El trabajito de Cristina (II)

12 12UTC abril 12UTC 2018

Muchas cosas nuevas han pasado desde el artículo anterior.

Lo que pasó después de destaparse el tema es aún más entretenido que lo que pasó antes, y da para un episodio de tu serie favorita, sea The good wife, House of cards, o incluso Juego de tronos (en este caso solo fallaría el atrezzo; lo demás, igual).

No me resisto a hacer mi reconstrucción; considérese ficción. A mi serie la llamaré Christal Clear. Un juego de palabras barato y difícil a la vez (o sea, totalmente inefectivo).

Letras de presentación, como en La guerra de las galaxias, explicando cómo El 21 de marzo de 2018 ElDiario.es publica la primera exclusiva explicando que un personaje central de la trama, Christine Rubia, ha obtenido un máster como ya sabemos. Fundido. El rector y sus adláteres, que son el catedrático de derecho constitucional y el profe asustado de pelo blanco, dan una rueda de prensa ese mediodía. En ella dicen toda clase de sandeces, excusas y mentiras patéticas y odiosas, como cuando este sujeto tiene el cuajo de decir que en un programa de gestión académica deja sin guardar calificaciones por cumplirse un tiempo de espera (qué entendido es, por dios), y hace referencia esa y al menos otras dos veces más a “errores informáticos” (por ejemplo aquí, pero no es muy de fiar porque al mismo tiempo dice que no sabía quién era Rubia). Los actores que recrearan la rueda de prensa tendrían un reto digno de Emmy, porque tendrían que hacer a su vez de alguien que actúa, pero rematadamente mal. Con caras de “a ver si cuela”, “voy a ir a la puta cárcel”, “mi carrera ha terminado”, mientras intentan explicar cosas como si fueran listos, a ver si los periodistas abren las fauces y sueltan su pierna. Tienen que conseguir que se oigan a la vez las dos cosas, sus patrañas de puertas afuera y su diálogo interior.

Durante la escena de la rueda de prensa, yo intercalaría flashbacks; por ejemplo, fragmentos de la reunión previa. No tendría desperdicio; una mezcla de conspiradores y lameculos, nerviosos y asustados (no se sabe si con más miedo a la prensa, a la policía o a la propia Rubia) que urden una chapuza monumental. Otro flashback: cuando el profe asustado o el catedrático dicen que no conocían a la alumna, o que se la trató como a los demás, pondría algún trozo de conversaciones suyas: “tranquila, Rubia, esto déjalo en mis manos que dentro de unos meses tienes el máster”. “Por supuesto, señora Rubia, lo de la asignatura delo por arreglado”.

La misma tarde, la universidad (no se ve quién) le facilita a Rubia una triste coartada, que es un papel falso (y que ella obviamente sabe que es falso, y cuando veas la famosa escena donde se pavonea con el papel, ahora puedes verlo sabiendo la verdad y entender cómo es el trabajo y la vida de esta persona). El señor catedrático le dijo a una de sus subordinadas (él más tarde las llamará “discípulas”) que falsificara un acta de lectura. Esta, previa llamada (o no) a otras dos pringadas (discípulas) a las que el señor catedrático tiene agarradas por el cuello, lo hace, y esa acta la enseña Rubia. Acta que, de ser auténtica, reflejaría un tribunal no válido, pero es lo de menos; el reloj corre en su contra, no hay tiempo para virtuosismos.

Las profesoras, por cierto, se sienten muy mal desde ese momento. La falsificadora está acostumbrada, ya lo ha hecho muchas veces en los últimos años, y tendrá que seguir haciendo cosas así hasta que el catedrático decida darle su plaza. Más o menos como esos proxenetas de la trata de blancas, que tienen a las mujeres esclavizadas pagando una supuesta deuda, hasta que acaban con ellas. Pero esa noche no pegan ojo. Son profesoras de derecho. Saben que están metidas en una mierda muy grande. Diálogos con la familia, “qué te pasa, cari, te veo mala cara”, “nada”, “joder, siempre me haces adivinarlo, dime qué hice mal”, “que nada, que te vayas a la mierda, que me dejes tranquila”, y se encierra en el baño y se echa a llorar.

