Archive for 30 abril 2018

El día que Sheila Jordan me llamó gatu

30 30+00:00 abril 30+00:00 2018

El pasado lunes 23 de abril murió Bob Dorough. El nombre no te dirá mucho. Pero quizá hayas visto en algún programa de tu infancia algún dibujo de esta guisa:

Bob, músico de jazz, compositor, arreglista, tuvo un inesperado éxito componiendo y grabando la música de Schoolhouse Rock!, unos pequeños videoclips educativos muy populares en Estados Unidos. Yo sospecho que algunos se emitieron en España en programas como Un globo, dos globos, tres globos y similares. Pero no estoy seguro; muchos eran de gramática inglesa o de temas americanos, difíciles de trasladar aquí.

Además de eso, Bob es uno de esos cantantes que, sin tener aparentemente una gran voz, gozan de reconocimiento dentro del mundillo. Pero además era, aparentemente, un hombre bueno y con gran sentido del humor. Compuso algunos de mis temas favoritos, y me apena mucho que nos haya dejado. Como mínimo homenaje, dejo aquí una interpretación suya del tema ‘Tis Autumn, un tema que no es suyo pero que es claramente mi versión preferida. Deja oír la mezcla de melancolía y alegría que el tema requiere, y solo Bob podía cantar imitando así cómo hablan los pájaros. Una pequeña joya, dale una oportunidad. Habla de cómo llega el otoño y hay que prepararse, y hoy sin Bob es un poco más otoño, pero así es la vida:

Los árboles dicen que están cansados, han dado demasiada fruta;
estropeados junto al camino, no hay discusión.
Ahora tiran hojas, les importa un bledo.
¡La di da di da di da, otoño!

El viejo Padre Tiempo lo ha comprobado, así que no hay duda;
llamó al viento del Norte,
e hizo bocina con las manos para gritar:
“¡La di da di da di da, otoño!”

Entonces se juntaron los pájaros para piar del tiempo,
[pío pío pío pío]
y después de tomar su decisión, con esa precisión pajaril,
se giraron y apuntaron derecho al sur en fila.

Que yo te agarre fuerte no es delito, de verdad
Pregunta a los pájaros y los árboles y al viejo Padre Tiempo.
Es solo para ayudar a que suba el mercurio.
¡La di da di da di da, otoño!

Pues una amiga de Bob Dorough es Sheila Jordan. Una leyenda viviente. Una mujer de 89 años íntima de Charlie Parker, que trató con Bill Evans, que era amiga de Bob pero también de Mark Murphy, que conoció a todos los grandes, que vio crecer el bebop. Una gran persona, alguien entrañable, que se hace querer. Un fin de semana inolvidable, y es que pocas veces te acompañan músicos como César Latorre y Horacio García mientras cantas delante de alguien de la talla de Sheila. Ahí estrené mi versión de When Sunny gets blue. Al acabar me dijo: “¡Ha sido maravilloso!” y “¡ha sido bonito!” Ante comentarios del pianista sobre si yo estaba haciendo bien los silencios, dijo que “tan pronto como ese gato empezó a cantar, supe que era instrumentista”. “Gato” es como, en argot, llaman en Estados Unidos a los músicos de jazz (por eso Los aristogatos son gatos). Mis silencios le parecieron perfectos.

Es como si te llaman tipo. Pero para mi fue muy especial que Sheila Jordan me llamara gato. En el pasillo insistió en que le gustaba mucho lo que hacía, y en que siguiera haciéndolo. Y al día siguiente, al despedirnos, otra vez. Y es lo que escribió en la partitura que pedí que le firmara: keep singing.

Y si lo dice Sheila Jordan… tendré que seguir. No todo el mundo puede decir que le ha animado una amiga de Charlie Parker.

 

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The real end

30 30+00:00 abril 30+00:00 2018

Esta vez sí.

Desde enero de 2006 llevan conmigo estos Adidas Pegasus.

En 2013 los retiré de la competición, porque aquello no podía seguir.

