El doping y la ingenuidad

Yo creo que a estas alturas ya nadie debería sorprenderse por el dopaje. En mi caso, hago ya muy poco caso al deporte profesional, porque no tiene sentido. No es importante quién corre cierta distancia en menos tiempo, en general; pero menos aún quién tiene mejores farmacéuticos.

Pero si tú sigues pensando que el dopaje es algo extraño, excepcional, que se hace a escondidas, basta con que bucees un poquito para cambiar de idea.

Hace un tiempo incluí aquí referencias a un reportaje, y a un diario de sesiones, en los que se ve perfectamente que en noviembre de 1983 todo el mundo estaba al tanto de la guerra sucia, la jaleaba y hablaba de ella con toda naturalidad, hasta el punto de que se debatió en sede parlamentaria sin el menor pudor.

Pues a través de Guillermo Ortiz he dado con un artículo del 14 de febrero de 1985. ¿Te suena “Eufemiano Fuentes”? Sí, ¿verdad? Es un pérfido personaje, un médico malévolo, arquitecto de todo un sistema de dopaje. Te suena de la Operación Puerto, la Operación Galgo, los ciclistas tramposos, todo eso. Deportista relacionado con Eufemiano, deportista contaminado.

Bueno, pues lee este artículo, escrito con la ingenuidad de una época en la que todavía no era escándalo el dopaje ni que le pegaras a tu mujer. Verás con qué tranquilidad se habla de “ayudas al rendimiento”, con qué naturalidad se enfoca todo eso. Y con qué claridad se dice que los españoles entonces éramos poco menos que los últimos monos del deporte porque todo el mundo se ponía menos nosotros, que no teníamos ni jeringuillas ni ná, y que eso había que arreglarlo.

Si hoy alguien escribiera esas cosas, o un entrevistado hablara así, quizás se armaría la marimorena. Pero el caso es que Fuentes, en 1985 y haciendo lo mismo que ahora, no era un doctor pérfido y malévolo, sino un estudioso que iba a encontrar la gasolina que les faltaba a nuestros deportistas, que iba a probar qué se detectaba en los controles y qué no, y una vez encontrado lo que no, pues se lo inyectaría a quien fuese necesario. Tal cual, sin tapujos y sin paños calientes. Nadie se escandalizaba por ello.

Es muy revelador.

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