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Reflexiones coronavíricas (II)

20 20+00:00 marzo 20+00:00 2020

Enemigo

Pues sí; tenemos enfrente un enemigo invisible que mata, y la gente no se conciencia. No se protege, pero además no le entra en la cabeza que las medidas no son solo para protegerse a uno mismo, sino también a los demás; y que si te crees con derecho a asumir riesgos estúpidos, no lo tienes a obligar a otros a asumirlos. Y no somos conscientes de que ese enemigo va a matar este año a más de 50.000 personas. Solo en España. Y no solo este año; también el siguiente, y el siguiente. Todos los años.

Se llama «tabaco».

Natalidad

No he oído hablar del baby boom que se va a producir hacia diciembre de 2020. Mucha gente encerrada en casa todo el día, sin nada que hacer. No sé, pero si dicen que hubo un repunte de la natalidad por un apagón en Nueva York, esto tiene que ser una explosión. También es verdad que no estamos en 1965. Veremos.

Política

Csd se relame. Si tienes un décimo de lotería pásaselo por la chepa, porque no hay nadie con más suerte. Llegó a presidir su partido de rebote, como tantos otros (alcaldes, directores de departamento…) porque los verdaderos contendientes prefirieron un tercero que su enemigo acérrimo. Le encontraron un muerto en el armario descomunal (que te regalen la carrera y después un máster), y se fue de rositas y consiguió que lo que quedara en la memoria colectiva no fueran sus fraudes, impunes, sino los títulos (aparentemente legítimos y normales) de otro (el presidente con mayor cualificación académica hasta ahora, y los españoles se ríen de él por su cualificación académica).

Y ahora llega el virus, que no solo trae lo de ahora sino, peor aún, lo de después: la recesión, el paro. Lo tiene chupado. Solo tiene que hacer de poli bueno una temporada mientras estamos sensibles, enseñando la barbita, y luego, en su momento, sacar la crispación para ajustar cuentas y enseñar todo lo que se está guardando ahora, más lo que venga. En ese anzuelo picamos seguro.

Reflexiones coronavíricas

17 17+00:00 marzo 17+00:00 2020

Pues al final sí que estamos en cuarentena. Y todo esto me hace pensar en varias cosas.

Primera: que si a alguien se le hace terrible todo esto que pasa, me pregunto qué sería de nosotros si llega a pasar hace no tantos años; sin internet, con pocas cadenas de televisión, sin apenas teléfonos. Costaría muchísimo más comunicarse y recibir información. Si uno quisiera leerse el BOE con el decreto del estado de alarma, no podría. Toda forma de teletrabajo sería absolutamente impensable. No habría compras a distancia ni servicios a domicilio. Toda la gestión en los hospitales sería mucho más lenta, mucho menos ágil. Las autoridades tampoco tendrían la información que tienen; manejarían las cifras de epidemia a base de fichas de cartón o llamadas telefónicas, sin mapas automáticos ni hojas de cálculo.

Hay que pasar unos días en casa, sí. ¿Me vais a decir que teniendo una cantidad inabarcable de películas, música, libros, comunicaciones, videollamadas… es tan terrible?

Segunda: el problema es, obviamente, el efecto que esto puede tener en los negocios y en los asalariados. Pero deberíamos ser capaces de parar una temporada, porque si lo piensas, la mayoría de las cosas se pueden aplazar. Si nuestro sistema no es capaz de hacerlo, habría que plantearse por qué creemos que es bueno.

Tercera: está muy bonito eso de aplaudir en las ventanas a los médicos. Ahora solo falta que esa señora que hoy aplaude se lo aplique cuando va al médico y dice en voz alta, para que todo el mundo lo oiga, que tardan mucho en atenderla, que qué vergüenza, que están todos al café, que vaya panda de vagos y que le da tiempo a una a morirse.

