandru pa los amigos.

Sí, anque seya pa tocar jazz delles veces fai falta la mano drecha, y el maestru propúsome practicar cola guitarra clásica. Y equí tamos. El ésitu ye duru, amigos. La fama cuesta.

Siendo un guitarrista mediocre de jazz, nun digamos cómo se me da el barrocu. Pero hai coses buenes nesti exerciciu. Como tantos guitarristas, toi deprendiendo a lleer tovía, y esta pieza deprendila namás a partir del papel; dafechu, nunca nun la oyí tocáa por naide. Pa bien o pa mal, lo que suena ye lo que lleí. Y eso pa mí ya ye un trunfu.

Dinámica ramplona, tempu a la mi manera, y hai dellos erros, pero nun quise facer más tomes, porque esto nun ye pa ver lo buenu que soi, ye pa ver hasta ónde llegué. Y más o menos esto ye lo que algamé de momentu.

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Viejo: hay que decirlo más

24 24UTC septiembre 24UTC 2013

Richard Dawkins dice, con gran acierto, que no existe eso de “niños católicos” o “niños musulmanes”. Un niño viene a que le cuenten el mundo, y por eso está indefenso ante eso que le cuentan; porque no distingue las descripciones de los juicios, y tampoco las verdades de las mentiras. Por esa razón, y no por otra, las órdenes religiosas están tan interesadas en la educación, que en todos los demás aspectos es exactamente lo contrario a lo que les conviene y preconizan. Un niño no juzga; sólo explora y acepta.

Yo crecí en un lugar en el que era muy raro encontrarse con un negro de verdad, y tardé muchos años en ver uno. De muy niño, yo tenía la vaga intuición de que ser negro era intrínsecamente malo. Esa intuición la heredé de los adultos de la época, supongo, y creo que en mí era tan inconsciente, tan peligrosamente inconsciente, como en ellos.

Pero claro; un niño pronto empieza a poner su cabeza a funcionar. Y veías Holocausto, y te quedabas absolutamente atónito y aterrorizado y conmovido, y entendías hasta dónde pueden llegar los mayores, aunque no entendías por qué. Y entonces veías Raíces, y pensabas que, jo, aunque aquel señor fuera negro él no tenía la culpa, y estaba clarísimo que tampoco era para tratarle así. Y dándole vueltas a todo aquello, tirando del hilo y poniéndote en cuestión, llegabas a darte cuenta de que no era para tratarle así… ni de ninguna otra manera. Era sólo un hombre. Nada menos que un hombre. Reparabas en tu propio presupuesto inconsciente de que ser negro era malo, y concluías que había que borrar aquella idea agazapada, que no sabías de dónde había salido, porque lo que es razonando, no había forma de llegar a ella ni defenderla.

Ya desde tierna edad me di cuenta de que el problema que se veía en Raíces no se solucionaría compadeciendo a los negros, ni evitando piadosamente (¿piadosamente?) reconocer su existencia; se solucionaría cuando ser negro fuera indiferente. Cuando fuera una descripción, y no un juicio. Cuando no hiciera falta decir “de color” o sandeces parecidas. Cuando hubiera erradicado esa idea inconsciente y peligrosa, que me acompañaba casi desde el nacimiento, de que ser negro era peor que ser blanco.

Y así llego a donde pretendía, que es a hablar de los viejos.

Cuando yo era muy niño, en contraste con lo anterior, ser viejo no era intrínsecamente malo. Un viejo era un señor de mayor edad que los “mayores” de la clase, y también que los padres. Y hasta ahí llegaba la definición. Los viejos tienen un aspecto propio, son divertidos e interesantes para algunas cosas, pero los respetas más y no suelen jugar a la pelota. En eso consistía ser viejo; en que te respetasen más y estuvieras exento de gimnasia (eso si querías, porque hay viejos que cruzan el Canal de la Mancha nadando). No equivalía a ser feo, ni inútil, ni irrelevante. La palabra “viejo” era descriptiva, no un juicio.

Hoy asisto atónito, y cabreado, a una demostración de estupidez que me subleva tanto como los latigazos que aquel indeseable le daba a Kunta Kinte. El desprecio a los viejos. A la vejez. A la palabra “viejo”.

No siempre está claro a partir de qué punto se puede aplicar un adjetivo, pero a mí se me ha caído suficiente pelo para saber que soy calvo. Tenía el 50% de posibilidades de serlo, y hace tiempo que lo soy. Y lo propio, lo adulto, es asumirlo. Puedo ponerme peluca o implantes, y de hecho defiendo esa opción (aunque no sea la mía), pero eso no tiene nada que ver; no es la cuestión. La cuestión es que asumo sin traumas el hecho cierto de que hay zonas del órgano más grande de mi cuerpo (sí, la piel) que antes tenían una densidad de pelo mucho mayor. Asumido eso, puedo hacer algo al respecto, o dejarlo como está. Excretar pelo por los poros de la cabeza está fuera de mi alcance, eso sí. Y eso es todo.

