Justicia (II)

En el artículo «La pornografía como un mal social», Pilar Llop, juez, diputada autonómica y exdelegada del gobierno para la violencia de género, analiza una sentencia del Tribunal Supremo que por fin contenta (quizás) a todas esas personas que tenían clarísima la diferencia entre violación y abuso. Sobre eso ya escribí hace un tiempo, y sigo en las mismas.

Esta juez dice:

La resolución salda una deuda histórica con las víctimas de los atentados sexuales por el trato que tradicionalmente se les había dado en estas causas y actúa como calmante de la “ira de las mujeres”, una sensación que Rebecca Traister en su libro Buenas & Enfadadas concibe como una reacción contra el machismo y la falsa y supuesta superioridad masculina que lleva a la cosificación de la mujer.

Es justamente lo que yo me temía y denunciaba. Un delincuente no solo va a pagar por su delito, por sus actos, sino por interpretaciones históricas de un tercero, ajenas a los hechos y que juzgan a personas concretas como sujetos abstractos. Los de la manada no pagan por lo que han hecho ellos (que no es poco), sino por lo que han venido haciendo en toda la Historia una serie de hombres contra una serie de mujeres. Alguien se inventa unos personajes, que representan a esos hombres y a esas mujeres, y se aprovecha un juicio concreto para juzgar a esos personajes (que, insisto, no tienen entidad jurídica alguna). Y una vez condenado el malo, por el camino inverso se personifica la pena en personas concretas.

Y la juez que lo escribe empieza así su artículo y no tiene reparo alguno. Dice también que «los mensajes del Supremo son claros» (o sea, que no es una sentencia, es un comunicado), y que la sentencia:

restaña un principio jurídico que parecía roto, el de la seguridad jurídica, deshaciendo el nudo judicial que había estrangulado el bien protegido que no es otro que la libertad sexual.

No explica en el artículo qué seguridad jurídica se rompió en el proceso original, ni por qué, ni en qué mejora ahora la seguridad jurídica, ni de quién, ni por qué, ni qué nudo judicial era ese.

No tiene desperdicio su concepto del consentimiento explícito. Asunto bastante complejo, pero que Pilar tiene muy claro. A pesar de que, si uno se fiara de lo que dice, pensaría que no tiene absolutamente nada útil que aportar:

Si bien sabemos que nuestro Código Penal no lo contempla, la sentencia deja una ventana abierta a este cambio de paradigma, como un guiño al legislador, señalando que conforme al Convenio de Estambul —ratificado por España en 2014 y de aplicación directa— “el consentimiento debe prestarse voluntariamente como manifestación del libre arbitrio de la persona considerado en el contexto de las condiciones circundantes”.

O sea, que la juez señala algo que no aparece en el Código Penal, pero celebra que se aplique igualmente, y dice que el Supremo hace un… ¿guiño al legislador para que cambie de paradigma? Todavía me estoy frotando los ojos.

La palabrería del convenio de Estambul que viene entre comillas no aporta ninguna directriz para su interpretación; es algo tan huero como decir «hay que castigar a los culpables», cuando normalmente lo difícil es demostrar quién es culpable. «En el contexto de las condiciones circundantes». Ya. Eso es de perogrullo.

Pero la juez se cubre de gloria a continuación, esta es la guinda:

Así, la aquiescencia, ya sea expresa o tácita pero siempre explícita, es exigible en toda relación íntima de carácter sexual.

O sea, que tácita pero explícita. Dos palabras que son prácticamente antónimos.

Me resulta inaudito que una juez no vea lo inútiles, contradictorias y vagas que son sus propias palabras, en virtud de las cuales pretende mandar gente a la cárcel más o menos años. Da pavor pensar que estamos en esas manos. Esta persona ha ejercido o ejerce en el poder legislativo, en el ejecutivo y en el judicial.

Es para echarse a temblar.

 

 

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