Lo de Esperanza, normal

Últimamente estoy escribiendo poco (lo que quizás sea una buena noticia para el mundo de las letras) por varias razones. Una, la falta de oportunidad. Otra, que varias cosas que quería escribir son extensas y me van a llevar tiempo, lo que se junta con la razón anterior. Y otra, que muchas veces me apetece decir algo que ya he dicho tantas veces que me caigo pesado hasta a mí mismo.

Pero para no perder del todo la forma, voy a comentar aquí una cosilla: la espantada de Esperanza Aguirre.

Aguirre pertenece a esa clase de gente para la cual ensuciar un trapo es o debería ser un delito, si ese trapo está pintado de rojigualda. Esa clase de gente que te considera antisistema si pides conservar la educación pública, que quiere que caiga sobre ti todo el peso de la ley si protestas legítimamente delante del Congreso, que te asocia con los terroristas si eres independentista, que a su vez te considera independentista si te opones a la tortura de los toros. Dura lex sed lex est, sin perdón ni clemencia.

¿Qué diría esta gente si Pepiño Blanco aparcara el coche en el sitio más inverosímil y evidente de Madrid, se negara a facilitar la documentación a la Policía (ahora sabemos que mintió -también- cuando dijo que ya se la había facilitado), se diera a la fuga derribando una moto?

Pues que debería ir a la cárcel, claro. Recordemos que Pepiño Blanco ya debería estar en la cárcel por hablar en nosequé gasolinera con un empresario, y Bermejo dimitió como ministro de Justicia por ir de caza en una provincia con una licencia de otra provincia (aunque ya le habían pedido que dimitiera… por cenar con Baltasar Garzón), y Zapatero era un asesino por decir “accidente” hablando de un atentado. ¿Qué no habría que hacer con ellos si alguno escapara en coche con toda la policía detrás?

Pues todo eso que no hay que hacer si lo hace Esperanza; entonces hablamos de persecución política, brutalidad policial, malas intenciones, insignificancia de la falta, o cualquier otra cosa.

Esto es lo normal. Aguirre pertenece a esa clase de gente para la que los actos no son intrínsecamente buenos o malos; depende de quién los ejecute. Si lo hago yo, está bien. Es lo que se dice alguien de derechas de toda la vida, simplemente.

En aquellos tiempos de Caiga quien caiga, cuando Aguirre tenía piel de cordero todavía, confieso que me creí aquella imagen; al fin y al cabo, no conocía a esta señora. Pero luego ya pudimos ver, en múltiples ocasiones, quién era de verdad. Me llevé una enorme sorpresa, me equivoqué con ella como casi todo el mundo; no intuí ni por asomo que detrás de aquella persona afable, paciente, con cintura para encajar los disparates de Pablo Carbonell (y eso es mucho decir en materia de disparates), había un depredador sediento de poder y dispuesto a todo, con todas las caras que hiciera falta, con la palabra justa para hacer daño a los heridos o para agradar a los incautos. No olvidemos que Aguirre llegó al poder en Madrid gracias a Tamayo y Sáez; eso es marcar territorio desde el principio. No hace falta recordar su exquisito comportamiento con Gallardón o Rajoy, sus jugadas contra el doctor Montes y el resto de la sanidad madrileña, su salida de la India tras el atentado para llegar pronto ante la prensa con unos calcetines más que estudiados. Sería ocioso repasar su currículum.

¿Crees que es el tipo de persona que salda el asunto con un “quien la hace la paga, metí la pata y felicito a estos agentes, múltenme, por favor, y aquí no ha pasado nada”?

Sólo una cosa me sorprende: la imaginaba mucho más fría y cerebral. Pero ni por asomo la imaginaba menos soberbia y prepotente.

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