Por qué me alegro del fiasco de Las Vegas

En primer lugar, por dignidad.

Se atribuye muchas veces a Groucho Marx, aunque aparentemente es falso, ese diálogo tan manido en el cual viene a preguntar a una mujer: “Señorita, ¿se acostaría conmigo por un millón de dólares?” “Sí”. “¿Y por quince dólares?” “Pero ¿por quién me toma usted?” “Lo que es usted ya ha quedado claro, ahora estamos negociando el precio.”

Si un empresario pelamangos llegase y al poner un restaurante pidiese, así, de mano:

  • Leyes que barrieran a sus competidores; por ejemplo, haciendo inviable el pedir una pizza por teléfono.
  • Cambios en las leyes sanitarias, que le permitieran mantener condiciones de insalubridad en su negocio.
  • Rebajas de impuestos prácticamente a su dictado.
  • Un compromiso escrito de que cualquier futuro cambio legislativo que él considere que afecte a su previsión de beneficios conllevará que el Estado le indemnice.

Bueno, es tan sumamente ridículo que no nos cabe duda de que de la patada en el culo lo mandarían volando a un psiquiátrico. Evidentemente, si fuera posible una bajada de pantalones como esta, un desprecio semejante a la ley, valdría más no tener Estado.

Pues eso es lo que ha pedido Adelson. ¿Por qué a sus chocheos no le respondieron directamente con una patada en el culo?

Por una sola razón: la cantidad. El volumen. Si te acuestas por quince dólares eres una puta, pero si lo haces por un millón, entonces no tanto.

Como yo no lo veo así (aparte de que respeto infinitamente más a las putas que a Adelson) me alegro en el alma de que al final Las Vegas se vaya a la China o a donde sea, mientras sea lejos. Si ya me avergüenzo de ser español, no sé si podría soportar algo como esto.

Me avergüenza ser español, sí. Me avergüenza vivir en un país en el que, cuando estábamos pensando en educar para la ciudadanía, hemos cambiado de dirección y ahora en vez de ciudadanos tenemos millones de rehenes. De personas postradas, mendigando un puesto de trabajo. Y un puesto de trabajo es (en la inmensa mayoría de los casos) una situación en la que permites, de manera más o  menos controlada, que alguien se aproveche de ti.

Recuerdo la indignación que me invadió cuando, al pasar por delante de un escaparate de Randstad, vi unos carteles en los que formaban letras con cuerpos de trabajadores. Una empresa de trabajo temporal, que pone a los obreros a hacer figuritas y acrobacias como monos de circo. Que usa los cuerpos de las personas como letras. Y a ningún creativo chupiguay y bien pagado se le pasó siquiera por la cabeza esa interpretación de lo que estaban haciendo (para los que pudiéramos no entender el mensaje, no te lo pierdas, añadían un eslógan y nos llaman “los menos avezados“). Ese es el clima. Para vender mis recursos humanos, enseño a los empresarios un cartel en el que tengo a los oficinistas haciendo el pino puente. Eso son los recursos humanos: gente doblándose y amontonándose como necesites para formar el paquete.

Randstad

Me avergüenza vivir en un país en el que, después de lo que ha venido pasando desde 2008, un banco (¡un banco!) tiene la desfachatez de hacer un anuncio como el que sigue. Lo que me produce ver a estas personas va mucho más allá de la vergüenza,  siento verdaderas ganas de llorar, y el hecho de que este banco haya salido prácticamente impune de esta campaña demuestra que la ciudadanía ha salido absolutamente derrotada.

Que estos indeseables de los casinos llegasen a colonizarnos para recoger los despojos (humanos) en que nos hemos convertido sería demasiado.

Pero además me alegro del fiasco de Las Vegas por otras muchas razones.

Tenemos reciente la crisis de 2008, tan reciente que estamos en ella. Juramos que aprenderíamos la lección, que se acabarían los cuentos de la lechera, las burbujas, los pelotazos, los atajos, los caminos rápidos y fáciles hacia el dinero.

¿Qué era Las Vegas Sands? Un pelotazo. Un pelotazo mayúsculo. Como no sabemos hacer nada, como no tenemos nada, como el campo está abandonado a su suerte, la industria en liquidación, la investigación en el punto de mira, vamos a crear… un cuarto de millón de puestos de trabajo, de golpe y a base de construcción y hostelería, aceptando la colonización de unos mafiosos. Nada de sacrificio, de ahorro, de construir sobre bases sólidas, de potenciar a nuestra gente, de estimular la solidaridad y la autonomía. De un solo salto, gracias al señorito Marshall vamos a pasar del fondo del agujero a ser los números uno de Europa. Otro milagrito español, digno de Aznar.

Otra vez.

Me alegro también del fiasco porque no tengo ninguna duda: si el problema fuera la ley contra los desmanes de los fumadores, la habrían cambiado en un pispás.

En fin, creo que se ha hecho lo correcto. No me hago ilusiones sobre las motivaciones de nuestros políticos; lo que vemos en la prensa no es más que un decorado que oculta lo que pasa de verdad. Pero aunque sea por las razones erróneas, aunque sea por las razones más rastreras e indefendibles, el caso es que darle portazo a Adelson (muy, muy a su pesar) es lo mejor que ha hecho el gobierno de España desde que accedió al poder.

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2 comentarios to “Por qué me alegro del fiasco de Las Vegas”

  1. M Says:

    “..desmánes de los fumadores..” ¿Cómo?

  2. Guti Says:

    Conste que yo no puse ese acento 🙂

    Quiero decir que a veces se llama a esa ley “ley antitabaco”, o incluso “ley contra los fumadores”. Pero yo no la llamo así, porque es una ley que sólo limita los *desmanes* de los fumadores.

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