Antes de seguir, has de saber que el acta de lectura de un TFM se rellena in situ al terminar la lectura (una escena muy típica es preguntarle al alumno el DNI para rellenarlo) y el profesor que hace de secretario lo lleva, pasito a pasito, a Secretaría. Lo deja allí, y no lo ve más. Es un papel que los profesores normalmente solo ven y tocan en ese momento.

El rector no sé exactamente qué hizo. Es verosímil que le dijera al señor catedrático que falsificara el acta, porque el señor rector magnífico, en condiciones normales, por lo que he dicho antes pediría el acta directamente a la Secretaría (y si Secretaría no la encuentra es que no existe); el señor catedrático no tendría nada que rascar ahí, así que no tendría oportunidad de falsificarla aunque quisiera. ¿Puede ser que el rector le dijera al catedrático “Pide el acta en Secretaría y mándasela a Rubia”, y el pérfido catedrático aprovechara para meter el cambiazo? Puede ser. Me parece más novelesco y más probable lo primero.

El caso es que esa misma tarde, el rector magnífico dice que va a abrir una investigación. La escena, con voz en off, puede ser “catedrático, me has hecho caso y has falsificado el acta, ya te tengo agarrado por los cataplines, ahora yo lanzo la investigación públicamente porque ya tengo cabeza de turco y voy a ser el bueno al que han engañado”. O puede ser “he confiado en este cabronazo, pero este papel que me da es más falso que un duro de madera, así que voy a abrir una investigación porque ahora sí sé que aquí hay gato encerrado”. Si es lo primero, el rector magnífico es pérfido. Si es lo segundo, el rector magnífico es bastante tonto (cualquiera que vea la rueda de prensa de esa mañana ve que a su derecha y a su izquierda están mintiendo como bellacos). Yo no creo que se llegue a rector magnífico de una universidad como esa siendo tonto; el requisito es ser pérfido. Así que yo me quedo con esa opción, pero depende de si quieres tener un personaje bueno u otro malo más.

Bueno, pues el rector anuncia su investigación. Acaba de llamar a una inspectora de servicios de la Universidad, que a pesar de ser por la tarde y estar en una feria con sus niños, coge el teléfono y asume el difícil encargo. Yo veo ahí a Frances McDormand totalmente.

A todo esto, el periódico sigue sacando cositas, una cada día. Ahí también hay personajes y diálogos interesantes. Rollo Watergate. Robert Redford como director del periódico, no me digas que no.

La inspectora designada por el rector llama a las profesoras. De las tres, solo va una. Las otras dos están de baja, a pesar de que un periodista ha interceptado a una de ellas ante las cámaras y parecía gozar de buena salud. Siguen siendo profesoras en precario; pero la que va es funcionaria desde hace un par de meses. No es que el catedrático no tenga poder sobre ella, pero no tiene tanto.

Ese ha sido su error: haber soltado a su víctima. La profesora se arma de valor, y en una escena digna de Algunos hombres buenos, le dice a la investigadora que ella no ha firmado, ni visto, ni estado, ni sabe nada de la Rubia y que a ella no la utiliza ni la madre que la parió.

Una de las tres ha cantado. Se cumple el peor pronóstico para los malos.

Y como esa ha cantado, el castillo de naipes se cae.

El rector anuncia una rueda de prensa para el día siguiente a la una y media. El catedrático sabe que el rector va a cortar su cabeza en la plaza pública, así que tiene que hablar primero, y a las diez de la mañana dice en la radio que actuó por orden del rector. Dice que hizo una reconstrucción, no una falsificación, porque hay un original. A la vez dice que el original ni lo tiene, ni lo ha visto. Aquí va un flashback de este catedrático dando un curso especializado sobre el delito de falsedad documental y explicando que la pena va de tres a seis años de prisión. Sí, es un poco forzado, es inverosímil… pero en algún momento hay que ser novelesco.

El rector se cabrea, porque ve que el catedrático se defiende. En su rueda de prensa dice que el otro miente y anuncia acciones legales.