Pero los seguí utilizando para otros usos. Y la situación llegó a este punto:

Las suelas no se ven, pero son blancas. Porque ya se había caído por completo la capa de goma negra. Y el problema es que lo que quedaba de suela ya estaba despegado también. No se podía caminar. Así que el 22 de abril de 2018 realmente los tiré.

Soy de aprovechar las cosas. Y de cogerles cariño. No sé si es enfermizo.

Hasta siempre, playeros.

El trabajito de Cristina (y III… espero)

27 27+00:00 abril 27+00:00 2018

Al final, Cristina Cifuentes sí que ha dimitido. Supuestamente porque se publicó un vídeo de ella haciendo la típica ceremonia de entrega al segurata de un supermercado de los bienes que pretendía mangar.

Y esto lleva consigo varias reflexiones.

No me parece mal, tal como están las cosas, que dimita un político por intentar robar. Llevarse algo de un súper es la definición más sencilla de robar, y no hay mucha duda al respecto. Incluso si no es delito, incluso si no es punible, es bastante lógico que un político al que vemos robando no pueda manejar dinero público ni determinar cómo es la vida de sus conciudadanos.

Eso no debe hacernos olvidar una cosa: los políticos no se rigen por tus parámetros, amigo ciudadano. Si te ves en un pleito, estás acojonado en primer lugar, y preguntándote si realmente eres malo e hiciste algo mal sin saberlo, en segundo lugar; si un político se ve en un pleito, es su estado natural, y solo pensará en cuál es su siguiente jugada, y ni te plantees que le van a entrar dudas o arrepentimientos. Ya has visto a Cristina: la cogen con las manos en la masa (con el máster) y dice que a ella qué le cuentan, que fue la universidad (como si el que te caiga un título sin cursarlo fuera algo que te puede pasar sin enterarte, como si te meten dinero en la cuenta del banco por error). O la cogen con las manos en la masa (con las cremas) y dice que era un “error” e “involuntario”.

No, Cristina no ha dimitido porque la pillaran robando en un súper. Ni siquiera la han hecho dimitir por eso. Eso les importa una mierda, amigo ciudadano. Yo creo más bien algo como lo que pinta aquí Teodoro León Gross. Como no tiene mayoría absoluta, la situación es tal que Ciudadanos tiene excusa para hacerla caer (no porque crea que no se puede robar en un súper, sino porque sabe que la gente de a pie sí que lo cree). Y además de la excusa tiene la capacidad, porque el PP no tiene mayoría absoluta. Algo así. Y Gabilondo parece un buen tipo, y Ciudadanos también lo sabe (digo, que la gente de la calle le ve así). Y la moción de censura se acerca. Vamos, que son circunstancias variadas, pero la decencia o la honradez no están en esa ecuación. En mi opinión, claro.

Así que, como dice Teodoro, el vídeo será más bien un recado para decirle “hala, venga, déjalo y a casita, si no quieres males mayores”. Si no fuera por las circunstancias, a Cristina le resbalaría también este vídeo. Seguiría ahí.

Otra reflexión, de todos modos, es la siguiente. Aun cuando el vídeo fuera el motivo real, lo cierto es que lo que pasa en el vídeo es infinitamente más leve que lo que hizo con el máster, aunque la chusma veamos y entendamos con más facilidad lo del vídeo.

Si Cristina choriza unas cremas en un súper, no ha hecho más daño que ese. 40 € de quebranto a una empresa, y su propia credibilidad, y arrastrar por el fango el nombre de su padre el militar condecorado o lo que fuese. Cosas puramente personales.

Si Cristina se apropia de un máster, el daño que hace es:

  • Una funcionaria (Calonge) ha cometido actos delictivos. Probablemente se le ha estropeado la vida. (Debería estropeársele, vamos).
  • Unas profesoras (el tribunal) han participado también, en mayor o menor medida, en actos delictivos.
  • Unos profesores han participado en actos delictivos.
  • Un título universitario (lo más preciado y serio en términos formales que una Universidad puede ofrecer) ha quedado completamente desprestigiado.
  • Una universidad entera ha quedado marcada.

