Otro torero muerto

Fran Rivera, cuando le parece, hace de señorito soberbio. Por ejemplo, aquí; ¿para ser antitaurino hay que dejar de ducharse?, donde además de sucios, llamó “pobres almas” a los que protestaban contra su pregón. Aquí se puede ver el vídeo donde lo dice, porque ni siquiera leyendo se hace uno idea de la chulería y autosuficiencia del… maestro.

Bueno, es simplemente un insulto, y además un argumento estúpido. Uno supone que es propio de quien lo dice, y ya está. No veo más que a alguien retratándose. Lo mismo veo en que un tal Carlos Zúñiga, con la misma chulería torera, hable de cuatro mindundis para referirse a personas que protestan contra el maltrato animal. Hay cosas peores.

Peor que un insulto es alegrarse de la muerte de otra persona. Aunque en eso siempre hay matices; pero en general yo creo que no está bien. Según el caso, puede ser incluso una actitud despreciable y miserable. Pero uno puede ser despreciable y miserable, sin que necesariamente tenga que ir a la cárcel por ello.

Alegrarse públicamente de que una persona mate a otra puede considerarse incitación al odio, que declarando algo así uno azuza la violencia, que promueve que un tercero piense en matar. En España tenemos una triste tradición al respecto (y no, no me refiero solo a ETA, aunque también). Pero algo muy distinto (no digo positivo ni loable, pero distinto) es decir que uno se alegra de que otra persona muera haciendo algo que decidió hacer y donde no interviene nadie más.

Los toreros, y los taurómacos, constantemente recurren a esa supuesta lucha noble, a esa representación dramática de la vida y la muerte, el hombre contra el toro de tú a tú y toda esa mierda mentirosa. También gustan mucho de echar en cara a los antitaurinos un supuesto infantilismo, una blandura y una huida de la muerte y la sangre, y denuncian que los antitaurinos (la inmensa mayoría de la sociedad, por cierto) crían niños endebles que no saben afrontar los reveses de la vida, porque se les oculta la crudeza de un herbívoro sangrando. Es su argumento, no el mío. Es su idea de una fiesta o de un espectáculo o de una educación, no la mía.

La educación según Fran Rivera. Se ha duchado, no lo dudes (si no tendría el sombrerete lleno de sangre).

Ha muerto otro torero. Uno supondría que los taurómacos se resignarían a este gaje del oficio, que forma parte de su propio invento y de esa épica suya con la que se justifican. Y que asumirían que tienen que perder algún partido de vez en cuando; y que lo asumirían con piel gruesa, porque ellos, a diferencia del resto de mindundis, no son blandengues, sino que están curtidos en la naturaleza humana, en la sangre, en la vida y la muerte y toda esa mierda suya. Suya, no mía.

Resulta que no; que nada de eso. Resulta que todo esto los pilla por sorpresa y se ponen supertristes, superemotivos, superhumanos, superdramáticos, lloran un montón, y no solo eso; no lloran sus muertos apretando los dientes, dignos y por encima de las minucias del mundanal ruido, centrados en ideales superiores a los hombres (luego explico esta frase). Resulta que esas pobres almas, esos mindundis, sucios y con mala pinta, esos que no les importan porque son ignorantes que no saben nada de toros, esos a los que desprecian y miran desde arriba y ya pueden decir misa, de repente les importan; tienen que respetar al cien por cien no solo su fiesta y su alegría, sino también su dolor. No por decencia o por empatía (que en eso estaría yo de acuerdo), sino porque en caso contrario los llevan a la cárcel.

Un tal Juan Pedro Domecq vuelve a revestir lo simple de palabrería elevada (eso cree él), y dice esa horterada de los ideales superiores a los hombres que parafraseé antes (y que él parafrasea a otro), pero luego declara solemnemente que tiene nosequé fundación dedicada… a perseguir judicialmente a los que se alegren de que muera un torero.

Entre las muchas fechorías que cometió Pablo Carbonell a lo largo de su vida, estuvo fundar en 1984 un grupo llamado Los toreros muertos. Tengo un disco de vinilo con esa canción, y otras entre las que se encuentra lo que fue un efímero himno de borrachos, Mi agüita amarilla. Lo de los toreros muertos era de mal gusto, a propósito, y no había más. Pablo Carbonell es bueno en su trabajo. Nadie le dio más importancia que la que tenía. Y hablamos de hace más de 30 años (por cierto, el disco se titulaba 30 años de éxitos, pese a ser un disco de debut). Hoy en día Carbonell iría quizás a la cárcel.

El caso es que una familia ha perdido a un hombre, los taurómacos tienen otro mártir, y con Twitter también otra película en la que son las víctimas. No veo que nadie gane nada con todo esto.

Bueno, sí; aquí hay dinero público de por medio. Así que alguien gana, eso es seguro.

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