Archive for the ‘bestiarioHumo’ Category

Bestiario del humo: estrutioniformes

30 30UTC marzo 30UTC 2009

Retomamos aquí nuestro estudio de la fauna de los humedales (humedales por humo, no por humedad) revisando el orden de los estrutioniformes.

Se dice que los estrutioniformes (de los cuales el avestruz es el representante más conocido) esconden la cabeza en el suelo ante situaciones que los contrarían. Aunque la literatura científica pretende desmentir esta hipótesis, es un comportamiento documentado sobradamente por la experiencia. Esconder la cabeza para no ver lo que no se quiere ver es un comportamiento casi consustancial a todo fumador empedernido, que se manifiesta además de múltiples maneras y en múltiples aspectos de esa actividad. Examinarlos todos sería prolijo, así que hoy nos limitaremos a describir uno de ellos, partiendo de un hecho empírico.

Nueve de la mañana. Al lado del observador pasa una pequeña furgoneta, repleta de pan, que puede verse a través de las ventanillas. Sacos de pan, apetitoso, con los curruscos asomando. Incluso en el asiento del copiloto va un saco de pan.

Y el conductor enciende un cigarrillo.

Por suerte o por desgracia, que uno nunca sabe qué es mejor en estos casos, más adelante la furgoneta se para en un semáforo. Y el observador, que no aprenderá jamás, no puede evitar intervenir en la escena.

– Oye, perdona, pero eso que estás haciendo es una cerdada.
– ¿El qué?

[Este ya es un comportamiento indudablemente estrutioniforme.]

– Fumar delante de todo ese pan que llevas ahí.
– No, hombre, pero estoy fumando por la ventanilla.

[A la segunda frase, se aprecia el segundo rasgo estrutioniforme inequívoco. Dos de dos.]

– Ya, ya. Por la ventanilla, claro. Tá muy guapo.

Este individuo presenta, de manera evidente, un comportamiento estrutioniforme. Por una parte, esconde la cabeza ante el hecho de que está fumando dentro de un coche (lugar cerrado donde los haya) cargado de alimentos que otros van a consumir, que van descubiertos y que lleva incluso a su lado. Por otro lado, afirma ser capaz de fumar por la ventanilla. Es cierto que en ese momento llevaba la mano del cigarro fuera del coche, pero si afirma fumar por la ventanilla, forzosamente tendría que realizar otras partes del proceso a través de la misma.

Indudablemente, es capaz de sacar la cabeza fuera del coche para inspirar y exhalar el humo, por supuesto sin dejar de conducir y sin quitarse el cinturón de seguridad. Pocas avestruces presentan un cuello tan largo y flexible, desde luego.

Decimos “indudablemente” porque, de no ser cierto, habría que concluir que el conductor sería, efectivamente, un cerdo. Y la relación entre el tabaco y los súidos es algo que nos da pudor abordar aquí, donde sólo queremos describir la naturaleza sin ofender a nadie. Que además hay mucha gente que se ofende ante cosas evidentes (insistimos: es un rasgo estrutioniforme negar la evidencia y esconder la cabeza buscando salidas inverosímiles).

En cualquier caso, es de agradecer que este individuo concreto reaccionara escondiendo la cabeza. Los estrutioniformes acostumbran, de hecho, a mostrar un comportamiento territorial y muy agresivo, sobre todo en épocas de celo, así que no habría sido raro que el observador que narra la experiencia acabase, encima, vilipendiado o atacado por la estúpida ave corredora.

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Bestiario del humo: El paguroideo

16 16UTC junio 16UTC 2008


La soprendente fauna que puebla el planeta muestra una enorme variedad de comportamientos y rituales, no siendo el más ilógico el del crustáceo paguro.

La evolución desarrolló el exoesqueleto hace muchos millones de años, y el filo que incorpora esta ventaja (los artrópodos) es el más abundante. Así que nada tiene de particular el uso de una coraza externa. En el universo humano, la ropa, en cualquiera de sus formas, es también omnipresente. Lo que resulta peculiar es el comportamiento ritual del paguro.

Por razones que ni siquiera él acierta a comprender, el paguro frecuenta (o, en algunos casos, se ve atrapado en) ambientes hostiles, repugnantes, con una alta concentración de humo producido por snorkels. Cómo -y por qué- el paguro sobrelleva esta situación sería objeto de otro artículo; aquí nos interesa lo que ocurre después, cuando ya ha conseguido abandonar la reunión.