Cuarta: también está lleno de listos que dicen que tenían que habernos encerrado antes. Ya no se acuerdan de que el 6 de marzo todo esto era sencillamente impensable, y que si se hubiera declarado entonces el estado de alarma todo el mundo se habría echado las manos a la cabeza por el alarmismo, por el autoritarismo, por cargarse la economía, por…

Quinta: volviendo a los aplausos, me pregunto por qué todos los hooligans idiotas de España, que son tantos, no acuden ahora a Cristiano Ronaldo o a Messi o a Isabel Pantoja para que les saque las castañas del fuego. Ahora sí, ahora los médicos y los científicos son héroes, ahora ser enfermero es precioso, ahora los servicios públicos importan. El resto del tiempo son poco menos que mierda.

Pues espero que os acordéis de esto, panda de compatriotas imbéciles, cuando volváis a soltar eso de «Messi somos todos». Messi, Ronaldo y tantos otros, que son delincuentes declarados que han estado robando, para poder ir en un avión más grande, los sueldos de esas enfermeras a las que aplaudís. Cuando esto pase, volveréis a subir al pedestal a los ladrones y a limpiaros los pies en las enfermeras. Y no quiero sacar el tema de su majestad el rey… y no me refiero solo al padre. Somos una turba de tontos, y nos merecemos lo que nos hacen.

Sexta: estos medios de comunicación tienen muchas ventajas, pero la desventaja de que cualquier idiota puede difundir sus idioteces. La gente no deja de enviar por whatsapp supuestas informaciones. Los engañan como a bobos, y lo difunden. Si un mensaje pone «difúndelo», van y obedecen. La intención es buena, pero de buenas intenciones está empedrado el infierno. Esta crisis saca cosas buenas de mucha gente, sí. Pero me ha hecho ver qué fácil es que cada cual vaya a lo suyo (no hay más que ver cómo se han comportado en los supermercados; alucinante) y cuánta ignorancia ejecutiva hay. ¿Os extraña lo que pasó en la guerra civil, os parece impensable lo que ocurrió en el Holocausto? A mí nunca me lo ha parecido, y tristemente no veo más que confirmaciones. Hace falta poco para volvernos gilipollas, o más bien para que aflore lo gilipollas que, en conjunto, somos.

Siento el pesimismo. En el fondo soy optimista y espero que lo que pasa cambie cosas para bien.

Hala, vuelvo al (tele) trabajo. Es que ahora no puedo salir al café, y tenía que parar de alguna manera.

 

El sentido de la vida

1 01+00:00 marzo 01+00:00 2020

Ya lo conté en algún comentario aquí. Un día, hablando con mi mujer de algo que no venía mucho a cuento, mientras ella estaba distraída haciendo algo, colé medio en broma la pregunta típica, «¿Y cuál es el sentido de la vida? ¿Pa qué estamos aquí?»

Pues no va la tía y con toda naturalidad, sin levantar la vista de lo que estaba haciendo, me dice: «Pueeeees para aprender cosas y para ayudar a los demás.»

Me quedé patidifuso y no se me olvidó nunca. El sentido de la vida, revelado. No se me ocurrió nada que pudiera rebatir.

El otro día, en «Buenismo bien», el diputado Agustín Zamarrón suelta (minuto 21) algo como esto:

La vida ¿qué finalidad tiene? El conocimiento y el amor al prójimo. Lo demás no merece la pena.

Y hace un par de días leo en El País un artículo sobre Bertrand Russell en el que, entre otras frases brillantes, le atribuyen esta:

La buena vida es una vida inspirada por el amor y guiada por el conocimiento.

Pero mi mujer me lo dijo primero.

Ratones

26 26+00:00 febrero 26+00:00 2020

El otro día vi en Verne un artículo sobre una foto de Sam Rowley que ganó el premio del público de los Wildlife Photographer of the Year. Son dos ratones en una estación de metro de Londres, peleándose como boxeadores. La reproduzco aquí porque entiendo que es lícito bajo la licencia con la que se publican las fotos de NHM.

Inciden mucho en cómo consiguió Rowley fotografiar cómo funciona la vida salvaje en entornos urbanos. Y cómo estamos conectados con la naturaleza sin saberlo, y demás.

Pero yo en la foto veo otras cosas antes que eso.

