Archive for the ‘feminismu’ Category

Plácido Domingo

5 05+00:00 septiembre 05+00:00 2019

A Plácido Domingo lo acusan de acoso sexual.

Sobre eso, como sobre cualquier presunto delito o falta, se pueden hacer muchas matizaciones. Pero lo que hace que se me caiga el alma a los pies es el tipo de defensa que veo por aquí. Lo llaman «caballero», o añaden algo así como «pues a mí no me violó», o le aplauden mucho. Y no digamos lo que se ve en los comentarios de las noticias.

Se nos olvida una cosa: que los hechos descritos en las acusaciones son obviamente ciertos y ponerlos en duda no solo es ocioso, sino un insulto a esas (¡pocas, creo!) mujeres que han reunido el valor de formularlas.

Associated Press (no un tabloide de tres al cuarto) publicó una información contrastada, con nueve acusaciones iniciales refrendadas (se nos olvida esto) por muchas entrevistas a otros empleados. Ahora hay otras once acusaciones. Es patético que Paloma San Basilio o Ainhoa Arteta digan «conmigo fue educado», como si eso tuviera alguna relevancia frente al testimonio de las otras dieciocho mujeres (que por lo visto vienen a ser una banda de zorras interesadas y mentirosas; Arteta lo implica diciendo que ella no se acostó con nadie… madre mía).

El comunicado de Plácido Domingo, y no entiendo por qué no lo asumen sus defensores, admite prácticamente las acusaciones. Viene a explicar que él creía que no obraba mal, y no digo que no; seguramente, para él eso era ser «un caballero», seguramente era ser «un conquistador», seguramente para él eso era «ligar». Meter mano a ver si cuela. Insistir si te dicen que no, o si no te dicen que sí. Presionar un poquito, o un mucho, hasta que caiga la fruta.

Plácido Domingo puede ser muchas cosas. No lo tacho de mala persona, porque no lo conozco. Sí estoy convencido de que es, como mínimo, inteligente. Él mismo alude a unos estándares distintos en aquella época, y eso es indudablemente cierto. No sé si eso ya ha cambiado o solo está empezando a cambiar o solo a parecerlo.

Quizás se le olvidó, y supongo que es fácil olvidarse cuando tienes el éxito y el poder de tu parte, que una cosa es proponer sexo a una mujer y otra muy, muy distinta, y que nunca ha sido pura cuestión de usos sociales, es proponer sexo a una empleada tuya, a una alumna, a una aspirante a cantante, a alguien a quien evidentemente estás arrinconando con tu talla. Y como Plácido es inteligente, creo que era consciente de eso, de que parte de su… éxito con las mujeres se debía a su posición dominante en el negocio. No le importaría, no se pondría mucho en su lugar, no le parecería para tanto. No querría verlo, simplemente; él quería acostarse con aquella chica y a otra cosa. Es culpable de eso, y estoy seguro de que lo sabe.

Estoy con esas mujeres, sé que dicen la verdad, sé que tienen razón, y sé que la defensa de Plácido es absolutamente patética porque él mismo ha admitido que en lo esencial todo es verdad (impreciso, es lo más lejos que ha llegado en sus calificativos sobre las acusaciones).

A partir de ahí, se pueden hacer todos los matices que se quiera.

Pero sin desacreditar a esas personas, por favor. Y sin poner en ningún pedestal a Plácido, más allá de lo bien que canta.

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Justicia (II)

9 09+00:00 julio 09+00:00 2019

En el artículo «La pornografía como un mal social», Pilar Llop, juez, diputada autonómica y exdelegada del gobierno para la violencia de género, analiza una sentencia del Tribunal Supremo que por fin contenta (quizás) a todas esas personas que tenían clarísima la diferencia entre violación y abuso. Sobre eso ya escribí hace un tiempo, y sigo en las mismas.

Esta juez dice:

La resolución salda una deuda histórica con las víctimas de los atentados sexuales por el trato que tradicionalmente se les había dado en estas causas y actúa como calmante de la “ira de las mujeres”, una sensación que Rebecca Traister en su libro Buenas & Enfadadas concibe como una reacción contra el machismo y la falsa y supuesta superioridad masculina que lleva a la cosificación de la mujer.

Es justamente lo que yo me temía y denunciaba. Un delincuente no solo va a pagar por su delito, por sus actos, sino por interpretaciones históricas de un tercero, ajenas a los hechos y que juzgan a personas concretas como sujetos abstractos. Los de la manada no pagan por lo que han hecho ellos (que no es poco), sino por lo que han venido haciendo en toda la Historia una serie de hombres contra una serie de mujeres. Alguien se inventa unos personajes, que representan a esos hombres y a esas mujeres, y se aprovecha un juicio concreto para juzgar a esos personajes (que, insisto, no tienen entidad jurídica alguna). Y una vez condenado el malo, por el camino inverso se personifica la pena en personas concretas.

Y la juez que lo escribe empieza así su artículo y no tiene reparo alguno. Dice también que «los mensajes del Supremo son claros» (o sea, que no es una sentencia, es un comunicado), y que la sentencia:

restaña un principio jurídico que parecía roto, el de la seguridad jurídica, deshaciendo el nudo judicial que había estrangulado el bien protegido que no es otro que la libertad sexual.

