Hacienda somos algunos

Con aquello de Pinochet ya me acostumbré a que los fiscales, los abogados del Estado, en fin, esos seres que uno se imagina como perseguidores implacables e inmisericordes que no buscan más que echar el diente a su presa y ni en sus pesadillas quiere que le echen el ojo a uno, se revelen sorprendentemente como defensores acérrimos de los acusados. Pero resulta bochornoso el grado al que han llegado en el caso de la infanta, tanto el fiscal como la abogada del Estado.

Ahora bien; que defiendan lo indefendible ya es bochornoso. Que, por otro lado, suelten cosas como esta, con tono indignado, para explicarnos que los delitos contra la Hacienda pública son ellos quienes deciden si tienen importancia o no… esto ya no es bochornoso. Esto es completamente inadmisible.

No te lo pierdas. Primero el vídeo, donde se aprecia el tono de la actuación de esta mujer, que no sé si es peor aún que el contenido (y lo llamo “actuación” porque es una actuación, y la compadezco por tener que vivir con un trabajo como este):

Dolores Ripoll, presunta abogada del Estado, explicándoNóos que Hacienda no somos todos, solo quien diga ella.

Y ahora, por si acaso el vídeo no se conserva, la transcripción del contenido. Como digo, para disfrutarlo hay que ver el vídeo. “Disfrutarlo”, en este caso, implica ir poniéndose rojo de los pies a la cabeza y empezar a reprimir ganas de liarse a patadas con todo lo que uno tiene alrededor.

El Tribunal Supremo lo dice claramente: el perjudicado en los delitos contra la Hacienda Pública es el erario público, la Hacienda Pública representada (y así lo señala expresamente) por la Abogacía del Estado. Como he dicho anteriormente, la claridad del Tribunal Supremo deja el alcance de la frase publicitaria “Hacienda somos todos” exclusivamente a [sic]  la publicidad.

Sí, está fuera de contexto. Pero el contexto supongo que viene a ser: “Si nosotros decimos que la infanta es inocente, nadie más tiene derecho a acusarla. Así que ¡por mí y por todos mis compañeros! ¡Rebota, rebota, y en tu culo explota!”.

No tengo más que añadir. Estoy reprimiendo las ganas de liarme a patadas con esta puta mesa.

Ya, no sé si la mesa tiene culpa de algo, pero alguien tiene que tener la culpa, y por lo visto la infanta no es, se hizo rica sin querer. Los jubilados de 90 años que le firman al director de la sucursal unas opciones sobre la compraventa apalancada de unas preferentes diferidas saben perfectamente lo que firman y que apechuguen con ello si se quedaron sin los ahorros de su vida, pero la infanta de la carrera universitaria que trabaja brillantemente para la Caixa en asuntos internacionales de la máxima importancia, la infanta de los asesores y la línea sucesoria por la que se la considera preparada para convertirse potencialmente en la dueña de los destinos de cuarenta y siete millones de súbditos… no, la pobre no sabía nada, nada le despertó curiosidad ni siquiera cuando se firmaba alquileres a sí misma, como arrendadora y arrendataria.

Así que tiene que haber sido mi mesa.

 

 

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