Es decir, que para robar ese título Cristina ha jodido la vida de, como mínimo, media docena de personas; ha hecho que se falsificaran algunos de los documentos más sagrados que se manejan en una Universidad; ha torpedeado en la línea de flotación a toda esa Universidad, y de paso a las demás; se ha cagado en el trabajo y en los sudores de miles de alumnos y de sus familias, que ahorran en comida para pagar la matrícula; ha carcomido la democracia y la ejemplaridad de los gobernantes, dando un espectáculo bochornoso e inverosímil y elevando aún más el listón de la impunidad y la desvergüenza. Las consecuencias de lo que hizo con el máster son incalculablemente peores que las consecuencias de su robo.

Y queda otra cuestión más. El robo de las cremas es tan estúpido y tan cutre que parece cosa de cleptómanos, es decir, de enfermos. Y aquí llegamos al debate sobre dónde acaba el chorizo, al que hay que perseguir, y dónde empieza el enfermo mental, al que hay que compadecer y ayudar. Estos días he oído algunas manifestaciones en ese sentido, disculpando el asunto de las cremas. Yo mismo intento siempre entender a los pederastas o a los maltratadores, por mucho que me resulten un enigma.

En el artículo anterior yo me refería a “cómo es el trabajo y la vida de esta persona”. Quizás lo de las cremas sea de otra naturaleza, algo independiente de lo del máster. Pero yo creo que no.

La capacidad de mentir, la falta de empatía y de escrúpulos, son imprescindibles para grabar un vídeo como el que grabó Cifuentes el primer día en Periscope. No sé dónde acaba la responsabilidad y dónde empieza la enfermedad; no sé si su actitud indigna es oficio aprendido o cualidad innata. Estos días hemos visto a alguien curtido en la impunidad, el salirse con la tuya, el conseguir lo que quieres sin pagar el precio. En la cara dura, en el cinismo. En la exhibición impúdica de que tu opinión no le importa ni le afecta. Dice que su padre estaría orgulloso de ella, y yo no consigo concluir si se lo cree de verdad o no. Dudo de si realmente vive en esa realidad paralela.

Pero en el fondo me da igual si es patológico o no. Estoy seguro de que a ella también le da igual. Si duerme mal por las noches no es porque le pese todo lo que ha hecho; es por rencor hacia quienes la han bajado del sillón. Estoy convencido. No va a ir a un psicólogo para que la ayude, porque no creo que sienta que debe mejorar en nada.

Si tuviera ese tipo de dudas, no habría llegado ahí.

El trabajito de Cristina (II)

12 12+00:00 abril 12+00:00 2018

Muchas cosas nuevas han pasado desde el artículo anterior.

Lo que pasó después de destaparse el tema es aún más entretenido que lo que pasó antes, y da para un episodio de tu serie favorita, sea The good wife, House of cards, o incluso Juego de tronos (en este caso solo fallaría el atrezzo; lo demás, igual).

No me resisto a hacer mi reconstrucción; considérese ficción. A mi serie la llamaré Christal Clear. Un juego de palabras barato y difícil a la vez (o sea, totalmente inefectivo).

Letras de presentación, como en La guerra de las galaxias, explicando cómo El 21 de marzo de 2018 ElDiario.es publica la primera exclusiva explicando que un personaje central de la trama, Christine Rubia, ha obtenido un máster como ya sabemos. Fundido. El rector y sus adláteres, que son el catedrático de derecho constitucional y el profe asustado de pelo blanco, dan una rueda de prensa ese mediodía. En ella dicen toda clase de sandeces, excusas y mentiras patéticas y odiosas, como cuando este sujeto tiene el cuajo de decir que en un programa de gestión académica deja sin guardar calificaciones por cumplirse un tiempo de espera (qué entendido es, por dios), y hace referencia esa y al menos otras dos veces más a “errores informáticos” (por ejemplo aquí, pero no es muy de fiar porque al mismo tiempo dice que no sabía quién era Rubia). Los actores que recrearan la rueda de prensa tendrían un reto digno de Emmy, porque tendrían que hacer a su vez de alguien que actúa, pero rematadamente mal. Con caras de “a ver si cuela”, “voy a ir a la puta cárcel”, “mi carrera ha terminado”, mientras intentan explicar cosas como si fueran listos, a ver si los periodistas abren las fauces y sueltan su pierna. Tienen que conseguir que se oigan a la vez las dos cosas, sus patrañas de puertas afuera y su diálogo interior.