No explica en el artículo qué seguridad jurídica se rompió en el proceso original, ni por qué, ni en qué mejora ahora la seguridad jurídica, ni de quién, ni por qué, ni qué nudo judicial era ese.

No tiene desperdicio su concepto del consentimiento explícito. Asunto bastante complejo, pero que Pilar tiene muy claro. A pesar de que, si uno se fiara de lo que dice, pensaría que no tiene absolutamente nada útil que aportar:

Si bien sabemos que nuestro Código Penal no lo contempla, la sentencia deja una ventana abierta a este cambio de paradigma, como un guiño al legislador, señalando que conforme al Convenio de Estambul —ratificado por España en 2014 y de aplicación directa— “el consentimiento debe prestarse voluntariamente como manifestación del libre arbitrio de la persona considerado en el contexto de las condiciones circundantes”.

O sea, que la juez señala algo que no aparece en el Código Penal, pero celebra que se aplique igualmente, y dice que el Supremo hace un… ¿guiño al legislador para que cambie de paradigma? Todavía me estoy frotando los ojos.

La palabrería del convenio de Estambul que viene entre comillas no aporta ninguna directriz para su interpretación; es algo tan huero como decir «hay que castigar a los culpables», cuando normalmente lo difícil es demostrar quién es culpable. «En el contexto de las condiciones circundantes». Ya. Eso es de perogrullo.

Pero la juez se cubre de gloria a continuación, esta es la guinda:

Así, la aquiescencia, ya sea expresa o tácita pero siempre explícita, es exigible en toda relación íntima de carácter sexual.

O sea, que tácita pero explícita. Dos palabras que son prácticamente antónimos.

Me resulta inaudito que una juez no vea lo inútiles, contradictorias y vagas que son sus propias palabras, en virtud de las cuales pretende mandar gente a la cárcel más o menos años. Da pavor pensar que estamos en esas manos. Esta persona ha ejercido o ejerce en el poder legislativo, en el ejecutivo y en el judicial.

Es para echarse a temblar.

 

 

Más listos que la NASA

5 05+00:00 abril 05+00:00 2019

El mundo está lleno de listos. No se limitan a saber de informática más que los informáticos, de medicina más que los médicos, y de todo más que todos. El otro día parece que Ana Guerra publicó una de esas fotos hiperpreparadas de Instagram, esta:

Qué tonta, no sabe tocar el piano

Por lo que parece, mucha gente se rió de ella porque no sabe que para tocar el piano hay que levantar la tapa. A buen seguro que muchos lo dirían en broma, pero muchos se apuntaron realmente a la historia. Estoy seguro de que muchos de los que comentan, a pesar de no haber estado en su vida cerca de un piano, son tan imbéciles que creen realmente que Ana Guerra, cantante profesional desde hace unos cuantos años y estudiante de flauta travesera en un conservatorio durante ocho, no sabe cómo se toca uno (no digo ya que toque bien o mal, sino que no sabe cómo funciona). Y que esa foto se ha hecho así, por casualidad, sin querer, y la han pillado.

Algo parecido ha pasado con el primer paseo espacial solo para chicas. Incluso Buenafuente, a quien respeto, se ha subido al carro de la historieta fácil. Míralo aquí, 1’27”:

La borma está bien, pero no es todo broma. Dice Buenafuente que “han investigado”, y para él “investigar” es leer a un becario de El País. Se cree esa sandez de que la primera astronauta tuvo problemas con el traje porque “los ingenieros de la NASA no sabían exactamente cómo orinaba”. Y llama a los ingenieros de la nasa “ingenierito de la mierda”, y se apunta al éxito fácil hoy en día: reñir a alguien por machista para que te aplaudan. Pero el feminismo desinformado y erróneo no ayuda en nada.

No es mi especialidad ni mucho menos pero, total, visto el nivel, voy a opinar. Hay algunas circunstancias que conviene tener en cuenta.