Veo dos animales pequeñitos en un entorno tan absolutamente fuera de su comprensión que asusta. Hay tecnología para haber creado un mundo, inmenso, bajo tierra. Para haber forrado las paredes de cemento, para haber creado luz de la nada, para haber puesto unos aparatos metálicos inmensos que recorren distancias enormes. En el metro de Londres hay tecnología que hace solo un par de siglos habría sido pura brujería para los seres humanos; maravillas que exceden absolutamente lo que un ratón puede siquiera intuir. Están en el medio de algo que les es ajeno y no pueden apenas empezar a percibir. Solo en el pavimento del suelo que pisan con sus patitas hay miles de años de ciencia y técnica condensados.

La foto es muy buena porque refleja precisamente esto. Los ratones están relativamente enfocados. Pero hay un universo desenfocado y lejano, y otros artilugios más cercanos que son nítidos pero siguen estando fuera del mundo de los ratones, casi mirándolos desde arriba.

Y en medio de ese universo, ¿qué hacen los ratones? ¿Levantar la vista? ¿Observar atónitos? ¿Intentar entender mínimamente eso que les rodea?

No; se pelean con sus ridículos puñitos por una migaja.

Dos ratones minúsculos, solitarios, observados por un mundo que les excede en todas las dimensiones posibles, dedican sus energías a pegarse por un trocito de basura.

Si eso no es el ser humano, no sé qué otra cosa puede ser.

Y sí, luego está eso que dicen de ver animalitos viviendo en la ciudad. Pero me parece una lectura muy literal y muy poco interesante frente a la fuerza de esa imagen.

Un añu dempués

17 17+00:00 febrero 17+00:00 2020

Un comandu foi a Venecia.

Ún nun sabe si dalgunes coses tan permitíes o non en Venecia. Ellos diben con una misión. Pensaron si facelo de nueche, si facelo nuna caleya apartáa por si acasu.

Y al final, decidieron que non.

Así que a plenu sol, debaxo’l Puente los Suspiros, mentantu pasaba una góndola, echaron parte de les cenices de mama nel canal. Nel Rio di Palazzo.

Yera una idega absurda, descabelláa. Pue decise que imposible. Pero col tiempu fízose verdá, y güey parte de mama descansa nel Cantábricu y parte, pa siempre, en Venecia. Prestaríame que ella lo viera. Quién sabe. De dalguna manera, sé que importa. Esa hestoria non podía ser meyor, esa imaxen non podía ser meyor.

Sigo col impulsu de llamala por teléfonu a ver si durmió o qué comió o qué temperatura tien en casa.

1998

2019

Porque cree que puede

10 10+00:00 febrero 10+00:00 2020

Aquí un tipo que toca el piano muy bien. Nada extraterrestre, hasta que uno considera que esto es un guaje de 15 años.

¿Cómo puede hacer esto un niño?

Hay varias partes de la respuesta que son conocidas: porque le ha echado horas. Ha pasado mucho tiempo con el piano. Ha pasado mucho tiempo escuchando con atención. Le fascina la música. Pero no es solo eso. Hay una razón importante.

Lo hace ante todo porque cree que puede.

Un niño que se sienta a un piano y busca una nota no se juzga. Está absorbido por intentar que aquello suene. Las notas malas no las oye más que para saber que no son esa, y tiene que buscar otra. Un niño que juega con muñecos -si es que queda alguno- no tiene en cuenta si alguien le ve o no, si la historia está bien montada o no. Es totalmente inocente, y no piensa en el después.

Apuesto a que ese chaval se puso a tocar, y simplemente pensaba en que le salieran canciones. Es lo que se llama «jugar». Y a medida que le iban saliendo, se dio cuenta de que podía jugar a ser esto, y aquello… Que podía llenarlo todo de arpegios y sonar como en el vídeo. Podía jugar a ser pianista. Y si puedes jugar a ser pianista, puedes ser pianista. Y se fue dando cuenta de que le iban saliendo las cosas y de que sí, podía tocar el piano. Si le salía un truco, le encantaba, y si no, probaba otro o repetía ese para que le saliera.

Pero creía que podía ser pianista, porque cuando uno es un niño, las cosas son más simples, y un niño sabe que «tiene» que ser algo, y ¿por qué no pianista? Creyó que podía, y sabía que tenía que ser algo, y que los pianistas son gente que antes no lo fue. No se planteaba mucho más.