Durante la escena de la rueda de prensa, yo intercalaría flashbacks; por ejemplo, fragmentos de la reunión previa. No tendría desperdicio; una mezcla de conspiradores y lameculos, nerviosos y asustados (no se sabe si con más miedo a la prensa, a la policía o a la propia Rubia) que urden una chapuza monumental. Otro flashback: cuando el profe asustado o el catedrático dicen que no conocían a la alumna, o que se la trató como a los demás, pondría algún trozo de conversaciones suyas: “tranquila, Rubia, esto déjalo en mis manos que dentro de unos meses tienes el máster”. “Por supuesto, señora Rubia, lo de la asignatura delo por arreglado”.

La misma tarde, la universidad (no se ve quién) le facilita a Rubia una triste coartada, que es un papel falso (y que ella obviamente sabe que es falso, y cuando veas la famosa escena donde se pavonea con el papel, ahora puedes verlo sabiendo la verdad y entender cómo es el trabajo y la vida de esta persona). El señor catedrático le dijo a una de sus subordinadas (él más tarde las llamará “discípulas”) que falsificara un acta de lectura. Esta, previa llamada (o no) a otras dos pringadas (discípulas) a las que el señor catedrático tiene agarradas por el cuello, lo hace, y esa acta la enseña Rubia. Acta que, de ser auténtica, reflejaría un tribunal no válido, pero es lo de menos; el reloj corre en su contra, no hay tiempo para virtuosismos.

Las profesoras, por cierto, se sienten muy mal desde ese momento. La falsificadora está acostumbrada, ya lo ha hecho muchas veces en los últimos años, y tendrá que seguir haciendo cosas así hasta que el catedrático decida darle su plaza. Más o menos como esos proxenetas de la trata de blancas, que tienen a las mujeres esclavizadas pagando una supuesta deuda, hasta que acaban con ellas. Pero esa noche no pegan ojo. Son profesoras de derecho. Saben que están metidas en una mierda muy grande. Diálogos con la familia, “qué te pasa, cari, te veo mala cara”, “nada”, “joder, siempre me haces adivinarlo, dime qué hice mal”, “que nada, que te vayas a la mierda, que me dejes tranquila”, y se encierra en el baño y se echa a llorar.

Antes de seguir, has de saber que el acta de lectura de un TFM se rellena in situ al terminar la lectura (una escena muy típica es preguntarle al alumno el DNI para rellenarlo) y el profesor que hace de secretario lo lleva, pasito a pasito, a Secretaría. Lo deja allí, y no lo ve más. Es un papel que los profesores normalmente solo ven y tocan en ese momento.

El rector no sé exactamente qué hizo. Es verosímil que le dijera al señor catedrático que falsificara el acta, porque el señor rector magnífico, en condiciones normales, por lo que he dicho antes pediría el acta directamente a la Secretaría (y si Secretaría no la encuentra es que no existe); el señor catedrático no tendría nada que rascar ahí, así que no tendría oportunidad de falsificarla aunque quisiera. ¿Puede ser que el rector le dijera al catedrático “Pide el acta en Secretaría y mándasela a Rubia”, y el pérfido catedrático aprovechara para meter el cambiazo? Puede ser. Me parece más novelesco y más probable lo primero.