  • Durante muchos años, casi todos los astronautas han sido militares. Pilotos de pruebas o de caza, muchos con experiencia en combate, aparte de tener títulos en ingeniería. Hoy en día esto no es tan inevitable, pero más de dos tercios de los astronautas que ha habido han sido militares. Ahora mismo, en la ISS hay seis personas, y cuatro (incluyendo a la propia astronauta implicada) son militares. Para exigirle a la NASA que haya muchas mujeres astronautas, seguramente habría que conseguir antes que hubiera muchas en la cantera: en el ejército, pilotando aviones.
  • Respecto al asunto de la orina, de hecho supongo que orinar en un traje sin gravedad es un problema ténico muy, muy serio y de importancia crítica. Seguro que para hacer el primer traje de hombre hubo que realizar infinidad de investigaciones y pruebas. Y no es de extrañar que para la primera mujer, siendo el problema distinto, hiciera falta todo un programa de I+D; sí, solo para mear. Pese a que la NASA ya sabe hacer trajes, tiene abiertos varios programas para desarrollar trajes nuevos, y ha invertido en ellos más de 100 millones de dólares.
  • Hay varios tipos de trajes espaciales, para diferentes fines. Sospecho que el de los paseos espaciales (el llamado EMU, Extravehicular Mobility Unit) es seguramente el más complejo y el que plantea requisitos de seguridad más estrictos. No se parece a una camiseta gorda, sino más bien a una nave espacial especializada.
  • Un traje de esos tiene que proteger al astronauta de las condiciones del espacio. Tiene que mantener una presión atmosférica para el astronauta, mientras que fuera no hay más que vacío. Tiene que mantener su temperatura; entre otras cosas, tiene que reflejar la luz solar para que el astronauta no se fría (en el espacio es mucho más difícil y necesario refrigerar que calentar, porque no hay convección). Y además… tiene que permitirle hacer el trabajo.
  • El astronauta está básicamente en un globo ultrarresistente inflado a presión. ¿Cómo puede moverse y doblar brazos y piernas? Pues es difícil, y el primero que lo intentó, Alexei Leonov, lo comprobó por sí mismo. Aquella misión casi acaba en tragedia. No pudo ni operar su cámara fotográfica. Al volver a entrar tuvo que violar por su cuenta y riesgo todos los procedimientos: entró de cabeza (no de pie), y en la esclusa sacó aire de su traje para poder dar vuelta y cerrar la escotilla externa. En 20 minutos su temperatura corporal subió 1,8 ºC. Dijo que estaba metido en sudor hasta las rodillas dentro de su traje. (Esa misión tuvo un aterrizaje de lo más accidentado, además, pero es otra historia).
  • Total, que los paseos espaciales son una actividad tremendamente física. No la puede hacer cualquiera, y no se puede hacer con cualquier traje; tiene que ser perfecto.
  • Los trajes de las misiones lunares se fabricaban a medida de cada astronauta. En la actualidad, se hacen combinando piezas estándar de diversas tallas. En particular, la parte de arriba y la de abajo se pueden combinar. El astronauta se prueba trajes en los entrenamientos en tierra y decide cuáles sirven; puede optar por una sola combinación posible o por varias, pero en el espacio esto puede cambiar (un astronauta de 1,80 puede medir 1,85 en la ISS) y solo se sabe con certeza la talla allí arriba y en el momento de intentarlo.
  • El plan de la misión se alteró a propuesta de una de las dos mujeres implicadas, Anne McClain. Creía que le valían los trajes de dos combinaciones, pero tras un primer paseo espacial con talla grande comprobó que necesitaba la mediana, la misma que su compañera.
  • De hecho había dos trajes de la talla adecuada, pero resulta mucho más fácil cambiar quién sale que reconfigurar los trajes. Así que se decidió cambiar de día a una de las dos.
  • La NASA tiene un cierto problema con los trajes espaciales (de hombre y de mujer). Los trajes tienen una vida útil determinada, y necesitan mantenimiento.
  • Los trajes debían enviarse periódicamente a la Tierra para repararlos y mantenerlos, y esto iba a hacerse en el transbordador. Pero… ahora no hay transbordadores, por las razones que sabemos. Así que se mantienen con menos frecuencia.
  • De los 18 trajes originales de la ISS, solamente quedan 11; unos están en un estado más fiable que otros. De los que faltan, 4 se perdieron en los desastres del Challenger y el Columbia. Hay dudas sobre si los trajes durarán hasta que termine la vida útil de la ISS (2024; quizás se prorrogue). Hacer uno de esos trajes costaba unos 2.000.000 $, pero ahora se dice que fabricar ahora más de esos trajes tendría un coste inasumible (recuérdese que se están desarrollando nuevos modelos, y son esos los que la NASA quiere utilizar en el futuro). La posible falta de un traje adecuado no se resuelve poniendo a Marie Kondo a doblar unas camisetas y mandándolas por SEUR.
  • De hecho, deberíamos felicitarnos por este cambio de planes. Si algo deberíamos exigir a la NASA es que haya aprendido de lecciones dolorosas como la del Challenger: no hay que ceder a las presiones, sino hacer lo correcto.

En 1977, antes de que nacieran muchos de estos listos, la NASA ya echó mano de una actriz de Star Trek para hacer campañas para reclutar mujeres, en 1978 contrató a seis astronautas mujeres, en 1983 mandó a una de ellas al espacio… Que no es que haya suficientes ni mucho menos, pero no parece muy justo pintar a la NASA como un montón de idiotas a los que no se les ha ocurrido que existen las mujeres o que mean diferente, sino como una organización que lucha contra un problema global que no puede resolver sin más por sí sola, y que en todo caso pone por delante los criterios técnicos y de seguridad.

Total, que esa organización pone (y trae de vuelta) hombres en la Luna. Consigue que vuelvan de la Luna y aterricen sanos y salvos unos tipos que van en una nave que ha explotado, con los medios disponibles y de forma improvisada. Hace aterrizar chismes en Marte y los controla desde aquí. Pero un montón de españoles listos les tiran de las orejas por machistas y por tontos, porque no se les había ocurrido tener sujetadores en la ISS o algo así.