El humo de snorkel resulta totalmente inocuo a dichos simpáticos seres (de hecho, es su ausencia la que suele crispar el sistema nervioso snorkel) pero tiene un efecto devastador en las demás criaturas. Incluso en concentraciones muy bajas, el humo de snorkel se adhiere de manera persistente a casi todos los materiales conocidos. Se adhiere con especial eficacia a las capas más internas de la ropa, aunque parezcan menos expuestas; probablemente el calor y la transpiración de la propia piel faciliten el depósito del tóxico.

Por todo ello, cuando el paguro llega a su hogar después de estar en contacto con snorkels, se deshace inmediatamente de su exoesqueleto. De todo. Se quita, y aparta de sí con rapidez y asco, todo lo que llevaba puesto. Acto seguido, se cubre con cualquier cosa que encuentre a mano y le permita mostrarse en la ventana con el mínimo decoro, porque el siguiente paso es tender su exoesqueleto en el exterior. Allí lo dejará toda la noche, y quizás también la siguiente, para que la brisa y, en su caso, el sol ventilen los tejidos y se lleven el nauseabundo olor (un exoesqueleto contaminado no se puede guardar con el resto de la ropa, e incluso da asco meterlo en el cesto de la ropa sucia). Algunos paguros, además, se lavan las manos enérgicamente hasta medio antebrazo, para eliminar ese olor de sus dedos; y los que tienen pelo largo pueden necesitar una higiene más profunda si quieren poder dormir.

¿Resulta asquerosa la imagen del paguro abandonando su cubierta? Amigo, no te puedes imaginar lo que es quedarse dentro.

Bestiario del humo: El aerobius erraticus

28 28UTC mayo 28UTC 2008

El aerobius erraticus se parece en algunas cosas a un cetáceo. Es un ser aerobio que deambula por un medio en el que respirar no siempre resulta fácil, y en consecuencia debe hacer desplazamientos frecuentes para procurarse aire.

En el reino animal es frecuente que haya individuos que desarrollen su capacidad de percepción. Sin embargo, en la especie humana hay individuos que, por decisión propia, ven mermada su capacidad de percepción. Se acostumbran al humo del tabaco, a base de consumirlo, bien sea activa o pasivamente, frecuentando lugares con alta concentración del mismo. Su olfato deja de percibir el resultado de la combustión (cosa que advierten con sorpresa si, por razones que tampoco vienen al caso, dejan el consumo durante suficiente tiempo, con lo que en algunos casos recuperan la normalidad de sus sentidos).

El aerobius erraticus se ha quedado fuera de esa carrera involutiva. Continúa respirando aire, sin interés alguno por acostumbrarse a la presencia de sustancias irritantes en el mismo. Y eso le obliga a desarrollar sus propias estrategias de supervivencia en un hábitat hostil.

Cuando un aerobius circula por la calle, es difícil hacer un trayecto, siquiera corto, sin que en algún momento, al inspirar, reciba una bocanada infecta, de sabor casi sólido, irrespirable. Tras la primera sensación de ahogo y de asco, mirará a su alrededor, y cien veces de cada cien verá que, efectivamente, hay a su alrededor algún individuo dotado de chimenea y expeliendo humo: llamemos a esta complejísima especie los snorkels.

A veces, el snorkel está sorprendentemente lejos del aerobius. Pero el humo que expelen los snorkels es algo especial, denso, permanente, elástico, cohesivo. Se mantiene en el aire con pertinacia. Es extraordinariamente raro, por no decir imposible, que la náusea que invade al aerobius sea figurada; indefectiblemente, tenía su motivo. Un snorkel en las proximidades. No podían ser imaginaciones; casi siempre, primero es la náusea y luego el avistamiento, no al revés. Y aquí empieza la panoplia de recursos cinéticos del aerobius, causa de ese calificativo de “erraticus”.

La peor situación se da, sin duda, cuando el snorkel circula por la calle, delante del aerobius, en su misma dirección. Porque va dejando un rastro de inmundicia permanente, que el aerobius no se tragará durante un fugaz y soportable instante, sino que tendrá que seguir cual raya de cocaína. En consecuencia, el aerobius probablemente cambie de manera repentina de trayectoria. Sin motivo aparente para los demás snorkels, el aerobius se desplaza bruscamente un par de metros a su derecha o izquierda y sigue caminando. Está intentando (por lo general, inútilmente) salir del inmundo rebufo del snorkel. Desde luego que, si puede, cambiará de acera por este solo motivo, aunque luego tenga que volver al mismo lado para llegar a su destino.