El catedrático ya no sabe para dónde correr, y de tarde dice que el documento no era una reconstrucción del acta, que era un documento interno para el rector. Para qué cojones querría el rector ese papel (¿para saber cómo son las actas?) es un misterio. Para ser catedrático de derecho constitucional, se inventa unas coartadas de mierda. Pero está presionado y no puede pensar.

La serie se puede ir alargando viendo cómo caen los naipes. Cómo se va destapando la trama de falsificaciones.

Y ¿qué decir de Christine Rubia? Pocos días después hay una convención de su partido. ¿Qué hacemos con esa parte? ¿Entra la policía a detenerla en medio de los aplausos, como cuando Mark Wahlberg consiguió que trincaran al alcalde Russel Crowe delante de todo el mundo en La trama?

¿Te pareció inverosímil aquella escena? ¿Quitamos lo de la detención espectacular?

Bueno, podemos inspirarnos en la convención del PP del otro día. Pero me temo que eso sí que ya no sería verosímil en ninguna ficción.

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El trabajito de Cristina

22 22UTC marzo 22UTC 2018

Dicen que a Cristina Cifuentes le regalaron el título de máster. Hizo el máster (es un decir) en 2012, y le pusieron “no presentado” en una asignatura y en el TFM (medio máster, prácticamente, en créditos). Y en 2014 de repente pasó a tener notable en las dos cosas, y solicitó el título, pero sin pagar matrícula ni nada. Los notables se los puso una funcionaria que no es de ese centro, ni siquiera del mismo campus.

Lo que dicen en la Universidad es que fue un error al poner los “no presentados”, y que lo solucionaron después. Y que el TFM no lo encuentran, y Cristina tampoco (de eso no te preocupes, ya aparecerá alguno).

Yo no trabajo en la Rey Juan Carlos (ni, visto lo visto, creo que me dejaran, sin carné), y no sé lo que pasó. Lo que conozco es mi experiencia, que puede ser aplicable a este caso o no. Pero algo de experiencia sí que tengo. Y esa experiencia parece bastante aplicable a otras universidades. No sé si la Rey Juan Carlos es tan, tan, tan especial (se diría que es “bastante” especial).

Y los ingredientes de mi experiencia son estos.

  • Si lees el TFM, lo normal es que solicites el título bien pronto. No dos años después.
  • Si presentas el TFM, según la normativa tienes que demostrar previamente que ya aprobaste todas las demás asignaturas. Así que no puede ser que presentes realmente el TFM sin que haya salido a la luz  primero el presunto error de que te quedó una asignatura sin aprobar.
  • El cambio de nota que realizó una funcionaria, y que supuestamente fue legal y correcto… Para cambiar la nota de un acta, el profesor tiene que firmar un papel pidiéndolo. Ese papel tiene que estar y ser bien fácil de encontrar y enseñar.
  • Eso de que el TFM no aparece… De toda la vida, los TFM (o Proyectos Fin de Carrera, como se llamaban antes) han ido a una biblioteca al efecto, que cualquiera puede consultar.
  • Eso de que no lo pueden enseñar por protección de datos… Los TFM se presentan y defienden en sesión abierta al público.
  • Eso de que no se acuerdan exactamente de quién lo dirigió… Hay una fecha de lectura, un tribunal y un director muy claros. Tiene que haber registro de todo, muy fácil de encontrar.
  • Es bastante curioso que haya dos errores, en una asignatura y en un TFM, y que por puro azar saques la misma nota en las dos cosas: 7,5.
  • Que una persona presente el TFM justo al acabar la carrera es muy, muy notable, porque no da tiempo. Yo lo hice (dos veces) y es completamente excepcional, lo hice por circunstancias muy particulares y esos dos veranos no existieron, para mí. No sé cómo lo habría compaginado con una campaña electoral.

Por mi experiencia, lo que se está diciendo es una mentira de tal calibre, de tal grado de descaro, que… bueno, es lo normal y cotidiano en este país desde hace unos años.

Pero no solo eso. Es DELITO. Ese cambio de notas es un delito, por lo que sé.