Me da la impresión de que no les preocupa, y de que están a cosas más importantes.

Y esas dos mujeres también. Están allí por lo que valen para hacer su trabajo, y no para saludarnos y hacernos carantoñas a los zoquetes de la superficie.

8 de marzo

8 08+00:00 marzo 08+00:00 2019

En un día como hoy me apetece mencionar a alguna de las muchas mujeres que admiro. De ofrecer aquí lo que yo considero un modelo a seguir, eso que los ingleses llaman un role model. Y, por supuesto, no un modelo a seguir «para las mujeres»; un modelo a seguir, sin más. Y la mejor manera de decir las cosas suele ser con música.

Hay quien piensa que una mujer empoderada y fuerte, un modelo a seguir, es esto:

Beyoncé

Empoderada como ella sola

A mí, sin negar sus capacidades (que son muchas), me parece que se dedica básicamente a pavonearse y exhibirse. No digo que solo valga para eso; digo que es a lo que de facto se dedica. Al final, está enseñando cuerpo, peluquería, tipo, vestidos. Está en su derecho. Nada que objetar. Pero sí objeto en elegirla como modelo o como ideal. En ese sentido no está haciendo más que lo que han hecho toda la vida sus predecesoras. No se ha rebelado contra ninguno de los estereotipos que atenazan a las mujeres; simplemente, se ha convertido en la campeona mundial de esos estereotipos, en la mejor. Estereotípica de élite.

Creo que tiene, además, un pésimo gusto musical, y es una lástima que elija lo que elige, con la música que seguramente podría hacer. Pero le funciona.

Yo voy a proponer un modelo muy distinto. Primero te ruego que escuches sin más.

Molly Tuttle – Take the journey

Esa es Molly Tuttle. Un modelo a seguir.

En esa canción solo hay una guitarra, y la toca ella. Lo que hace es muy difícil. Pero no es lo importante.

Molly Tuttle toca cosas difíciles pero no es para que la admires. Toca cosas difíciles porque es lo que quiere que suene.

Molly Tuttle es música.

Se dedica a hacer música. Eso consiste, por si no lo tienes claro, en utilizar el sonido (y las palabras) para inducir en los oyentes ciertas emociones, ciertos estados de ánimo, y transmitirles algo de tu interior.

Puedes utilizar una combinación de cosas para hacer eso. Pero si lo que haces es música, deberías conseguirlo con el sonido. El resto será simplemente algo que tienes que cuidar desde un punto de vista profesional, como la puntualidad o lo que dices sobre las canciones cuando las presentas. Y de hecho, si vas triunfando, te conviertes en una marca y eres, de hecho, atractiva, supongo que no te queda otro remedio que cultivarlo todo, y hasta explotarlo.

Pero esta mujer ha sido premiada como guitarrista del año en los 2018 Americana Music Awards, y en ese género y en ese país hay muchos, muchos excelentes guitarristas para elegir. He ido a montones de cursos de improvisación, y siempre se habla de «la cantante» y de «el guitarrista», porque las guitarristas son muy escasas; esta mujer sí rompe estereotipos, sí demuestra cosas, sí da lecciones. La primera, la sencillez.

Muchas veces se habla de discos unplugged. Es falso; ahí hay más electrónica que en un centro de cálculo. Pero aquí, Molly y sus compañeros hacen una absoluta maravilla, y verás que no hay ni un maldito cable en el escenario. Solo hay un micro central doble.

Cuando puedes hacer música con tus manos y tu voz, como hace esta gente, de manera que si grabaras un disco en estudio no podría sonar mejor que lo que has hecho en el escenario, es que estamos ante músicos grandes, y sobre todo ante músicos que ofrecen verdad. Molly Tuttle puede ser guapa o fea, pero esto que se ve aquí es verdad pura y dura. Una absoluta maravilla. Están disfrutando como parece, y están haciendo todo esto sin trampa ni cartón.

Brindo por las mujeres y lanzo aquí un modelo a seguir.

Leticia Dolera (II)

8 08+00:00 diciembre 08+00:00 2018

Leticia Dolera, un tiempo después de su historia con Aina Clotet, ha publicado tres páginas de explicaciones.

Dejando aparte las faltas de ortografía, o cómo descarga culpas en terceros (“no hemos acompañado a Aina como ella necesitaba”) el análisis de sus explicaciones es muy simple. Parecen bastante razonables. Ya lo parecían el primer día. Pero la cuestión no es esa.

La cuestión es si Leticia se leería tres páginas de explicaciones de un hombre en la misma situación. Si aceptaría frases como “no hemos acompañado a Aina como ella necesitaba” sin acusar a su redactor de  de estar tratando a Aina de embarazada histérica y caprichosa. O si aceptaría de un hombre afirmaciones como que las actrices trabajan con el cuerpo.

Es así de simple.

