Los restos de Franco

Que digo yo. Que esto tiene una solución muy sencilla. No sé por qué se complican la vida.

Es así de fácil. Una noche, a las tantas, se presentan unos señores de uniforme (o sin uniforme, pero con placa), encapuchados y sin conocerse entre sí, en el valle en cuestión. Entran por las buenas o por las malas. Antes de que nadie pueda reaccionar, sacan los restos del prócer. Se los llevan. Y uno de ellos, a sorteo, se marcha en coche y los entierra en una cuneta remota, por supuesto sin decirle a nadie dónde.

Fin del problema.

Estoy seguro de que no habría ningún problema; si pudiera haberlo sería solo por parte de la derecha, y esos ya han dicho por activa y por pasiva que no hay que buscar a los muertos, que no hay que reabrir heridas, que está todo bien. Que ese es el procedimiento adecuado, y no hay que dar vueltas al abuelo de nosquién ni a la guerra de nosecuándo.

Así que los huesecillos al bardial, sin más contemplaciones, y a tomar por culo.

Si se puede hacer con personas vivas, seguro que se puede hacer con unos huesos, y buena parte del arco parlamentario lo aplaudirá. ¿No?

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