El relato de la defensa viene a ser:

  • Se cometió un error de transcripción de la nota de una asignatura.
  • Ese error pasó desapercibido cuando esta persona fue a presentar su TFM, pese a incumplirse un requisito fundamental y obvio para cualquiera que quiera leer el TFM.
  • Defendió con éxito el TFM, pero… ¡volvieron a cometer un error al transcribir la nota del TFM! (Un error bastante inusual por sí mismo; el TFM no es una asignatura cualquiera.)
  • Esta persona, curiosamente, no fue a por su título hasta dos años después.
  • En ese momento, una funcionaria que no parece tener nada que ver con ese centro cambia las notas.
  • Curiosamente, las dos eran un 7,5.
  • No queda registro de que los profesores respectivos admitieran el error en el acta y solicitaran el cambio de notas; ese documento al parecer se ha perdido. Los dos documentos, perdón.
  • Otra coincidencia: la autora no tiene el TFM. Por mudanzas, dice.
  • Otra coincidencia más: la Universidad tampoco tiene el TFM, ni en electrónico ni en papel. (Creo que no se han mudado.)

Cada uno de los puntos anteriores es, aisladamente, muy inusual. Todos juntos… es prácticamente imposible. La otra explicación, mientras tanto, es la obvia, sencilla, verosímil.

Y ante todo esto, Cifuentes aporta el boletín de notas, que viene a ser como si te acusan con pruebas de cobrar en B y para desmentirlo enseñas… tu declaración de IRPF. Que por definición NO tiene lo que cobres en B, y es precisamente de lo que se te acusa, de no declararlo.

Bueno, pues es lo que hay.

Los padres de los muertos y la cadena perpetua

21 21UTC marzo 21UTC 2018

El bien y el mal, la culpa, el código penal, la rehabilitación de un delincuente… son cuestiones muy, muy complejas. No puede haber soluciones obvias. Yo no las tengo.

Pero hay cosas que no aportan nada, que no son la solución, y no creo que merezca la pena discutirlas. Si no son obvias, es que ni el propio concepto de justicia, ni de juicio, ni de prisión tienen sentido.

Es obvio que si un tipo mata a una hija mía, yo abogaré (muy probablemente) por colgarlo de un poste. O que intentaré colgarlo yo mismo. Eso no tiene mucho misterio. Fíjate si comprendo a quien piensa así, que te estoy diciendo que yo soy uno de ellos, me parece. No tengo la talla personal de la madre de Gabriel. Muy pocos de los que se creen simpatizantes suyos la tienen.

Como es tan obvio que raya la idiotez discutirlo, aceptaréis también que desde que la justicia es justicia no se ha permitido impartirla directamente al agraviado; no en delitos leves, y no digamos en delitos graves. Lo contrario, que el agraviado decida lo que se hace con el que agravia, no es ninguna modernidad, ninguna novedad, ninguna aportación brillante: se llama venganza, se llama linchamiento, y llevamos milenios intentando contenernos para no hacerlo, por una serie de razones que no voy a repetir.

A la vista de todo lo anterior, es completamente absurdo, y me duele decirlo así, que como comité de sabios para decidir sobre leyes penales traigamos nada menos que a los padres de niños secuestrados, violados y asesinados. Es tan estúpido, tan corto y tan simple que me enferma. Es una atrocidad y un escándalo.

Pero es peor que eso; es peor aún que la estupidez. Los que lo han hecho saben todo lo anterior. Lo han hecho por determinados cálculos; lo han hecho de mala fe. Lo han hecho por demagogia. Han usado a esa pobre gente de la manera más ruin, más miserable. Como han hecho siempre con las víctimas, por otra parte. Sí, esas víctimas que luego se enfadaban y se sentían decepcionadas, pero sobre todo sorprendidas, cuando los mismos que les daban alas y usaban su dolor y sostenían sus pancartas soltaban más tarde a presos de ETA a montones o los trasladaban a una cárcel que les gustara más.

La cadena perpetua es un asunto complejo. No tengo la solución, más allá de unas opiniones, acertadas o no. Pero hay cosas de las que sí estoy seguro; la solución no pasa de ninguna manera por traer al congreso a los padres de las víctimas el día que se debate sobre el asunto.

Y es tan obvio, tan evidente, como que yo sería el primero en estar allí en la tribuna pidiendo la horca para los asesinos si fuera uno de esos padres (y de hecho ya se me apetece aun sin serlo).