Dolera y la caja B

20 20+00:00 noviembre 20+00:00 2018

No me gustan mucho los giros argumentales del tipo “Ajajá, pues te he pillado pecando precisamente de lo que predicas”. Parece que devolver la pelota es cuestión de pura justicia, y en principio debería serlo, pero con frecuencia son argumentos facilones, bastos y especialmente falaces. Al que le vale con empatar, se inventa el empate de cualquier manera.

Un ejemplo: hace unos días, y quizá ni siquiera te hayas enterado, se desveló nada menos que en cierto momento el ministerio del Interior ordenó a la Policía, con dinero de los fondos reservados, robar documentos  para proteger las actividades criminales del partido en el Gobierno. Esto tendría que ser un escándalo de proporciones desmesuradas, y acabar con un montón de gente en la cárcel y la disolución del partido en cuestión por haber llegado demasiado lejos. Pues no; uno dice «yo no tengo nada que ver», y otros dicen «es cosa del pasado», y ya está. Sus simpatizantes equilibran cosas como esa con que Echenique le pague nosecómo a su ayudante, o que Pablo Iglesias se compre una casa legalmente.

Otro ejemplo claro es el máster (y el título universitario) mágicos del candidato Csd, frente al doctorado del presidente Snchz, normal y corriente como hay miles y sobre el que se ha inventado nosequé sospechas y una comisión de investigación en el Senado. Pues si soy simpatizante de Csd ya está mi conciencia tranquila, no necesito más.

Por eso, cuando pillan a una feminista siendo machista y le dicen «Y ahora qué», no me apetece mucho asumir el argumento, porque sé que algunos de mis compañeros de viaje serán esos machistas y resentidos de manual. Por otro lado, rechazar un argumento para evitar compañeros de viaje es tan parcial como rechazarlo por cualquier otro motivo irrelevante.

Y es que hay veces que la verdad es la que es.

Leticia Dolera, cabeza visible de cierto tipo de feminismo, está rodando una serie y ha prescindido de una actriz porque está embarazada. Ha alegado un montón de razones muy razonables: que tiene muchas escenas de sexo y desnudos (vaya, ¿una directora hace su primera serie y la llena de mujeres desnudas? Aquí habría también para meditar un rato), que se le iba a notar que está embarazada y no cuadra con el personaje, que el coste de rehacer los planes de rodaje es inasumible, que el seguro que tiene no cubre ciertos accidentes y otras parecidas. Por su parte, la actriz despedida, Aina Clotet, ha hecho algunas puntualizaciones. Entre otras, que su barriga tenía solución fácil.

Leticia dice que el rechazo hacia Clotet no se produjo de malos modos, pero que supone «que mola el morbo, que mola el titular grueso». Vamos, que qué se le va a hacer, que da igual qué explicaciones dé, porque la gente se va a quedar con lo más amarillo.

Leticia, tienes razón en todo.

Tienes varias razones para echar a una embarazada de su trabajo. Las mismas que tendrías si fueras director y tuvieras pene. Las mismas que tienen los empresarios para no contratar embarazadas. Lo mires por donde lo mires, Leticia, te deshaces de Clotet porque no te sirve para el trabajo, porque te cuesta mucha pasta, porque te trastoca planes y porque te da quebraderos de cabeza que te ahorras buscando otra actriz que no esté embarazada. No tienes nada contra Aina, no hay nada personal.

Como cualquier empresario peludo y barbudo, querida Leticia.

Tienes razón también en que no importa si tus explicaciones son razonables. Las hordas de machistas y resentidos de manual dirán “Ajajá, te pillé”, y te crucificarán sin más matices, de manera justa o injusta, y no puedes esperar que te escuchen ni muestren ninguna clase de empatía. Es cierto.

Como cualquier horda de feministas de cierta corriente. Concretamente, de la que encabezas.

Leticia, yo soy feminista. Eso significa que para mí, salvo para asuntos íntimos, es irrelevante si tienes pene o no.

Y, lo pintes como lo pintes, y salvo que se me escape algo fundamental (que puede ser), has echado de su trabajo a una embarazada por estarlo. Si crees que tu caso es distinto al de los demás, en mi opinión es que tus entendederas no llegan lo bastante lejos como para servir de modelo al feminismo.

Justicia

17 17+00:00 octubre 17+00:00 2018

Querido lector, voy a hacerte una pequeña entrevista.

Ves a dos tipos hablando en la calle. Y uno le suelta a otro una bofetada. ¿Debería ir a la cárcel? ¿Cuánto tiempo?

Digamos ahora que en vez de una bofetada le suelta un puñetazo. ¿Cuál es entonces la respuesta?

Otra más. Te enteras de que el que ha recibido el puñetazo acababa de amenazar al otro con hacerle daño a su familia. ¿Cambia la respuesta anterior?

Cambiemos el contexto. Lo que ves ocurre en una joyería, entre el dueño y un visitante. El visitante amenaza verbalmente al dueño con hacerle daño a su familia; este, asustado, le deja hacer, y el visitante coge unos Rolex en una bolsa y se va. ¿Debe ir a la cárcel? ¿Y cambia algo si en vez de amenazarle verbalmente le apunta con una pistola? ¿Y si en vez de eso le da un bofetón “preventivo” para intimidarlo? ¿Y si en vez de eso le da un puñetazo preventivo en la cara, antes de empezar a hablar?

