Se ponen malos de repente

Este es un tema un poco delicado porque parece que es de mal gusto hablar de la enfermedad o de la muerte. Pero por otro lado no hay cosa de peor gusto que ser un criminal o, como mínimo, un ladrón que abusa de la confianza de los ciudadanos. Así que no me parece que tenga que tener tanto miramiento con normas sociales que no dejan de ser tabúes fruto de nuestro propio miedo y superstición, como si hablar de la enfermedad o la muerte nos fuera a traer enfermedad o muerte (por más que hablar de robos millonarios no nos trae millones).

Me llama la atención, y me revienta, en cuántas ocasiones un chorizo o un facineroso o una persona presuntamente inocente pero muy sospechosamente culpable disfruta de su iniquidad y se beneficia de ella, durante mucho tiempo, con total impunidad y desvergüenza; para, en los pocos casos en los que le llega el momento de rendir cuentas, de repente recurre a nuestros sentimientos irracionales de pena o de culpa para aprovecharse, otra vez, e irse de rositas.

Villa, que por lo que parece fue un tío listísimo que amasó una fortuna desde una posición que les debía a los trabajadores que apenas llegaban a fin de mes, de repente se puso malo, se volvió tontísimo y no recuerda nada, hasta el punto de que puede librarse del juicio.

Miguel Blesa, que destrozó a conciencia algo que los trabajadores habían construido durante muchos años y se paseaba con la mayor soberbia y chulería de que es capaz una persona, se suicidó, el pobre, cuando lo condenaron. Pobrecito, sí. Pero es que al suicidarse se evita no solo ir a la cárcel, sino que también se evita ser juzgado por lo que debía ser juzgado, y además su familia no tendrá que devolver todo eso de lo que se apropió. Quedó básicamente impune. Para mí no es un pobrecito; es que su soberbia llegaba al extremo de que no tenía problema en pegarse un tiro y ahí os quedáis, gilipollas, que me quiten lo bailao, pero a mí no me cogéis y a mis beneficiarios tampoco.

Eduardo Zaplana, otro ejemplo de chulería impresentable, también se ha puesto malito, pero ha sido ahora que tenía que rendir cuentas. Algunos periódicos hicieron campaña a su favor, para que lo dejasen libre, señalando al juez como culpable si a Zapli le pasaba algo (una forma vergonzosa y evidente de demagogia), hasta que lo han conseguido; no aclararon que ya estaba atendido médicamente como debía, que ya salía de la cárcel para recibir todos los tratamientos necesarios…

No hablemos de Rita Barberá. Para evitar que fuera juzgada, su partido le puso todas las pantallas necesarias, convirtiéndola en senadora e incluso incluyéndola en la Diputación Permanente. Y un día, de repente, la pobre se murió. Incluso después de muerta, su partido siguió limpiando su suciedad común, dejando ver poco menos que la habían matado por investigarla, aunque fuera mentira. Como si al morirse el autor desaparecieran las fechorías y de repente tuviera que parecernos una persona ejemplar.

Álvaro Lapuerta fue tesorero del PP durante muchos años. Obviamente, un tío listísimo, una lumbrera entre las lumbreras. Pues oye, es verse envuelto en una investigación judicial y volverse viejo de repente; qué digo viejo, directamente demente. Ya no se acordaba de sus tejemanejes, pobre, tanto que alegaba no ser capaz de comprender siquiera su acusación. Y claro, antes de rendir cuentas se murió también. Naseiro también se libró, peor aún, por un defecto de forma, para disfrutar de su premio con una vida de rico.

Enrique Álvarez Conde, el sinvergüenza que durante tantos años se cagó y se meó en todo lo que significan la Universidad, el conocimiento y el esfuerzo de los imbéciles pringados que estudian una carrera por la vía lenta pudiendo ir por el atajo (como hizo cierto candidato a la presidencia del Gobierno que no se esconde lo más mínimo), se ha muerto también. No va a pagar por ninguna de sus fechorías; ha tenido alguna pequeña complicación procesal una corta temporada al final de su vida, pero nada más. Aquella rueda de prensa en la que salió a defender a Cifuentes no fue un calvario para él, no te equivoques; mintió con toda la cara dura que tenía, cosa a la que estaba acostumbrado. Tú y yo sufriríamos en esa situación; él no. Se llevó por delante el futuro, y quién sabe si la libertad, de unas profesoras a las que tenía agarradas por sus puntos flacos, que ahora pagarán probablemente por las fechorías del otro indeseable.

Toda esta gente se aprovecha de la convención de que está feo desearle enfermedades o muerte a alguien (que es verdad, y no es mi caso) para que implícitamente tenga que parecernos que está feo incluso que se diga la verdad sobre los actos de alguien que está enfermo. O que lo finge.

No puedes hablar mal de los vivos porque te denuncian. No puedes hablar mal de los muertos porque está feo. Pero tampoco puedes pedirles cuentas porque… están muertos.

Pues un chorizo enfermo, o un chorizo muerto, sigue siendo un chorizo.

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