Argumentos taurinos (II)

No dejan de sorprenderme. Y estos días, como están revolucionados, más todavía, porque me los encuentro por todas partes.

En El Mundo, dice un tipo: No al Toro [de La Vega], sí a la corrida.

Como no tienen argumentos dignos de tal nombre, ahora la estrategia del avestruz es desmarcarse, distinguirse, librarse por comparación. Se muestran sensibles, piadosos, animalistas, demostrando que en el fondo no son malos, que es que la tauromaquia es diferente, no esa barbarie que se ve por ahí.

Dice el tipo, un tal Javier Villán, que “no logra asimilar el Toro de la Vega junto al universo de la corrida y el arte de torear”. No creas que va a decir nada concreto para establecer la diferencia: va a soltar la palabrería vaporosa a que nos tienen acostumbrados. Como no pueden llamar al pan pan y al vino vino, dicen cosas como estética, corpus pictórico, literario y filosófico.

Pero luego, agárrate, que entra en algo concreto, sin querer, y la cosa se vuelve bufa. Dice Javier esto:

Ni [se puede identificar el Toro de La Vega] con el fascinante juego de la muerte entre un hombre y un toro. En el Toro de la Vega el único riesgo es para el toro. No tiene posibilidad de defensa. Y eso es una cobardía individual y colectiva. El torero, en cambio, se juega la femoral que el toro busca por instinto.

Ah. Así que la diferencia es que en la plaza de toros el toro tiene ocasión, supuestamente, de matar al torero; en el toro de la Vega, no. Dice él. No sé si se da cuenta de que ya esa manera de ver el mundo, ese argumento, produce náuseas, pero de todos modos no sé de dónde se lo saca, dadas las estadísticas de supervivencia de toros y toreros.

Curiosamente, uno de los que él sí considera torturadores, un tal José Antonio Rico Ovejero, que ostenta el honor de haber matado en 2001 a uno de esos toros de la Vega, dice:

Porque no hay fiesta si no se mata al animal. El aliciente es ese: estar allí abajo. Tu [sic] solo contra él. En su terreno. Solo tu inteligencia contra su bravura. Y le ofreces al animal lo más valioso que tienes: tu vida.

El argumento de Ovejero es, otra vez, de risa. “Su terreno”, dice. Echa un vistazo a cualquier vídeo de esos que algunos valientes de Tordesillas tanto se empeñan en ocultar, y dime si ese es el terreno de un toro. “Le ofreces al animal tu vida”, dice. Ojevero, al animal le importáis una mierda tú, tu vida y tu supuesta inteligencia; no la quiere para nada. Solo quiere comer hierba tranquilamente. Seguro que, lo que es por él, puedes meterte tu vida donde te quepa.

Pero volviendo a Villar… ¿en qué quedamos? ¿No había una ausencia total de peligro en el Toro, y esa era la diferencia con los nobles toreros y banderilleros y picadores? Dice Ovejero que en 1993 el toro lo dejó “clínicamente muerto durante tres o cuatro minutos. Me seccionó la femoral”. Según Villar lo de las femorales solo se estila en las plazas, donde no hay brutalidad ni nada.

Además de esa sandez, Villar tiene otras. Habla de los papas (¿?) y dice que los antitaurinos actuales quieren ser papas (¿?¿?) Luego dice esto contra los de la Vega:

Ante la imposible defensa de esa tauromaquia popular recurren al derecho de la tradición. La tradición no es inmutable ni sagrada

¡Exacto! Por fin estamos de acuerdo. Pero claro, entonces se vendría abajo su propio tenderete, así que añade la muletilla:

salvo aquella que define una cultura y contribuye a enaltecerla

¡Aaaaaahhh, bueno! ¡Entonces sí! Pero este hombre… ¿no se sentirá extraño escribiendo contradicciones con tanto descaro? ¿De verdad se puede engañar a sí mismo hasta ese extremo? ¿Se cree sus patrañas?

Yo sé perfectamente, y ya dije, que no todos los aficionados a la tauromaquia son brutos incultos y sádicos. Pero las cosas como son: abundan los que se hacen los cultos sin serlo, y sobre todo abundan los que… sí, me dan miedo.

Ante las manifestaciones culturales, haz una prueba. Imagínate el origen. Todo eso tan elevado, con códigos tan complejos, suele venir en realidad de algo primitivo, íntimo, casi orgánico.

La música culta sale de algo muy antiguo, muy instintivo y muy primitivo: el ritmo primero, y los cánticos después.

La danza, es evidente, sale del baile, de la expresión corporal. Muy ligada a la música, claro.

La literatura o el teatro vienen de algo también primitivo: contar historias.

La pintura y la escultura también las tenemos impresas en nuestra genética: cualquiera ha intentado garabatear en la arena, o pintar en una pared.

Ahora, pregúntate de dónde viene la tauromaquia. Cuál es la versión en bruto del toreo. Está claro: no es difícil rastrear ese instinto primario de putear a un animal, de destruir y de hacer daño. En muchos casos lo hacemos, y lo hacemos… porque podemos.  Si no lo hacemos es porque nos hemos enseñado a no hacerlo. Pero mucha gente no es así; mucha gente sigue dando patadas a las papeleras, o rompiendo los cristales si no hay nadie mirando.

Dime si no ves ese instinto aquí, por todas partes. En los gestos de desprecio, chulería, provocación, prepotencia, en el pavoneo de los taurómacos, de los jinetes.

En el abuso del donnadie venido a más, en el argumento de autoridad, en la impunidad del chulo que se cree algo.

Y en… ¿cómo calificar a toda esta gente que está alrededor de una vaca con una lanza para clavársela y ver cómo muere desangrada y aterrorizada? ¿Me vas a convencer de que les importa el sufrimiento ajeno? ¿Me vas a decir que no entiendes cómo pudo haber una guerra civil, cómo puede haber gente entre los antidisturbios que saque la porra y machaque cabezas de gente inocente, cómo podían hacer hace años autos de fe o linchamientos públicos? ¿Está esta gente muy, muy lejos de eso? ¿Necesita algo más que un uniforme, unas instrucciones, un pequeño argumento de autoridad para dejarse llevar?

No sé lo que ves tú. Yo no veo un grupo de gente disfrutando de una tradición. Veo una turba que me da miedo.

Y no, no se puede permitir que se salgan con la suya.

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