Supongamos ahora que el “visitante” es directamente un atracador y que, a pesar de la amenaza verbal, el joyero no se resigna e intenta impedir al atracador que coja los relojes. El atracador lo tumba de un tortazo y se va con su botín. ¿Es la pena la misma que si la amenaza verbal funciona?

Y si el joyero se resiste con más fuerza aún, y el atracador le da una coz en la rodilla y se la rompe gravemente, cosa que va a dejarle secuelas. ¿Es la pena la misma para el atracador que si la amenaza verbal funciona?

Termino ya. Supongamos ahora que el atracador amenaza verbalmente al joyero, y este saca una recortada del mostrador y le descerraja un tiro. ¿Debe el joyero ir a la cárcel? ¿Cuánto tiempo, exactamente?

Las preguntas anteriores quizás te hayan parecido un aburrimiento. Como recurso estilístico, más de dos o tres agotan el efecto y no aportan nada. Pero resulta que son de la mayor relevancia, literaturas aparte. Si tú fueras quien dicta sentencia, no vale con que sepas que el abofeteador se ha portado genéricamente mal. Tienes que tener meridianamente claro cuán mal se ha portado, y qué pena hay que imponerle en cada uno de esos casos. Y tienes que decir un número de años. Y cualquier número distinto de cero implica interrumpir la vida de una persona y meter a esa persona en la cárcel. No sé, querido lector, si tienes la más mínima idea de lo que es pasar un día en la cárcel. Yo no la tengo.

Si vas a decidir una pena, tienes que afrontar además varios dilemas obvios. Es fácil que no hayas asistido a los hechos, así que te tendrás que basar en declaraciones que no van a coincidir. En el tercer supuesto de arriba, puede que solo el golpeante oyera la amenaza; ¿creerás su palabra? En el caso del joyero ¿vas a imponer la misma pena si el atracador se va sin dañar a nadie que si se va dejando atrás a un joyero con la pierna estropeada para siempre? Si impones penas distintas en esos casos, ¿implica eso que el joyero tiene que renunciar a su pierna a fin de que valores adecuadamente la inaceptable acción del atracador? Pero si impones la misma pena en ambos casos, para que el pobre joyero no tenga que acumular pruebas en su propio cuerpo, ¿significa eso que, en caso de que no haya heridos, estás imponiendo a alguien años de cárcel por lo que podría haber hecho, y no por lo que ha hecho?

Cuando se iba a hacer pública la sentencia del caso de “la manada”, yo veía posible que los acusados fueran declarados inocentes. De haber sido así, supongo que lo habría asumido (con dolor de corazón) como lo correcto en materia penal, por más que tenga plena constancia de que son unos indeseables. Si me hubieran dicho que se les condenaría por haber cometido abusos sexuales a 9 años de cárcel, ambos términos (abuso y nueve años) me habrían parecido razonables. Pero por lo visto no conozco bien el código penal.

A diferencia de la práctica totalidad de mis conciudadanos, que tenían claro que la calificación del delito debía ser otra y la pena también.

Soy feminista porque creo que hay que terminar con ciertas injusticias, carencias o desequilibrios; hay muchas, y muy graves. En la Justicia, por ejemplo, que se obligue a una mujer a declarar a la vista de su agresor sexual (¡varias veces!), o que se la juzgue implícitamente por cómo ha afrontado su vida después de la agresión. Y como esas, otras mil.

Pero un sector muy visible del feminismo asume como legítima la sobrecompensación, el ánimo punitivo. Y plantea que los problemas que afectan a mujeres son intrínsecamente más importantes que el resto de problemas, y que tienen un derecho especial a resarcirse; y combinando ambas cosas, plantea soluciones que dan vergüenza ajena por lo que tienen de ignorancia, de ingenuidad en el peor sentido de la palabra.

La Justicia nunca ha sido un asunto sencillo. Pero para ciertos feministas (¡incluso algunos con capacidad legislativa!) sí. Es tan sencillo como que quien acuse de determinados delitos goce de presunción de veracidad. Que, dependiendo del tipo de delito, se invierta la carga de la prueba o se valoren las pruebas de manera diferente. Que en ciertos casos el principio constitucional de la reinserción del delincuente (¡recogido en una sección que lleva por título “De los derechos fundamentales y las libertades públicas”!) no sea aplicable, y las penas privativas de libertad sirvan como escarmiento o venganza y si nos pasamos de largo dé igual porque las mujeres han sufrido mucho y cualquier acusado no-mujer lleva un estigma de clase que tiene que asumir.

El dilema respecto a los inocentes presos o los culpables libres, ese que la Humanidad aún no ha conseguido resolver, ese que resulta trágicamente relevante para tantas personas en relación con tantos delitos (secuestrados, torturados, apaleados, padres que han visto morir a sus hijos), ese que está en el centro mismo del concepto de Justicia organizada… nada, ese te lo resuelven los del “los y las alumnos y alumnas” en un momento. Esos que son capaces de juzgar un caso sin conocer ni el sumario ni a los acusados ni a la víctima, sin saber lo que es un juez de instrucción, sin saber hacer la O con un canuto. Es patético cómo denuncian como un gran descubrimiento la paradoja de que tienes que sufrir más lesiones para que una condena sea mayor, o que es difícil para una víctima probar lo que ocurre en privado, ¡como si no le pasara lo mismo al joyero!