Lo sé porque yo también jugué con algún instrumento de pequeño. En aquel momento no teníamos piano en casa (ni prácticamente nada, salvo la típica flauta), pero de visita en casa ajena, recuerdo estar un rato con un teclado y sentía exactamente eso. Bueno, no sentía nada; me limitaba a jugar y en aquel rato me acabaron saliendo varias canciones.

Por supuesto, creer que puedes no basta; eso es una tontería. Luego viene echarle horas, y estudiar, y practicar, y meter tu vida en la música. Pero sí funciona al contrario: si no crees que puedes, si no te limitas a jugar sin darte latigazos, no vas a conseguir nada.

Cuando uno juega, el mundo desaparece. No hay egos ni calificaciones; lo único que hay es el juego. En el momento en que entra en danza el miedo a fallar, o uno se da cuenta de que lo miran, el juego se acabó y ya pasa a ser otra cosa. Mucho menos productiva.

Racismo, animales y cómic

15 15+00:00 enero 15+00:00 2020

Hay muchos cómics que presentan animales antropomorfos. En algunos simplemente los personajes son animales de determinada especie, como en el maravilloso Lackadaisy, de Tracy J. Butler. En esa versión del San Luis de la ley seca, sencillamente, todos son gatos.

En otros casos los animales y los humanos se mezclan con toda naturalidad. En Adiós, Chunky Rice, de Craig Thompson, cuando un humano habla con una tortuga sabe que es una tortuga, pero no le extraña en absoluto que compre un billete de barco o sea poco habladora. Simplemente, es así. En Calvin y Hobbes, de Bill Waterson, Hobbes es un tigre, que a veces es de peluche (a ojos de los adultos) y a veces real (a ojos de su dueño, Calvin). Tanto en un caso como en el otro el uso de animales permite hacer cosas brillantes con la narrativa o con los perfiles de los personajes.

En Maus, de Art Spiegelman, el enfoque es muy distinto, y se afronta de manera brutal y directa el tema del racismo. Los nazis son gatos, los judíos son ratones, los polacos son cerdos. Y el narrador, el propio Spiegelman, aparece a veces con forma humana pero careta de ratón. Las especies animales se usan para subrayar muy claramente las diferencias entre personas, y mueven a la reflexión. Los judíos polacos, por ejemplo, siguen siendo ratones, y no cerdos. Es difícil decir más con menos.

Estoy leyendo otro cómic muy influyente, el Blacksad de Juan Díaz Canales y Juanjo Guarnido. El dibujo es sencillamente espectacular. Y en Blacksad los personajes son también animales antropomorfos, pero el enfoque es distinto; los hay de todas las especies, mezclados sin más. Blacksad es un gato, un jefe de policía puede ser un pastor alemán, un periodista una garduña… hay cabras, búfalos, panteras, reptiles, aves, mamíferos marinos. Por la calle te puedes encontrar cualquier cosa caminando sobre dos patas.

Me resultó llamativo pensar en una sociedad así; cuando te encuentras con alguien, puede ser cualquier tipo de animal. Eso sí, Díaz Canales y Guarnido empaquetan de tal manera el carácter de cada personaje, su papel en la historia, su condición animal y su expresión que después de un par de viñetas se diría que ese individuo en concreto no podía haber sido ningún otro animal. No sé si es porque efectivamente identifican muy bien cada especie con los rasgos de personalidad que nosotros le atribuimos, o simplemente por la habilidad del guión y los dibujos. Blacksad es, a partes iguales, novela negra y un retrato de la sociedad norteamericana (diría que hay más aún de lo segundo que de lo primero). Es sorprendente que para hacer novela negra y relato social uno elija animales y convierta su novela en una fábula. Sorprendente y acertado.

