El manspreading

El otro día iba yo en avión, y delante de mí iba una chica menuda. A su lado, una chica más grande y más gorda.

En un momento dado, la grande echó el asiento un poquitín hacia atrás (cosa que no le venía muy bien a mi acompañante, con ciertos problemas de espalda y que tiene que mantener cierta postura, pero bueno, era asumible). En otro momento, la chica menuda echó de repente el respaldo totalmente hacia atrás. He de decir que mis fémures caben justo en los asientos de los aviones, por lo que al tender el asiento me dio en las rodillas haciéndome retroceder y casi levantarme. Ella no había mirado, ni preguntado, ni lo hizo después. Pero supuse que simplemente no se daba cuenta. Supuse que ella cabe de sobra en los asientos y no es consciente de que hay gente más grande. A su compañera tampoco se le ocurrió.

Las dejamos descansar; total, cómodos no íbamos a estar de todos modos, así que por lo menos que lo estuvieran ellas. Simplemente, cambié de posición e hice el resto del viaje con las rodillas un poco abiertas a los lados (eso sí, con escrupuloso cuidado de no invadir el asiento vecino). Había un hueco en el que podía encajar, y no era un viaje largo.

Cuando se encendieron las luces de aterrizar y dieron orden de abrocharse cinturones, plegar mesas y poner el asiento vertical, pero la chica menuda siguió en su posición -que, aparte de ser cómoda, contradecía las indicaciones de seguridad-, yo simplemente volví a mi posición normal (soy un tanto disciplinado con las órdenes de los auxiliares de vuelo), con lo que di un pequeño toque en el respaldo. Entonces sí, la chica menuda miró hacia atrás, creo que con cara de fastidio, y enderezó el respaldo. Al menos lo entendió.

El otro día, subiendo la escalera del gimnasio, había mujeres sentadas en los escalones, que no permitían el paso. En ese sitio es frecuente. A veces abren hueco, otras ni se mueven. Yo paso con una sonrisa. Muchas veces ocurre esto de las escaleras, o me encuentro mujeres ocupando espacios o asientos con sus bolsos o sus cosas. También muchas se ponen a fumar donde les peta, ocupando varios metros alrededor con su humo tóxico. O se sitúan en primera fila cuando hay músicos en directo, para ponerse a hablar en voz alta de sus cosas, lo cual podrían hacer en otros sitios del bar o del país. O se sientan en los respaldos de los bancos públicos, con los pies (los de pisar el suelo y sus meadas de perro) en el asiento. O llevan a su perrito con una de esas correas largas que sirven para acordonar la calle, con lo que yo tengo que rodearla a ella y al perrito mientras mea (generalmente el perrito).

No creo haber asociado nunca su comportamiento con sus genitales. Creo que ni siquiera llegué a conclusiones sobre su carácter individual; pueden ser egoístas, pero también pueden ser simplemente despistadas. No di nombre a esas situaciones; si lo hubiera hecho, quizás habría sido womanleaning, womanexpanding, no lo sé.

Uno de los términos estrella del feminismo moderno es el manspreading. Según esta idea, una de las manifestaciones del patriarcado es la costumbre de los hombres de expresar su privilegio y su posición de fuerza ocupando más espacio del que necesitan, concretamente en transportes públicos, al sentarse con las rodillas separadas en vez de juntas. Se despatarran, invadiendo el espacio de sus vecinas. El otro día se publicó que una estudiante rusa luchaba contra el manspreading rociando la entrepierna de los hombres con lejía. Luego, leyendo era “agua y lejía”, y se refería a marcar la ropa, no a causar lesiones.

Diluida o no, teniendo en cuenta usos sociales milenarios, creo que si echo lejía a un tipo me arriesgo a que me plante una hostia y me haga tragar la botellita. Es más; al leer las primeras versiones de la noticia no pude evitar pensar que todo lo que sea rociar a una persona con un líquido abrasivo en un transporte público, sea cual sea la forma y el grado, tendría que causar un escalofrío de indignación al feminismo, puesto que nos trae a la memoria una de las cosas más inadmisibles y abyectas que se perpetran hoy en el mundo contra las mujeres. Así que de mano pensé que esta mujer era un poco imbécil.

Salvo por el pequeño detalle de que parecía, evidentemente, una escenificación, un montaje (y así lo fueron diciendo los medios, cuando dejaron de adornar la historia). Era una escenificación por lo que he dicho antes; a mí me caería un hostión, pero es que esa moza ni siquiera tiene un hostión entero. Me costaba creer que anduviera por el metro (¡en San Petersburgo!) haciendo justicia, como decían los periodistas, y durase más de veinte segundos.

En defensa de los hombres (si es que la necesitan) ha salido, por ejemplo, Valentina Ortiz, explicando que si los hombres tienen a sentarse así es por las características de sus genitales y para evitar comprimirlos. No sé; en mi caso, por lo general soy muy respetuoso con el espacio ajeno. Soy alto, y cuando me siento a ver un espectáculo tiendo a hundirme en el asiento para no estorbar a los de detrás (como si tuviera que pedir perdón por estar allí); tiendo a mantener los brazos pegados al cuerpo y andar con mucho cuidado de no dar codazos cuando hay mucha gente (aunque esté dos o tres horas de pie en esa posición); y en los asientos me obligo (desde antes de que se inventara el término manspreading) a mantenerme dentro de sus límites, aunque para mí resulten pequeños.

Pero eso lo hago a costa de mi comodidad, porque una cosa sí es cierta; mi tendencia natural es a sentarme con las rodillas separadas, espatarrao, manspreado. Y voy a aportar otra idea sobre este asunto, porque no sé si esto se debe al tamaño superlativo de mis huevazos; antes de llegar a aplastamiento alguno, en mi caso es una cuestión de la altura que suelen tener los asientos. Si yo me siento con las piernas juntas y por tanto las tibias verticales, las rodillas quedan demasiado arriba, y todo mi peso queda apoyado en mi bello culo; en los huesos isquiones. Eso sí que es incómodo. Sin embargo, si separo las rodillas y cruzo los pies (poniendo las tibias cruzadas), consigo apoyar los muslos enteros en el asiento para soportar el peso. Si me ves columpiarme, también estaré en esa posición, porque si no, los pies me arrastran por el suelo, por lo general, y así los columpios funcionan fatal.

Esto del manspreading (despatarre) ocurre, y hay gente maleducada. Quizás incluso sea cierto que los hombres tienen menos reparos a abrir las piernas, por las razones que sea; quizá incluso al ser de media son más altos que las mujeres tiendan a sentarse sobre los muslos como yo. Pero la invención del término, primero, y la importancia que cierto feminismo le ha ido dando, después, me parecen relevantes y representativos de un fenómeno importante: se atribuyen intenciones a alguien, y no solo a alguien sino a todo un colectivo enorme, de manera muy ligera. Una interpretación peregrina como cualquier otra, no demostrada de ninguna manera, se adopta como hecho cierto. Uno hace encajar en esa interpretación hecha a medida todos los males, todo lo que le cabrea, y la profecía se autocumple.

Yo no acusé a mi compañera de avión de womanleaning cuando me machacó las rodillas con desconsideración. Pero después de que yo simplemente me sentara derecho para aterrizar, no me extrañaría nada que saliera de allí enfadada y echando pestes de los hombres.

Y suerte que a mi derecha había un tipo, porque cuando separé las rodillas para caber y dejar a la chica descansar plácidamente, una mujer podía haberme catalogado como manspreader.

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