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Plácido Domingo

5 05+00:00 septiembre 05+00:00 2019

A Plácido Domingo lo acusan de acoso sexual.

Sobre eso, como sobre cualquier presunto delito o falta, se pueden hacer muchas matizaciones. Pero lo que hace que se me caiga el alma a los pies es el tipo de defensa que veo por aquí. Lo llaman «caballero», o añaden algo así como «pues a mí no me violó», o le aplauden mucho. Y no digamos lo que se ve en los comentarios de las noticias.

Se nos olvida una cosa: que los hechos descritos en las acusaciones son obviamente ciertos y ponerlos en duda no solo es ocioso, sino un insulto a esas (¡pocas, creo!) mujeres que han reunido el valor de formularlas.

Associated Press (no un tabloide de tres al cuarto) publicó una información contrastada, con nueve acusaciones iniciales refrendadas (se nos olvida esto) por muchas entrevistas a otros empleados. Ahora hay otras once acusaciones. Es patético que Paloma San Basilio o Ainhoa Arteta digan «conmigo fue educado», como si eso tuviera alguna relevancia frente al testimonio de las otras dieciocho mujeres (que por lo visto vienen a ser una banda de zorras interesadas y mentirosas; Arteta lo implica diciendo que ella no se acostó con nadie… madre mía).

El comunicado de Plácido Domingo, y no entiendo por qué no lo asumen sus defensores, admite prácticamente las acusaciones. Viene a explicar que él creía que no obraba mal, y no digo que no; seguramente, para él eso era ser «un caballero», seguramente era ser «un conquistador», seguramente para él eso era «ligar». Meter mano a ver si cuela. Insistir si te dicen que no, o si no te dicen que sí. Presionar un poquito, o un mucho, hasta que caiga la fruta.

Plácido Domingo puede ser muchas cosas. No lo tacho de mala persona, porque no lo conozco. Sí estoy convencido de que es, como mínimo, inteligente. Él mismo alude a unos estándares distintos en aquella época, y eso es indudablemente cierto. No sé si eso ya ha cambiado o solo está empezando a cambiar o solo a parecerlo.

Quizás se le olvidó, y supongo que es fácil olvidarse cuando tienes el éxito y el poder de tu parte, que una cosa es proponer sexo a una mujer y otra muy, muy distinta, y que nunca ha sido pura cuestión de usos sociales, es proponer sexo a una empleada tuya, a una alumna, a una aspirante a cantante, a alguien a quien evidentemente estás arrinconando con tu talla. Y como Plácido es inteligente, creo que era consciente de eso, de que parte de su… éxito con las mujeres se debía a su posición dominante en el negocio. No le importaría, no se pondría mucho en su lugar, no le parecería para tanto. No querría verlo, simplemente; él quería acostarse con aquella chica y a otra cosa. Es culpable de eso, y estoy seguro de que lo sabe.

Estoy con esas mujeres, sé que dicen la verdad, sé que tienen razón, y sé que la defensa de Plácido es absolutamente patética porque él mismo ha admitido que en lo esencial todo es verdad (impreciso, es lo más lejos que ha llegado en sus calificativos sobre las acusaciones).

A partir de ahí, se pueden hacer todos los matices que se quiera.

Pero sin desacreditar a esas personas, por favor. Y sin poner en ningún pedestal a Plácido, más allá de lo bien que canta.

Un centímetro

5 05+00:00 septiembre 05+00:00 2019

Anteayer ayudé a un tipo a cruzar la calle.

Bajaba yo bien distraído, concentrado y dando vueltas a cosas. Un desconocido, un poco ajado, me interpeló. El instinto en esos casos es decir que no y continuar instantáneamente. Pero, no sé por qué, me paré y escuché. Un momento después de decidir escuchar, me di cuenta (porque apenas le había visto aún) de que llevaba un andador y más que ajado estaba discapacitado. La postura imposible, encorvada, y un hablar gangoso, infinitamente trabajoso, casi incomprensible. No se me da nada bien entender a la gente que habla mal. Pero le dije: «¿perdón?», y cuando repitió, salpicando algunas babas, intuí que quería que le ayudara a cruzar la calle. «Claro», dije.

Es una calle tranquila, con semáforo, de solo dos carriles y poco tráfico. Esperamos a que se pusiera verde. Esperando, le pregunté qué ayuda quería exactamente. Lo que me contestaba no lo entendía. Y cuando se puso la luz verde, empezamos a avanzar.

Él avanzaba con toda la dificultad que supone no poder moverse apenas de forma controlada. Yo hacía de poco más que de guardaespaldas pero, no sé muy bien cómo (creo que más por suposición mía que por comprensión auditiva), empecé a pensar que el problema iba a estar en el bordillo. No tenía por qué haberlo; estaba convenientemente rebajado, como corresponde a un paso de peatones, y apenas sobresalía un centímetro del asfalto. Pero empecé a pensar que las ruedas (pequeñas) de un andador, manejado por alguien en sus circunstancias, quizás no funcionaran tan bien como las de una silla de ruedas.

Después de un rato, llegamos al bordillo. Me agaché, levanté el andador ese centímetro de bordillo y las ruedecillas estuvieron arriba. No se habló nada más, así que supongo que acerté.

Y eso fue todo. El tipo continuó avanzando, y yo mi camino.

No solemos ponernos en el lugar de alguien que lleva una silla de ruedas, hasta que tenemos que llevar por la calle algo con ruedas.

Pero este hombre ni siquiera está en esa situación. Las aceras adaptadas no están adaptadas para él. No sé qué esfuerzo le representa salir a la calle. Apenas puede andar, tampoco comunicarse para pedir ayuda, ni subir bordillos de un centímetro. No sé cuánta gente haría caso omiso a su petición de ayuda antes que yo, que perfectamente pude haber seguido de largo. Y allí estaba él. Caminando.

Muchos de los lamentos que oigo a mi alrededor me producen asco. Pero ya no sé qué postura tomar si pienso en el día a día de ese hombre.

El hombre que supera la gesta de conseguir ayuda para superar la gesta de cruzar la calle y subir un centímetro, de camino a donde quiera que fuese.

Porque seguro que ese día le esperaban más centímetros. Más calles.

A la ida y a la vuelta.