Estoy leyendo un tomo integral, y al ir leyendo la primera historia iba reflexionando sobre todo esto. Hay algunas preguntas sin respuesta por ahora (¿qué come toda esta «gente»? Aparentemente, comida humana, pero no sé si eso los convierte en caníbales… ¿Hay animales «de verdad», no antropomorfos?) pero toma mucha más importancia la cuestión de fondo sobre la relación entre las personas, si las podemos llamar así; sobre la diferencia. Una sociedad tan variada, tan inclasificable… Regida por las reglas y los usos humanos, pero en la que una vaca puede estar haciendo un trato con un león. Donde cuando vas a hacer un trámite ni siquiera sabes si en el mostrador te atenderá un cocodrilo o con una oveja. Decía que hay cuestiones sin resolver, pero para otras la solución es obvia; en el mundo de Blacksad la especie es irrelevante. Importa más si tienes dinero, o cómo te comportas, que de qué especie seas. Un ratón puede ser un criminal o una pobre criada. El caso es que nadie en Blacksad levanta una ceja, se encuentre al animal que se encuentre. No más que nosotros cuando nos encontramos a una persona cualquiera. Esa diferencia brutal, tan evidente que para nosotros define especies distintas, en Blacksad es totalmente invisible, hacen como si no existiera.

Y cuando me había hecho a la idea de esta sociedad de la mezcolanza, en la que el aspecto físico es impredecible y nadie parece verlo salvo el lector, empiezo a leer la segunda historia, Arctic Nation, y me encuentro con esto que me descoloca por completo.

Arctic Nation trata sobre el racismo.

Resulta que me encuentro a un oso polar dando un discurso racista. ¿Qué recurso narrativo puede usar uno para articular una «raza aria» en un mundo en el que casi cada individuo es de una especie distinta? ¿Cómo va a salir el guionista de ese jardín? ¿Cómo va a montar una historia consistente? ¿Quizás una raza superior de los carnívoros sobre los herbívoros, de los depredadores sobre los depredados (como pasaba en Maus)?

Pues los supremacistas en Blacksad son… blancos, claro. Son animales polares. Ni siquiera; a falta de eso, les vale con ser de pelaje blanco. Hablan de un mundo puro y blanco, cubierto por la nieve, en el que ya no habrá animales oscuros. En vez de la cruz gamada usan un copo de nieve.

De entrada, uno piensa que es un recurso forzado, algo que se han sacado de la manga, un esfuerzo desesperado por montar una historia sobre racismo. En la historia anterior yo no vi que el color del pelaje influyera. Y eso del mundo cubierto de nieve… ¿qué sentido tiene que ningún personaje anhele eso?

Y entonces te das cuenta de que precisamente lo forzado del recurso resulta brillante. Como lectores de Blacksad, y no como habitantes de ese mundo, no entendemos que tenga sentido esa distinción entre pelaje blanco y oscuro, cuando estamos hablando de individuos tan distintos. En esa viñeta de arriba el cabecilla racista es un oso polar, y como ayudantes suyos están a su lado un cerdo, un búho nival… Seguramente un oso polar se comería a un cerdo o a un búho si tuviera ocasión. ¿Cómo puede el guionista establecer la diferencia de manera tan arbitraria en el color del pelo, uniendo en el mismo bando a especies tan distintas y rivales? No tiene sentido.

Y por eso es un acierto. Seguramente nuestro racismo tiene el mismo sentido. ¿Qué vería un lector externo en nuestra sociedad humana, por ejemplo un animal? Quizás le sorprendería sobremanera nuestra división en razas, igual que a mí me pilla por sorpresa en Blacksad recurrir de manera tan peregrina al pelaje blanco. Ese anhelo de un mundo nevado, «como era al principio», es tan absurdo que de puro absurdo es verosímil y representa muy bien el objetivo de los supremacistas. Es una solución naïf, indigna de un guionista que escriba con consistencia.

Y por eso es totalmente realista. El retrato de la sociedad es genial. Algunos de nosotros queremos algo tan estúpido como un mundo nevado, y aunque no tengamos nada de polar nos asociamos con un oso (que bien puede ser depredador nuestro) con tal de no estar del lado de los «imperfectos», asumiendo una división que desde muchos puntos de vista resulta incomprensible. Somos tremendamente torpes manejando los conceptos de igualdad y diferencia. Estamos ciegos frente a lo que tenemos delante.

No me lo esperaba, y me ha parecido magistral. Ah, la parte detectivesca de todo esto no está mal, pero tampoco me vuelve loco.