La última ocurrencia es eso de que en las relaciones sexuales (¡casi nada!) si no hay un “sí” explícito el acto sexual se considere violación. Citan a la vicepresidente del gobierno hablando de revisar los tipos penales para “que no pongan en riesgo a través de la interpretación delitos tan graves contra las mujeres”. La interpretación. La vicepresidente del gobierno cree que es posible una justicia automática y acertada, cree factible librarse de la interpretación… esa cosa para la que están, fundamentalmente, los jueces. Ole y ole.

Legitiman esa ley diciendo que será como la de otros países, por ejemplo Suecia. No conozco la ley sueca y no sé cómo creen sus promotores que en los juzgados se dirimirá el “sí”. En esta noticia se dice que «el consentimiento no deberá ser necesariamente verbal, sino que también puede producirse a través de gestos o “de alguna otra manera”», lo que me temo que… nos remite a la interpretación, queridos. No sé si las relaciones sexuales tendrán que realizarse con contrato previo, pero si lo menciono no es por reducción al absurdo ni como ironía; francamente, es la única forma que se me ocurre de garantizar la seguridad jurídica a quien participe. Si “todo lo que no sea un sí es un no”, entonces “todo lo que no sea un sí me convierte en delincuente”. Si interpreto las señales como consentimiento, soy delincuente por omisión, a menos que esté seguro de que el juez las interpretará igual que yo. Si no estoy seguro, más me vale estar en condiciones de probar el “sí”. Se invierte la carga de la prueba. El asunto es muy serio.

El feminismo tiene un grave problema con la Justicia. Pero uno de fondo, que va mucho más allá de los problemas reales, y de hecho los desdibuja, los oculta y los convierte en secundarios. Una víctima declarando ante su agresor es algo odioso; pero la inversión de la carga de la prueba es una catástrofe generalizada. Sale perdiendo el feminismo, y sale perdiendo la sociedad. Yo no estoy dispuesto a apoyar tal estupidez.

Y he visto muchas manifestaciones estúpidas al respecto. Bienintencionadas, pero llenas de ignorancia. Da pavor pensar que gente con tan escaso juicio pueda influir en las leyes penales.

El manspreading

10 10+00:00 octubre 10+00:00 2018

El otro día iba yo en avión, y delante de mí iba una chica menuda. A su lado, una chica más grande y más gorda.

En un momento dado, la grande echó el asiento un poquitín hacia atrás (cosa que no le venía muy bien a mi acompañante, con ciertos problemas de espalda y que tiene que mantener cierta postura, pero bueno, era asumible). En otro momento, la chica menuda echó de repente el respaldo totalmente hacia atrás. He de decir que mis fémures caben justo en los asientos de los aviones, por lo que al tender el asiento me dio en las rodillas haciéndome retroceder y casi levantarme. Ella no había mirado, ni preguntado, ni lo hizo después. Pero supuse que simplemente no se daba cuenta. Supuse que ella cabe de sobra en los asientos y no es consciente de que hay gente más grande. A su compañera tampoco se le ocurrió.

Las dejamos descansar; total, cómodos no íbamos a estar de todos modos, así que por lo menos que lo estuvieran ellas. Simplemente, cambié de posición e hice el resto del viaje con las rodillas un poco abiertas a los lados (eso sí, con escrupuloso cuidado de no invadir el asiento vecino). Había un hueco en el que podía encajar, y no era un viaje largo.

Cuando se encendieron las luces de aterrizar y dieron orden de abrocharse cinturones, plegar mesas y poner el asiento vertical, pero la chica menuda siguió en su posición -que, aparte de ser cómoda, contradecía las indicaciones de seguridad-, yo simplemente volví a mi posición normal (soy un tanto disciplinado con las órdenes de los auxiliares de vuelo), con lo que di un pequeño toque en el respaldo. Entonces sí, la chica menuda miró hacia atrás, creo que con cara de fastidio, y enderezó el respaldo. Al menos lo entendió.

El otro día, subiendo la escalera del gimnasio, había mujeres sentadas en los escalones, que no permitían el paso. En ese sitio es frecuente. A veces abren hueco, otras ni se mueven. Yo paso con una sonrisa. Muchas veces ocurre esto de las escaleras, o me encuentro mujeres ocupando espacios o asientos con sus bolsos o sus cosas. También muchas se ponen a fumar donde les peta, ocupando varios metros alrededor con su humo tóxico. O se sitúan en primera fila cuando hay músicos en directo, para ponerse a hablar en voz alta de sus cosas, lo cual podrían hacer en otros sitios del bar o del país. O se sientan en los respaldos de los bancos públicos, con los pies (los de pisar el suelo y sus meadas de perro) en el asiento. O llevan a su perrito con una de esas correas largas que sirven para acordonar la calle, con lo que yo tengo que rodearla a ella y al perrito mientras mea (generalmente el perrito).