Y si has leído esta mediocridad mía, no te pierdas a un tipo que sabe escribir y habla de esto y de otras cosas: Manuel Jabois, en Feo, ordinario y vulgar.

 

Los culpables (II)

13 13UTC marzo 13UTC 2018

Actualización del anterior. Mira lo que cuenta Quico Alsedo, para ahondar en cómo tenemos que odiar a la culpable, y en lo muy, muy culpable que es (que lo es, no cabe duda). Cualquiera diría que me ha leído:

[…] lo que creen no muy alejado de una personalidad psicopática, con los ingredientes habituales de falta de empatía, egoísmo extremo e insensibilidad ante el dolor ajeno.

[…] todo lo cual [rapto, asesinato, manipulación del cadáver, disimulo] exige apreciable fortaleza mental y nulos inhibidores frente al dolor ajeno.

Ya sé que no todo el mundo funciona igual, y los mismos ingredientes no producen siempre el mismo resultado en las personas. Pero estoy convencido de que cierto tipo de experiencias pueden llevarte ahí. A egoísmo extremo, insensibilidad frente al dolor ajeno y falta de empatía.

Lo que no sé si tengo muy claro es esto:

Dado que los rasgos habituales de estas personas [psicópatas] se manifiestan en la adolescencia, y que Quezada llegó a España con 20 años, no se descartaría incluso que hubiera dejado su marca también en su país de origen […]

Aparte de la bazofia de información a la que me refería anteriormente (la edad de una persona es un número, y sale de hacer una resta; no puedo creer que sea tan difícil concretar un puto número, y que a estas alturas no sepamos si llegó a España con 16, 17 ó 20) en ese párrafo hay alguna otra cosa discutible. Eso de que la psicopatía se revela en la adolescencia. No sé yo si la psicopatía dependerá, a veces y en parte, de lo que te pase en la adolescencia. Pero ahora nos dicen que esta es un bicho y que ya nació mala y que allí fijo que mató a alguien.

Bueno, es un ejemplo de lo que torpemente quise explicar en mi parrafada anterior.

 

Los culpables

13 13UTC marzo 13UTC 2018

Lo que más me aterra de mis semejantes es que, al mismo tiempo que pienso que son, por lo general, buena gente, sé qué puede llegar a pasar si se dan las circunstancias. España, este país tan civilizado, tiene decenas de miles de muertos en las cunetas, y a fecha de hoy no se pueden sacar de ahí por si molestas a algunos.

Muchas veces me sorprendo imaginando qué pasaría si a este, o a aquel, le dieran un cargo. Un uniforme. Una porra. Una responsabilidad mínimamente impune. Y me tiemblan las piernas. El mismo mecanismo de disculpa, de disociación, que te permite fumar cuando sabes positivamente que estás jodiendo al vecino se puede ejercitar, ampliar y usar para cualquier fin. Todos nacemos con él, y lo usamos más o menos según las circunstancias. Ojalá las circunstancias no nos pongan a prueba.

Por eso, porque sé que la crueldad no está tan lejos, intento entender a esa gente tan difícil de entender. Y a veces no me cuesta tanto. Nosotros, los “normales”, nos esmeramos en repartir culpas. Y a mí ese aspecto me importa poco. Hay hechos que son tan irreparables que ningún castigo, ninguna culpa, los repara. Da igual cuánto nos enfademos, y pasa lo mismo con los crímenes terroristas, y lo mismo con los asesinatos estúpidos. Y tampoco sé si sirve en la práctica entender lo qur pasa, pero tengo la manía de intentarlo

Pienso mucho en los niños que sufren abusos. Y a la vez pienso cómo será ser pederasta, sentir una atracción irrresistible por mucho que sepas que está mal, hasta el punto de que seas capaz de obviar el sufrimiento que causas y el monstruo que eres.

De Ana Julia Quezada dicen que era extrañamente fría, poco afectiva… Es la culpable, y con eso ya tenemos para entretenernos. Para llenar días de programación televisiva.

