Cómo salirte con la tuya en la vida

No tienes más que hacer como Bertín Osborne.

Naces señorito. Y alto, y tal.

Te haces cantante. ¿Cómo? Pues dices que lo eres. Como eres señorito, y alto, vas a tener bolos, y nunca faltan tontas (de hecho, sobran a miles) que tengan fantasías contigo.

Te presentas como un self made man, un trabajador triunfador, el típico obrero rico de derechas, campechano y socarrón que no se calla ni una y no debe nada a nadie.

Sueltas, en cuanto tienes oportunidad, diatribas contra el estado y los impuestos. Dices que pagas muchísimos, y que trabajas como un burro. A pesar de haber sido condenado por defraudar a Hacienda (ya en 1987), tienes la desfachatez de decir que la condena no fue por fraude fiscal, que fue por alzamiento de bienes (ah, bueno, entonces tu honor está a salvo), que de todos modos el delito había prescrito, que la culpa de que tú cedieras tus derechos de imagen y propiedad intelectual (¿?) y artística (¿?) a una empresa con sede en Panamá (Venezuela caca, Panamá guta) fue de tu asesor. Que tú prefieres pagar tus millonadas de impuestos en España (no, si va a resultar que las condenas sí educan).

Echas pestes también de los políticos. Eso es importante. Todos sabrán a qué políticos te refieres en concreto. Se sobreentiende.

Y entonces, en cuanto hay ocasión, te quedas tu programita en la televisión pública, a 10.000 € por programa. Dinero público, al que ahora no le haces ascos. Los recortes en dependencia te asquean, pero este gasto en tu persona no tanto.

Traes, cómo no, a la gente de bien, como la nieta de Franco, no como esos progres impresentables con un pasado (inventado) vergonzoso, y les haces un homenaje entre risitas y cariñitos, mientras escupes sobre las víctimas del franquismo.

Luego traes a Pedro Sánchez (acuérdate, campechano, obrero, tú no te casas con nadie). No tienes nada que perder; él no va a decir que no, porque está desatado con la tele y se apunta a un bombardeo. Pero pase lo que pase, ganas. Si viene, nadie podrá decir nada cuando traigas a Rajoy. Si no viene, quedará como un resentido guerracivilista y tú como un conciliador que  no tiene culpa de nada.

Traes, pues, a Rajoy, lo lames, lo agasajas, haces todo lo que tenías que hacer (algunos oficios muy antiguos funcionan así). Ese día no, ese día no pides responsabilidades, no echas espumarajos hablando de los políticos, no aludes a la decencia, no dices nada a la cara. Ese día, buen rollo. Vamos a cocer unos mejillones y jugar al futbolín, que me parto contigo y con el gracejo que tienes, presidente.

En resumen, te conviertes en lo que se dice un ganador.

Pero ojo, tú no le debes nada a nadie, ni a papá Estado. Tú trabajas como un burro.

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