No creo haber asociado nunca su comportamiento con sus genitales. Creo que ni siquiera llegué a conclusiones sobre su carácter individual; pueden ser egoístas, pero también pueden ser simplemente despistadas. No di nombre a esas situaciones; si lo hubiera hecho, quizás habría sido womanleaning, womanexpanding, no lo sé.

Uno de los términos estrella del feminismo moderno es el manspreading. Según esta idea, una de las manifestaciones del patriarcado es la costumbre de los hombres de expresar su privilegio y su posición de fuerza ocupando más espacio del que necesitan, concretamente en transportes públicos, al sentarse con las rodillas separadas en vez de juntas. Se despatarran, invadiendo el espacio de sus vecinas. El otro día se publicó que una estudiante rusa luchaba contra el manspreading rociando la entrepierna de los hombres con lejía. Luego, leyendo era “agua y lejía”, y se refería a marcar la ropa, no a causar lesiones.

Diluida o no, teniendo en cuenta usos sociales milenarios, creo que si echo lejía a un tipo me arriesgo a que me plante una hostia y me haga tragar la botellita. Es más; al leer las primeras versiones de la noticia no pude evitar pensar que todo lo que sea rociar a una persona con un líquido abrasivo en un transporte público, sea cual sea la forma y el grado, tendría que causar un escalofrío de indignación al feminismo, puesto que nos trae a la memoria una de las cosas más inadmisibles y abyectas que se perpetran hoy en el mundo contra las mujeres. Así que de mano pensé que esta mujer era un poco imbécil.

Salvo por el pequeño detalle de que parecía, evidentemente, una escenificación, un montaje (y así lo fueron diciendo los medios, cuando dejaron de adornar la historia). Era una escenificación por lo que he dicho antes; a mí me caería un hostión, pero es que esa moza ni siquiera tiene un hostión entero. Me costaba creer que anduviera por el metro (¡en San Petersburgo!) haciendo justicia, como decían los periodistas, y durase más de veinte segundos.

En defensa de los hombres (si es que la necesitan) ha salido, por ejemplo, Valentina Ortiz, explicando que si los hombres tienen a sentarse así es por las características de sus genitales y para evitar comprimirlos. No sé; en mi caso, por lo general soy muy respetuoso con el espacio ajeno. Soy alto, y cuando me siento a ver un espectáculo tiendo a hundirme en el asiento para no estorbar a los de detrás (como si tuviera que pedir perdón por estar allí); tiendo a mantener los brazos pegados al cuerpo y andar con mucho cuidado de no dar codazos cuando hay mucha gente (aunque esté dos o tres horas de pie en esa posición); y en los asientos me obligo (desde antes de que se inventara el término manspreading) a mantenerme dentro de sus límites, aunque para mí resulten pequeños.

Pero eso lo hago a costa de mi comodidad, porque una cosa sí es cierta; mi tendencia natural es a sentarme con las rodillas separadas, espatarrao, manspreado. Y voy a aportar otra idea sobre este asunto, porque no sé si esto se debe al tamaño superlativo de mis huevazos; antes de llegar a aplastamiento alguno, en mi caso es una cuestión de la altura que suelen tener los asientos. Si yo me siento con las piernas juntas y por tanto las tibias verticales, las rodillas quedan demasiado arriba, y todo mi peso queda apoyado en mi bello culo; en los huesos isquiones. Eso sí que es incómodo. Sin embargo, si separo las rodillas y cruzo los pies (poniendo las tibias cruzadas), consigo apoyar los muslos enteros en el asiento para soportar el peso. Si me ves columpiarme, también estaré en esa posición, porque si no, los pies me arrastran por el suelo, por lo general, y así los columpios funcionan fatal.

Esto del manspreading (despatarre) ocurre, y hay gente maleducada. Quizás incluso sea cierto que los hombres tienen menos reparos a abrir las piernas, por las razones que sea; quizá incluso al ser de media son más altos que las mujeres tiendan a sentarse sobre los muslos como yo. Pero la invención del término, primero, y la importancia que cierto feminismo le ha ido dando, después, me parecen relevantes y representativos de un fenómeno importante: se atribuyen intenciones a alguien, y no solo a alguien sino a todo un colectivo enorme, de manera muy ligera. Una interpretación peregrina como cualquier otra, no demostrada de ninguna manera, se adopta como hecho cierto. Uno hace encajar en esa interpretación hecha a medida todos los males, todo lo que le cabrea, y la profecía se autocumple.

Yo no acusé a mi compañera de avión de womanleaning cuando me machacó las rodillas con desconsideración. Pero después de que yo simplemente me sentara derecho para aterrizar, no me extrañaría nada que saliera de allí enfadada y echando pestes de los hombres.

Y suerte que a mi derecha había un tipo, porque cuando separé las rodillas para caber y dejar a la chica descansar plácidamente, una mujer podía haberme catalogado como manspreader.