Entre toda la bazofia de información contradictoria y deficiente que está lloviendo, parece deducirse que esta mujer llegó a España con unos 16 ó 17 años. Desde las chabolas. Que ya tenía una hija. Que llegó aquí para trabajar en un prostíbulo, incitada por su tía. No sé qué infancia fue la suya. Y que aquí anduvo de matrimonio en matrimonio, sacando dinero a uno y a otro. El perfil no es original, pero me temo que casi ninguno de nosotros es capaz de ponerse realmente en ese lugar, de asumir esas experiencias y esa trayectoria que se resume tan fácilmente pero se vive tan largo.

¿Así que es fría, interesada, poco empática? ¿Como si lo único que le importara fuera su supervivencia y se hubiera endurecido como una piedra? Qué sorpresa, ¿verdad?

Pero culpable es, claro. Eso no hay quien lo discuta.

A new era of innovation

27 27UTC febrero 27UTC 2018

Ayer me salió este anuncio en una página.

[Edito: como no se lee muy bien, ahí pone “The Guide to COBOL. An introduction to COBOL for the Java or .NET Developer. Start a New Era of Innovation. microfocus.com“.]

Yo sé que el COBOL no ha muerto ni mucho menos. Recuerdo perfectamente estar estudiando los apuntes de un profesor que ahora es alcalde, hace nada menos que 28 años, y ya entonces decíamos que aquello era una antigualla, que por qué seguíamos estudiándolo, que era historia. Casi treinta años después, no es exactamente historia todavía.

Pero, hombre, “una nueva era de innovación” quizás sea pasarse un poco. Se puede vender el COBOL con muchos y muy buenos argumentos, pero ese me ha llamado la atención…

Las letras de Marta Sánchez

19 19UTC febrero 19UTC 2018

Hace tiempo fui a un taller sobre escritura de letras para canciones. El profesor era Pablo Moro. Una de las cosas que más me interesaban, y pregunté, era si había realmente alguna forma, gustos aparte, de identificar una letra mala. Es decir, hay arte que nos gusta y arte que no, pero en el arte hay una parte de oficio, y un oficio se puede hacer bien o mal. Hay cosas que objetivamente están hechas como el culo. Aunque funcionen comercialmente, aunque emocionen a gente, aunque esa gente sea mucha. ¿No se puede señalar, fría y profesionalmente, por qué están mal? Bueno, no pude llegar a ninguna conclusión.

Pero yo tengo mis ideas.

Estos días se habla mucho de que Marta Sánchez ha escrito una letra para el himno de España. Obviamente, el día que cantó eso recibió un montón de aplausos, la emoción se palpaba, en fin. Y le han salido montones de entusiastas apoyos. Como cuando fue a cantarles a los soldados. Hay cosas que funcionan siempre. Supongo que lo sabe. O que es así de verdad, más bien.

Se ha montado el gran pitote, como siempre, entre los que quieren sacar pecho del azar de haber nacido en España y darles con la bandera en el hocico a los que se lo tomen con más calma que ellos, y por otro lado los que… bueno, los que funcionan a la contra. Qué más da. Los políticos han hecho su parte (su oficio, ya que hablamos de oficio) que no voy a calificar. Carlos Herrera también ha hecho su parte habitual y tampoco voy a calificarla/o.  También hay debate, en general, respecto a si el himno debe tener letra o no. Un montón de debates, en resumen.

Pero a casi todo el mundo se le está yendo lo esencial.

Lo esencial no es si Marta es valiente o no (lo es; lleva siendo valiente desde el primer día que se subió a un escenario a cantar). Tampoco quiero entrar en si Marta hace bien o no sintiéndose tan, tan, tan española. Ni si puede o no cantar lo que le plazca o sienta, que puede, claro. Ni si tiene sentido que la letra del himno sea una letra de emigrante, por así decir. Se han dicho muchísimas burradas, desde siempre, respecto al himno nacional (una reciente: este tipo, que afea la sordera de los demás y se presenta como un poco más leído y escuchado, dice que el himno sin letra que elegiría él sería… Entre dos aguas, y si tiene que ser con letra, Volando voy. Sin comentarios). No voy a nada del contexto, que da para mil debates en vano.

Lo primero es si la letra es buena o mala.