Esto no siempre funciona, claro está. Y entonces podremos ver otro comportamiento habitual en el aerobius: intentar caminar más rápido que el snorkel, para mantenerse por delante. A veces, incluso hará un pequeño sprint mientras mantiene la respiración, que dura justamente hasta que el snorkel está medio metro detrás de él (actitud muy parecida a las carreras anaerobias y explosivas de algunos felinos africanos). Otro movimiento aparentemente sin sentido, pero ineludible para el aerobius. Los aerobius acaban acostumbrándose a caminar bastante rápido por la calle. Si un aerobius lesionado o cojo se encuentra detrás de un snorkel que va al mismo sitio que él… puede darse por jodido: desprovisto de sus defensas naturales, se fumará el cigarro entero, más aún que el snorkel, que al fin y al cabo sólo aspira el humo que quiere y deja el resto detrás de sí.

Si el aerobius no va detrás del snorkel, sino que se cruza con él por la misma acera, el problema es menor, aunque también notable. En primer lugar, el aerobius, viéndolo venir, tomará apresuradamente una bocanada de aire y mantendrá la respiración, para evitar el íntimo contacto de sus tejidos internos con las excreciones repulsivas del snorkel. Una vez se ha cruzado con el snorkel, frecuentemente cambia también de trayectoria para salir del reguero que este deja tras de sí, mascullando alguna maldición. Pero como se separan rápidamente, la cosa no pasa a mayores.

A veces el aerobius está estático y el estímulo de un snorkel lo pone en movimiento. Por ejemplo, esperando para cruzar un semáforo. Un snorkel, por lo general, jamás rehúye una concentración de gente, ni se mantiene apartado; es un ser sociable, que inmediatamente se incrusta o se integra en el grupo, quizás considerando que sus volutas de humo añaden vaporosa sofisticación al conjunto. Pero si en ese grupo hay un aerobius, recibirá la vomitiva regurgitación del snorkel con desagrado. Por razones poco claras, el aerobius no es territorial, ni siquiera cuando debería serlo, y se aparta al otro extremo del paso de peatones. Si este es concurrido, las probabilidades de que llegue otro snorkel a su lado son altas… y el aerobius buscará una nueva posición. Cosa inútil, porque los pasos de peatones son estrechos y un par de snorkels imposibilitan estar allí y lejos de ellos a la vez. En ese caso, como mal menor, el aerobius intentará determinar dónde está barlovento, para ubicarse allí respirando lo menos posible, hasta que el semáforo se ponga verde. Entonces iniciará otra de sus súbitas arrancadas, a la vez que llena sus pulmones (¡por fin!) de aire. Otro comportamiento incomprensible para los snorkels, que quizás incluso lo miren con desagrado (ellos no sólo son fuertemente territoriales, sino también extremadamente susceptibles; relacionan la instintiva náusea ajena con un deliberado y malvado ataque a los fundamentos mismos de los derechos humanos).

Hay muchas otras situaciones similares, que sería prolijo enumerar en un solo artículo: una cola, un espectáculo al aire libre, una marquesina para resguardarse de la lluvia, una parada de autobús. Indefectiblemente, el snorkel llegará, se instalará donde le pete, y el aerobius se apartará sumisamente. Si está en la parada del autobús, y llueve, igualmente será el aerobius el que se ponga bajo la lluvia o busque un alero donde guarecerse, desde el que pueda ver si llega el autobús. En la literatura científica no se han recogido casos en los que un aerobius afee su conducta al snorkel y le diga que él debe buscarse otro sitio o, en caso contrario, cerrar la chimenea hasta mejor ocasión.

Todos estos comportamientos son incomprensibles para el snorkel, que los observa incluso con irritación. Interpreta que el aerobius actúa así… para molestarle. Que el aerobius es un ser hipersensible y sin sentido común. Pero por increíble que parezca, no hay maldad alguna en esta actitud del snorkel, que es perfectamente explicable por la fisiología. Primero: la conclusión del snorkel deriva necesariamente de la información que puede manejar como premisa, y esta le llega a través de unos sentidos que, como hemos descrito al principio, ya no perciben la presencia del humo. Segundo: el desarrollo de las premisas a las conclusiones pasa por el uso de un cerebro que es presa fácil para las sustancias presentes en el tabaco que consume, que alteran muchos elementos de su capacidad de raciocinio.