No soy viejo todavía, pero espero serlo algún día. Y cuando ese día llegue, y me reconozca a mí mismo como “viejo”, me gustaría que se me calificase así, me gustaría reivindicar la dignidad de esa palabra. Me gustaría que no intentasen llamarme de alguna otra estúpida manera quienes tienen la idea, peligrosamente inconsciente, de que envejecer es una vergüenza. Seré un viejo, seré viejo, y espero conservar la lucidez para estar orgulloso de serlo. Y de que la gente tenga presente que sí, que probabilísticamente estaré más cerca de la muerte que cuando era joven, y que para algunas cosas quizás seré un tipo divertido o interesante, y que no me andes tirando pelotitas porque a lo mejor te ganas una hostia.

No sé si el problema es ese, el miedo a la muerte. Que esa es otra, y da para largo. Quienes temen a la muerte, o quienes no han madurado lo suficiente para vivir sabiendo que morirán, y necesitan rodeos o muletas, a veces son tan peligrosos como los homosexuales reprimidos, que persiguen a sus iguales con toda la saña que les distraiga de ese fantasma que les persigue a ellos. Quizás los que no tienen valor para asumir la vejez son los que escupen “viejo” con asco, como un insulto. Como en su día otros escupían “negro”.

Pero no, señor. Ser negro está en el color de la piel; ser viejo está en la textura. Eso es todo. Ser viejo tiene una larga lista de inconvenientes, con los cuales cada cual lidia como buenamente puede. Pero también los tiene ser gilipollas, y estar vivo, y tener trabajo, y estar casado y tener perro y ser del Atleti. Todo ello son fuentes de infelicidad, si se mira bien, ¿no?

Si algún día yo llego allí, llámenme viejo con respeto, y será mucho mejor que si me llaman “abuelito” con conmiseración. Estar (¡teóricamente, probabilísticamente!) más cerca de la muerte no es peor que ser tratado como un imbécil.

Eurobasket de pacotilla

23 23UTC septiembre 23UTC 2013

El problema no es que España gane el bronce; eso está genial. Es muy, muy difícil sacar algo en un campeonato de estos, y muy, muy fácil quedar fuera de todo. Incluso siendo el mejor equipo, si lo fuera. (Que probablemente lo es, visto lo visto).

Basta con perder un partido tonto, un solo día, en cuartos, y te quedas fuera de los cuatro primeros puestos. Vamos, que cometes un par de errores en el sitio indicado y acabas octavo sin comerlo ni beberlo. Así que no hay que cebarse con los jugadores. Al contrario, habría que felicitarse.

Pero…

Eso es la teoría, eso es a priori. Viendo luego cómo fueron las cosas en la práctica, esa medalla de bronce sabe peor que una cucharada de yeso.

Porque nunca jamás ganar una medalla de oro va a estar tan fácil como en este campeonato.

Que tengas delante un equipo de paquetes (sí, señor: PA-QUE-TES) como estos franceses, que los dejes (como se merecen) en unos miserables 65 puntos, y que aun así no seas capaz de ganarles antes de la prórroga, es terrible.

Siempre nos acordamos de la canasta decisiva, aquella que se falló y pudo cambiar el curso de las cosas. Es que aquí no hubo “la” canasta decisiva; habría sido tan fácil meter MEDIA DOCENA que el partido se tenía que haber ganado por diez puntos, como poco.

Estoy siendo duro, ya lo sé. Pero es que este equipo llegaba al ataque, y no se le ocurría absolutamente nada salvo botar, botar, botar y luego tirar a la desesperada al límite de la posesión. España no era una amenaza. No había un balón dentro, no había juego. Llegaban allí, se quedaban parados, y claro, no pasaba nada. Bueno, sí; pasaba que Sergio Rodríguez corría y corría como pollo sin cabeza. Y un base sin cabeza es lo peor.

Así fue como un conjunto de paquetes, con un jugador que juega magistralmente el uno contra uno y se llama Tony Parker (y eso es todo), consiguió forzar una prórroga metiendo 65 miserables puntos.

Jamás en la vida un equipo se va a encontrar con una oportunidad como esta, con una medalla de plata tan sumamente barata. Sólo se podía perder regalando el partido. Y así se hizo. Que un triple no entre es normal, que regales balones no.

Y si en este campeonato de Europa la campeona es Francia, esta Francia, es que el baloncesto europeo está en crisis.

De verdad que yo llevo muy bien que un equipo pierda; sé calibrar muy bien lo que es el deporte. Pero esto que vi el viernes era una demostración de impotencia tan enervante que… menudo cabreo más tonto que pillé.

El mandril de mi coche

22 22UTC septiembre 22UTC 2013

En un anuncio estúpido salía un mono apuntando al conductor con una ballesta. Yo no llevo monos de esos por lo general, pero en mi coche sí que hay un mandril. Si sabes mirar.