Y es mala. Mala con ganas. Mala con vocación. Por lo visto, Marta estuvo trabajando en esto mucho tiempo, y en una frase la ayudó su productor. Para este resultado:

“Vuelvo a casa, a mi amada tierra,
la que vio nacer mi corazón aquí.

Hoy te canto para decirte cuánto orgullo hay en mí,
por eso resistí.

Crece mi amor cada vez que me voy,
pero no olvides que sin ti no se vivir.

Rojo, amarillo, colores que brillan en mi corazón
y no pido perdón.

Grande España, a Dios le doy las gracias por nacer aquí,
honrarte hasta el fin.

Como tu hija llevaré ese honor,
llenar cada rincón con tus rayos de sol.

Y si algún día no puedo volver,
guárdame un sitio para descansar al fin.”

Y volvemos a aquella duda que le planteé a Pablo Moro un día. Y volvemos a temas que ya he tratado aquí; se diría que los que quieren mejorar las letras de los himnos nacionales son precisamente los más inútiles.

No es de recibo una letra que, a martillazos, deshace diptongos (“a/mi/a/ma/da”), cambia los acentos (“lleváre”) y de paso pone un diptongo que no había (“…lle/vá/re-e/se…”).

No es de recibo que rime, pero no rime, pero vuelva a rimar, al tuntún, a veces sí y a veces no, de cerca y a distancia.

No son de recibo esos dos versos que riman (es un decir) con la palabra “fin” repetida.

No es de recibo esa pila de lugares comunes puestos para rellenar. ¿”Cuánto orgullo hay en mí, por eso resistí”? ¿Que qué? ¿”No olvides que sin ti no sé vivir?” ¿”…corazón / y no pido perdón”?

Es la letra hecha como ejercicio por alguien que no tiene ni idea, que empieza en esto de escribir y de momento no da más de sí. Es un ejercicio prometedor para un debutante, y algo sonrojante para alguien que se precia de ser compositor (sin perjuicio de que haya muchas cosas sonrojantes generando millones de euros en derechos de autor, que de eso no digo nada).

En fin, es muy, muy, muy Marta Sánchez. “Soy yo / la que sigo aquí / soy yo / te lo digo a ti”. No me parece mal que ella lo cante, con ese estilo tan… vociferante, excesivo. Hortera, vamos a decirlo con claridad. Conecta con cierta gente. Con  mucha, al parecer. Bien. Ella es así, y sus fans también.

Pero cuando alaban su obra y hablan de convertirla en el himno oficial, no pueden estar hablando en serio.

O sí. Una cosa tiene buena: ese himno nos representaría como país.

 

Los libros de 2017

20 20UTC enero 20UTC 2018

Voy a cumplir con la tradición de anotar los libros que leí en 2017. Casi se me olvida.

Y casi se me olvida porque prácticamente no terminé ningún libro en 2017. Solo estos:

Las corrientes del espacio Isaac Asimov
En la arena estelar Isaac Asimov

Leí un montón. Pero leí un montón de artículos, de cosas cortas. Apenas libros (empecé dos pero aún no los terminé). Qué triste.

Hay que volver a los libros, chavales.

El milagro del CO2

18 18UTC enero 18UTC 2018

Leo en El País un titular de lo más atrayente.

Vivir del aire: cómo convertir el CO2 en comida y combustible

Si abres el enlace, el título que pone el artículo es otro, en realidad, pero igual de bonito:

El científico que convierte la contaminación en comida

¿Cómo se puede hacer ese milagro? ¿Convertir el CO2 en comida y combustible? ¿Te imaginas, poder quitar gases de invernadero de la atmósfera, y encima sacar beneficios de ello?

En realidad, no tiene mucho misterio. El CO2 es carbono ya oxidado, “quemado”. Ha generado energía y por eso no es muy aprovechable. Para “desquemarlo” basta con suministrarle energía. Solar, por ejemplo. No es milagroso.

De hecho, ya está inventado. ¿Qué máquina es capaz de convertir CO2 en comida y combustible, mediante energía solar? Yo tengo varias de esas en casa.

Se llama PLANTA (de las de “agricultura”). El autor del artículo o bien no tiene claro esto o bien lo sabe pero tiene que buscar un titular atrayente.