Ah, el aerobius erraticus… El manso y deambulante herbívoro de los mares.

Bestiario del humo: El henerozzo

27 27UTC mayo 27UTC 2008

El henerozzo es un ser que, de la que habla contigo y saca una cajetilla de tabaco para encender un pitillo, te ofrece por si quieres fumar.

Desde bien niños, los henerozzos criados en sociedad aprenden, por lo general, a controlar una imperiosa necesidad corporal, cual es la expulsión de gases intestinales conocida como pedo. Esto es así porque tal expulsión resulta notablemente desagradable al olfato de sus semejantes, por lo que cuando están en presencia de estos procuran evitarla, por mucho que les cueste hacerlo (es un acto voluntario, que requiere el uso de músculos y se opone a lo que las terminaciones nerviosas del intestino solicitan insistentemente al cerebro). En el caso peor, abandonan momentáneamente la reunión y buscan un lugar adecuado.

También a corta edad, sin embargo, contraen una necesidad nueva, esta vez elegida y no innata ni corporal, que es iniciar una combustión y respirar una pequeña parte del humo producido en ella. El henerozzo pronto ve anulada su capacidad de raciocinio o de control en todo lo que atañe a esa combustión. Sus habilidades sociales se ven supeditadas a ella. Para empezar, no es capaz de relacionarse con otros aficionados si la combustión no está presente. (Esta curiosa asociación entre la relación social y la combustión ha llevado al consumo, de hecho, y también a la muerte, a muchas personas. Una muerte ni nás ni menos solitaria que la media, por cierto, y tras una vida probablemente más corta y menos placentera. Pero de estas cosas hablaremos otro día.)

Cuando el henerozzo se encuentra con otras personas, de las que no sabe si también practican la combustión y el consumo de humo, y le asalta la necesidad de consumir, lo coherente con sus nociones de urbanidad sería controlar esa necesidad y posponerla para mejor ocasión, igual que otras mencionadas arriba. Por una parte, porque si los presentes no consumen humo es probable que les resulte molesto, quizá más que un pedo. Por otra parte, porque aun cuando lo consuman el henerozzo sabe que ese humo es altamente perjudicial, por lo que no parece educado iniciar la ronda. Pero ya hemos dicho que pierde el control.

La única forma que el henerozzo encuentra de conciliar esa fea necesidad (elegida por él) con la presencia de otras personas es un gesto que siente como una redención.

Ofrece tabaco.

No es un gesto fácil de mecanizar. Debe ser algo casual, cotidiano, que pase desapercibido casi, a ser posible alzando las cejas en actitud invitadora. El henerozzo es una buena persona; si tuviera juanolas envenenadas con mercurio, no las ofrecería. Lo que pasa es que probablemente tampoco las consumiría. Y eso que consumir juanolas envenenadas con mercurio a ningún tercero perjudica, y no rompe ninguna regla de urbanidad. Pero esta es, claro está, una de las contradicciones y faltas de control asociadas a su adicción.

Como no quiere reprimirse, ofrece tabaco. Y con eso ya ha obtenido su salvoconducto. Ya se siente legitimado para iniciar la combustión, porque se siente amable. Va a invadir los pulmones de los presentes con una sustancia bastante más molesta que la mayoría de los pedos e infinitamente más nociva, pero al fin y al cabo te ha invitado a unirte a él, no ha sido egoísta, se ha mostrado dispuesto a perder dinero para estrechar lazos contigo mediante su ritual de ignición. Tú puedes aceptar o declinar con una sonrisa resignada su ofrecimiento, pero en cualquier caso ya formas parte del juego. Te ha ofrecido un regalo envenenado… dos veces envenenado.