Mandril

Productos de otra época

22 22UTC septiembre 22UTC 2013

Mientras tanto, en Jaca…

Productos de otra época

¿Qué puede haber en una oficina de butano tras ese cartel?

En defensa de Ana Botella (II)

13 13UTC septiembre 13UTC 2013

Sigo defendiendo a Ana Botella. Quién lo iba a decir.

Otra de las cosas que leo y escucho constantemente es que Ana Botella no fue elegida para el cargo de alcaldesa.

Independientemente de los méritos de los que pueda carecer Ana Botella, tema que daría para mucho, las cosas son como son. No soy experto en estas cosas, pero por lo que sé, Ana Botella fue tan elegida para el cargo como su predecesor Alberto Ruiz Gallardón. Los votantes, en nuestro sistema, no eligen presidente o alcalde; eligen representantes, que a su vez eligen presidente o alcalde.

Ana Botella era la segunda de una lista electoral en la que Alberto Ruiz Gallardón era el primero. Ni más ni menos. En términos electorales, no hay ningún fraude a los votantes si Ana Botella accede al cargo.

Habiendo tantos motivos para elegir, creo que está de más criticarla basándose en un motivo falso, como creo que es este.

Miley

10 10UTC septiembre 10UTC 2013

El problema del bailecito de Miley Cyrus no es que sea erótico, ni escandaloso, ni provocador. El problema es que es ridículo.

En defensa de Ana Botella

10 10UTC septiembre 10UTC 2013

Podría escribir un montón de cosas sobre la candidatura de Madrid a la organización de los Juegos Olímpicos. Y sobre Ana Botella en particular. Cosas poco agradables.

Pero me veo en la obligación de ir contracorriente.

Se ha montado la gran risión porque Ana Botella dijo “a relaxing cup of café con leche”. Todo el mundo se mofa.

Y lo que dijo Ana Botella es totalmente correcto.

No voy a decir que habla buen inglés, en general. Ni ella, ni casi ninguno de los que intervinieron en aquella presentación. Se los puede, y debe, criticar por eso. Y encuentro un regusto especial en su ridículo, que me parece de justicia por aquello de “todo acto tiene sus consecuencias“, cuando la culpa de que Londres ganara a Madrid era de… adivinen… Zapatero, claro.

Pero todo el descacharre respecto al café con leche de Botella no tiene ningún sentido. Eso en concreto no denota mal inglés, no es un error en absoluto, y no es motivo de burla.

La burla retrata al país tanto como Alejandro Blanco, Ana Botella e Ignacio González.

The #1 rule for videoclip makers

3 03UTC septiembre 03UTC 2013

With only one camera, you can make a decent music videoclip, provided the musicians are competent. They play, you tape it in one go. Done. Really; it works. Actually, music is done exactly that way: they start to play, they play, and eventually the song ends. The very event is amazing, and showing it well is challenging enough.

If you’re a bit more sophisticated, with only a couple of cameras you can do terrific things. You and your assistant can move among the musicians, and then you can edit the film by mixing shots from both cameras, putting some of them in black and white and others in color, intermingling shots of the guys talking, joking, preparing the set or walking across a busy street, and do a nice job. If you’re a competent photographer and can manage lighting, the result will be wonderful.

Both approaches, as simple as they may seem, are far beyond my abilities, and you can notice a professional job in only a few seconds of film. Not to mention more complicated settings, like scripted videoclips or things like that. All of that is out of my reach, and I wouldn’t dare to give even the most basic clue.

However, I can offer you the main rule. No matter how creative you are; as far as I’m concerned, this does apply to you. Because I’m not a filmmaker, but I’m an expert spectator.

In any take of a musician playing, he must be playing exactly the same thing that we are hearing in the soundtrack, and in perfect sync.

Never, ever break that rule, unless the scene comes obviously from a different show, a living on the road fragment or something like that. If there is the slightest possible connection between the soundtrack and what the musician is visually performing, don’t mix it unless it fits perfectly.

Otherwise, the effect is awful; it’s uncomfortable, it looks unprofessional, it seems that the filmmaker has no idea of music or, worse yet, he doesn’t even care (a guitar is sounding, so I put a shot of a guy playing guitar and that’s it). And no, you don’t need to know how to play an instrument to notice that the images don’t fit.

Ella & Joe otra vez

2 02UTC septiembre 02UTC 2013

Otra cosa que fice fue dir a ver a Marco Martínez y Mapi Quintana, n’Avilés, nel Cafetón, o pa ser más precisos na plaza que hai delantre. Nunca una paré birriosa foi un escenariu tan especial.

Además de atopame con grandes amigos nel públicu (Rose, Raúl, Luis, Sally…) y nel escenariu, atopéme otra vez con esa música. Y como ya falé d’ella otres veces, nun añado más. El recuerdu, pa mí. El que non fue, perdióselo.

Marco y Mapi nel Cafetón