No, no es lo segundo. Es ignorancia sin más. Porque dice el autor:

Lo normal es que estos carbohidratos y proteínas [los que comemos] provengan de cereales o legumbres, excepto las proteínas de origen animal que son obtenidas de carnes, pescados, huevos o productos lácteos. Lo extraordinario es que alguien afirme que puede fabricarlos con uno de los gases de efecto invernadero que más están contaminando en la actualidad el medio ambiente: el CO2 o dióxido de carbono.

No es consciente, al parecer, de que los carbohidratos y proteínas que comemos provienen, de hecho y en una enorme proporción, del CO2, y no tiene nada de extraordinario que alguien diga que puede fabricarlos así. Basta con que plante cereales o legumbres, y si quiere proteínas animales críe ahí unas vacas o unas gallinas.

Otra cosa es que lo que hace el investigador (un cultivo con microorganismos) sea más eficiente, en términos de superficie o de lo que sea, que una explotación agrícola.

Pero nuestro amigo periodista se ha asombrado de que alguien pueda sacar algo del CO2.

Eso solo lleva pasando desde que las plantas hacen la “fase oscura” de la fotosíntesis.

Eureka.

Mercado de valores

15 15UTC enero 15UTC 2018

Toda la vida hemos visto la bolsa (y me refiero al sitio físico) como un caos inexplicable donde un montón de fanáticos al borde del infarto se dan gritos para comprar y vender humo. Los que están dando gritos ganan dinero, sí, pero en realidad los ricos (sus jefes) no están allí pringando. Algo como esto:

Viene a ser una especie de lonja pero a lo bruto y de traje. Aquí se ven imágenes de la bolsa de Madrid en 1977, con sus puros y sus pipas y todo:

Desde hace ya bastantes años, esa imagen de tipos trajeados que en vez de gentlemen parecen locos peligrosos y dejan aquello como si hubiese pasado una estampida ha ido desapareciendo. Para eso están los ordenadores. Hoy en día la bolsa en la mayoría de los casos es una sala vacía con unas pantallas. Sirve para poco más que de fondo en las noticias sobre economía, porque allí no hay nadie:

La imagen de “jauría de perros” que había antes era intranquilizadora. Pero yo creo que la de ahora es mucho peor. Los capos ya no tienen ni que mojarse. Ahora tienen máquinas. Manejan lo que quieren, tiran nuestra economía si les apetece, se hacen sus crisis a medida (de ellos), y no tienen que dar la cara, pero ni siquiera necesitan lacayos que la den por ellos. Todo ocurre fuera de nuestra vista; ni siquiera hay escenificación, ni siquiera hay teatro. No hay siquiera un simulacro de rendición de cuentas. Y las personas que chillaban ahí no tenían sentimientos, pero las máquinas tienen menos aún.

Eso es hoy en día el mercado de valores, en una de las acepciones de la palabra “valores”. Pero hay en marcha una ocurrencia que puede ser el germen de una interesante idea: la investidura telemática de Puigdemont. Mira lo que dice, con su hiperactuación y su hiperventilación, Andrea Levy:

Andrea, echa el freno.

Resulta muy chocante que hable así la acólita del presidente del plasma, de la delegación, del que no acudía al control del Parlamento porque estaba gobernando en funciones. Dale una pensada, por favor.

¿Por qué no seguir el ejemplo de los santísimos mercados, que son la quintaesencia de todo en lo que creéis?

Go digital, Andrea. Puigdemont es un visionario. El voto telemático para diputadas embarazadas está bien, pero no hay que quedarse ahí. Una investidura por videoconferencia sería un hito. Ya puestos, podríamos hacerlo todo virtual. Y así el hemiciclo sería como el patio de la bolsa: un sitio bonito, con molduras, pero vacío de gente. Los trámites serían todos fuera de la vista de los ciudadanos. Así todo podría progresar, como en la bolsa, mucho más rápido, a la velocidad de la luz y sin pérdidas de tiempo como comparecencias o explicaciones. Y consagraríamos la homologación del parlamento como mercado de valores (en otra acepción de la palabra “valores”).