Tú podrías hacer algo, claro está. En vez de decir con una sonrisilla “no, gracias”, podrías decir con gesto extrañado: “Pero… ¿vas a… fumar?” (Algo así como “pero, ¿de verdad vas a tirarte un pedo, aquí y ahora?”) Lo que ocurre es que entonces, en ese delicado juego de urbanidad, el maleducado serías tú. Habrías contestado a un ofrecimiento con un desaire. Más aún: al ofrecer con esa instintiva facilidad (ese gesto, amigos, ese gesto es mucho más sutil de lo que parece) otorga una normalidad tácita a ese hecho. Lo que él hace, probablemente mientras habla con despreocupación, encaja en el fluir del tiempo, no llama la atención; lo que sería llamativo y rupturista sería poner cualquier cortapisa a tan automático movimiento. De hecho, al ofrecer tabaco no te dice “¿Puedo fumar?” Te dice “Voy a fumar, ¿quieres tú también?” El ritual ya ha empezado, ya te saca tres cuerpos de ventaja. Él ya está fumando, ya ha dado el primer paso. Así que poner obstáculos al proceso resulta aún más desabrido. Ya no puedes prevenir, sólo interrumpir. Y si lo haces, al dejarlo a él en evidencia te dejarás a ti mismo aún más. Tú serás un ser cruel, indiferente, egoísta, prepotente. Le habrás cortado el rollo.

Él, claro, no lo sabe, no es consciente de todo esto ni actúa con maldad; ya hemos dicho que es buena gente. Todo este tira y afloja es instintivo, como todas las negaciones, los autoengaños y las supersticiones neuróticas que dan de comer a los psicoanalistas argentinos. Pero ha conciliado la próxima realización de un acto agresivo y repugnante con la educación, el buen trato y el entendimiento entre los pueblos. Esa cajetilla es una bandera blanca. Es como “Oye, ¡tirémonos un pedo!”, y antes de que puedas decir nada: “raaaaaac”. Si no te lo has tirado, si no has participado, es porque no has querido. Ha socializado su excreción.

Así que cuando con esa elegancia cinematográfica y sofisticada enciende el cigarillo, tú sólo puedes decirle: “No, gracias, henerozzo”.

Bestiario del humo / reflexiones en el aire

20 20UTC mayo 20UTC 2008

Hace algo más de dos años puse aquí mi primera “opinión o llocáa”, según como se mire. Se refería a la nueva (e insuficiente) ley sobre el consumo de tabaco. Esa que algunos imbéciles llaman “ley antifumadores”.

El fenómeno del tabaco es algo tan fascinante, tan curioso, que realmente da para escribir mucho. Y si uno tiene un blog es por esa manía de escribir. Así que parece un buen tema.

Pero por otra parte maldita la gana que tengo de hacerme mala sangre sobre algo que ya ocupa un porcentaje suficientemente alto de mi cabreo diario. No, no pretendo dedicarme a la invectiva o la diatriba, ni desahogarme vociferando, por mucho que se lleve en estos últimos tiempos montar el pollo (incluso montar pollos preparados a mayor gloria de las cifras de audiencia).

El desafío que me planteo es escribir sobre el tabaco con toda serenidad y asepsia. He pensado abrir dos series de artículos.

Bestiario del humo. Bestiario: En la literatura medieval, colección de relatos, descripciones e imágenes de animales reales o fantásticos, según la RAE. Pretendo hacer un ejercicio descriptivo, puramente descriptivo si puedo, sobre diversos aspectos de esa faceta tan peculiar de nuestra civilización que es el consumo de tabaco; con la misma ingenuidad, o extrañeza, o curiosidad, o minuciosidad con que uno se acercaría, precisamente, a un animal mitológico. A todo se acostumbra uno, pero siempre se puede intentar acercarse de nuevo, como un extraterrestre, a eso que ya conoce, y mirarlo con ojos sorprendidos. Un bestiario moderno puede ser el de la Academia de Chimpancés. Yo no pretendo hacer eso, pero sí aportar mi punto de vista a cosas que parece que sólo admiten uno, que nos han enseñado las películas y la propaganda. No se trata, tampoco, de hacer sátira ni monólogos humorísticos. Ya veremos lo que sale.

Reflexiones en el aire. El bestiario es (pretende ser) descriptivo. Las reflexiones son opiniones. Pero estas están en el aire por varias razones. Una, porque desde el aire (no desde el humo) las escribiré. Otra, porque pueden cambiar, ante nuevos argumentos. Otra, porque seguramente no sirven para nada de puro livianas. También me gustaría que no se convirtieran en un desahogo ni nada parecido. Me gustaría poder explicarme a mí mismo lo que pienso y por qué lo pienso. Pero de manera fría y racional. Descriptiva, también.

Pues eso. Ya veremos lo que sale. Pero pienso empezar con una reflexión: mi apoyo entusiasta al derecho de los fumadores a fumar.