Cataluña (II)

Ayer no se podía ver nada en la tele. Como de costumbre, me dice mi voz interior. Pero no: era todavía peor que de costumbre. Todo era Cataluña. Trasladaron El club de la comedia a las doce de la noche, y en su lugar pusieron… bueno, sí, también era el club de la comedia. Porque era comedia y estaba todo lleno de monólogos, que procuré no ver.

A lo que iba. Una de las muchas cosas que me cabrean es que me convoquen a unas elecciones, y los políticos y los periodistas decidan que no, que estoy votando otra cosa. Me indigna que en las elecciones generales decidan que la gente está eligiendo a Rajoy o a Rubalcaba, cuando deberían estar educando a la ciudadanía y explicándole que lo que están haciendo es elegir miembros de un parlamento que nombrará a su vez a un presidente. Me indigna que en las elecciones municipales, o en las autonómicas, también decidan que en realidad estoy votando a Rajoy o a Rubalcaba, que ya es el colmo.

Por eso me molesta también que en Cataluña unos señores decidan que las elecciones autonómicas son en realidad un plebiscito sobre el independentismo. Ahora bien, entiendo que lo utilicen así alegando que no disponen de otro mecanismo, que no pueden hacer el referéndum (no deja de ser un argumento, al menos). Y entiendo que formen una lista mezclando partidos que no tienen absolutamente nada que ver salvo el independentismo. Es una forma de reforzar ese carácter plebiscitario: avisan, al menos, de que los ciudadanos no están eligiendo un Parlamento, sino manifestándose sobre una cuestión muy concreta, y que por eso son tan extraños compañeros de viaje. “No mires nuestro programa económico, o social, porque no tenemos; nos presentamos juntos porque esto no son unas elecciones autonómicas, sino un referéndum en cuya respuesta estamos de acuerdo. En todo lo demás, no.”

La postura que entiendo un poco menos es la del resto: primero se encastillan en que las elecciones son lo que son (cosa que es cierta), pero luego acaban asumiendo, en sus declaraciones y en los titulares, la propuesta de los independentistas. Pues vale.

Ahora bien: lo que no puedes hacer (Artur, Raül, Oriol, Carme, Muriel o quien seas) es jugar al referéndum y luego a las elecciones autonómicas. Eso es una trampa encima de una trampa.

Los escaños en el Parlamento se reparten como se reparten, por una serie de razones. El sistema de reparto está pensado para a) favorecer la formación de un gobierno, b) que aplique un programa durante cuatro años y c) represente de alguna forma a una ciudadanía variopinta, organizada con densidades de población muy diversas. Por eso Izquierda Unida, con un 6,9% de votos en las elecciones generales de 2011, tiene 11 diputados en el Congreso, cuando el 6,9% de diputados serían en realidad 24.

Si transformas las elecciones en un plebiscito, estás asumiendo que los votantes contestan en realidad “sí” o “no” a la independencia. Suponiendo que aceptemos esa forma de violentar la voluntad popular, habrá que contar cuántos contestan “sí” o “no” a tu retorcida pregunta; los referéndums no se organizan por el sistema D’Hondt, no eligen representantes, no prevén una dinámica parlamentaria ni una acción de gobierno. Se cuentan síes y noes, y ya está. Y las respuestas parece que son: 47,78 % sí, 51,69 % no.

Si permitimos que midas la velocidad en años luz, o el peso en centímetros, o que utilices escaños para contar respuestas, pues resulta que tienes 72 escaños de los 135. Eso es lo que consideras un enorme éxito, un nuevo escenario, que dirían Otegi y otros literatos.

Usando esa peculiar unidad de medida, en las elecciones autonómicas de 2010 habrías obtenido… 72 escaños (76, si incluimos el partido de Joan Laporta). En las de 2012 habrías tenido 74.

Es decir, que en elecciones anteriores, sin esta convocatoria independentista, e incluso sin esta lista unitaria que ahora te beneficia en la obtención de escaños, tuviste más.  Has perdido el referéndum y en escaños has ido a peor. ¿Qué legitimidad nueva te confiere eso? ¿Qué conclusión puede sacar de esa voluntad del pueblo tan amordazada?

Te digo la conclusión que saco yo: que estamos donde estábamos, que todo el mundo ha ganado, con lo cual va a seguir el hartazgo y la pesadez y la vuelta la burra al prau.

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