El caso es que esa misma tarde, el rector magnífico dice que va a abrir una investigación. La escena, con voz en off, puede ser “catedrático, me has hecho caso y has falsificado el acta, ya te tengo agarrado por los cataplines, ahora yo lanzo la investigación públicamente porque ya tengo cabeza de turco y voy a ser el bueno al que han engañado”. O puede ser “he confiado en este cabronazo, pero este papel que me da es más falso que un duro de madera, así que voy a abrir una investigación porque ahora sí sé que aquí hay gato encerrado”. Si es lo primero, el rector magnífico es pérfido. Si es lo segundo, el rector magnífico es bastante tonto (cualquiera que vea la rueda de prensa de esa mañana ve que a su derecha y a su izquierda están mintiendo como bellacos). Yo no creo que se llegue a rector magnífico de una universidad como esa siendo tonto; el requisito es ser pérfido. Así que yo me quedo con esa opción, pero depende de si quieres tener un personaje bueno u otro malo más.

Bueno, pues el rector anuncia su investigación. Acaba de llamar a una inspectora de servicios de la Universidad, que a pesar de ser por la tarde y estar en una feria con sus niños, coge el teléfono y asume el difícil encargo. Yo veo ahí a Frances McDormand totalmente.

A todo esto, el periódico sigue sacando cositas, una cada día. Ahí también hay personajes y diálogos interesantes. Rollo Watergate. Robert Redford como director del periódico, no me digas que no.

La inspectora designada por el rector llama a las profesoras. De las tres, solo va una. Las otras dos están de baja, a pesar de que un periodista ha interceptado a una de ellas ante las cámaras y parecía gozar de buena salud. Siguen siendo profesoras en precario; pero la que va es funcionaria desde hace un par de meses. No es que el catedrático no tenga poder sobre ella, pero no tiene tanto.

Ese ha sido su error: haber soltado a su víctima. La profesora se arma de valor, y en una escena digna de Algunos hombres buenos, le dice a la investigadora que ella no ha firmado, ni visto, ni estado, ni sabe nada de la Rubia y que a ella no la utiliza ni la madre que la parió.

Una de las tres ha cantado. Se cumple el peor pronóstico para los malos.

Y como esa ha cantado, el castillo de naipes se cae.

El rector anuncia una rueda de prensa para el día siguiente a la una y media. El catedrático sabe que el rector va a cortar su cabeza en la plaza pública, así que tiene que hablar primero, y a las diez de la mañana dice en la radio que actuó por orden del rector. Dice que hizo una reconstrucción, no una falsificación, porque hay un original. A la vez dice que el original ni lo tiene, ni lo ha visto. Aquí va un flashback de este catedrático dando un curso especializado sobre el delito de falsedad documental y explicando que la pena va de tres a seis años de prisión. Sí, es un poco forzado, es inverosímil… pero en algún momento hay que ser novelesco.

El rector se cabrea, porque ve que el catedrático se defiende. En su rueda de prensa dice que el otro miente y anuncia acciones legales.

El catedrático ya no sabe para dónde correr, y de tarde dice que el documento no era una reconstrucción del acta, que era un documento interno para el rector. Para qué cojones querría el rector ese papel (¿para saber cómo son las actas?) es un misterio. Para ser catedrático de derecho constitucional, se inventa unas coartadas de mierda. Pero está presionado y no puede pensar.

La serie se puede ir alargando viendo cómo caen los naipes. Cómo se va destapando la trama de falsificaciones.

Y ¿qué decir de Christine Rubia? Pocos días después hay una convención de su partido. ¿Qué hacemos con esa parte? ¿Entra la policía a detenerla en medio de los aplausos, como cuando Mark Wahlberg consiguió que trincaran al alcalde Russel Crowe delante de todo el mundo en La trama?

¿Te pareció inverosímil aquella escena? ¿Quitamos lo de la detención espectacular?

Bueno, podemos inspirarnos en la convención del PP del otro día. Pero me temo que eso sí que ya no sería verosímil en ninguna ficción.