Colacao en la oficina

9 09+00:00 enero 09+00:00 2020

Hoy en día, parece que todo es malísimo. La leche, el gluten, el azúcar. Por supuesto, el chocolate y el cacao no se libran, y la gente come chocolate negro y cacao puro como si dieran la vida eterna. Aunque no le gusten o sepan a esparto.

Yo me crié desayunando colacao todos los días, y lo sigo haciendo. Cantidades ingentes. No lo recomiendo ni lo dejo de recomendar, pero desde luego no hago caso a las modas alimentarias sin fundamento. (Hay que aclarar que cuando digo «colacao» lo uso como nombre común; me da igual de esa marca que de otra. Nunca en la vida lo he llamado «cacao soluble» y no voy a empezar ahora. Es «colacao», de la marca que sea, y así lo haré el resto del artículo.)

Si trabajas largas horas, quizá tengas alguna instalación para alimentarte en la oficina. Yo tengo un hervidor de agua para hacer infusiones.

Y entonces me surgió la duda. Para hacer colacao correctamente tendrías que tener no solo un horno o cocina, sino también la nevera para conservar la leche (en algunas oficinas lo hay). En un calentador de los míos no puedes calentar leche, y sin nevera tampoco puedes tenerla allí indefinidamente. ¿Se puede hacer colacao solamente con agua? Se puede, y algo es algo, pero tampoco es para tirar cohetes. Y pensé en ese invento para mí desconocido, la leche en polvo. No tenía ni idea de cómo usarla (ni siquiera de dónde conseguirla o qué tipos habría, ni si podría funcionar para este propósito mío).

En su momento busqué por internet si alguien explicaba su situación y me servía. Encontré gente que hacía café, pero la leche en polvo tiende a crear grumos muy difíciles de deshacer.  (Por cierto, algún vídeo de los que vi era realmente asqueroso y no sé cómo la gente se atreve a colgar ciertas cosas). Pero bueno, algo se podía hacer. No había muchos ejemplos en aquel momento, no parece que la leche en polvo se use mucho.

Después de pruebas y errores, y por si queda alguien que necesite esta información (no he buscado recientemente, quizás haya por ahí soluciones mucho mejores) y es capaz de encontrarla en este sitio remoto, aquí comparto mi método. Sí, amigos, se puede hacer un colacao pasable con un hervidor de agua eléctrico. Al menos, con estos productos funciona (no obtengo ningún beneficio por esta publicación, obviamente). Son los que tenía cerca.

Yo utilizo leche en polvo del Mercadona, que es desnatada por casualidad (me daba igual, pero era la que había). Y mi «colacao» para este fin es también el del Mercadona, Caobon. Como esto:

Los ingredientes secretos del colacao falso

Por un lado, pones el agua a calentar.

Por otro lado coges una taza normal y corriente, de las típicas que se regalan con letreritos inspiradores, y una cucharilla. Y en la taza (así en seco) echas tres cucharadas (todo lo generosas que puedas, yo cargo al máximo) de leche en polvo. Y encima dos (más normales, sin hacer el cabra) de colacao. Esta proporción, obviamente, puede variar, y quizás sea más sensato echar solo una de colacao (yo es que soy así).

Aún en seco, revuelves bien los polvos para que se mezclen totalmente, y esto es el punto clave. Supongo que el colacao lleva algo para disolverse fácilmente, y al estar mezclado de antemano con la leche en polvo la separa y no le deja hacer grumos.

Cuando el agua hierva, la echas en la taza, sobre la mezcla, y empiezas a removerlo para que se disuelva todo. Y con un poco de suerte te quedará algo que no digo yo que sea como si te lo haces en casa, pero es bastante potable; no da esa sensación de beber agua y polvos.

Esto funciona para mi gusto. No hay grumos y se puede beber, y al menos no es peor que el de la máquina. Tengo dudas de que funcionase con el Colacao «de verdad»; supongo que funciona mejor con cacaos que se disuelvan fácilmente. Pero no lo he probado. Sospecho también que con leche en polvo entera quedará mejor, pero tampoco lo he probado.

Para que no sufras lo que tuve que sufrir yo. Que aproveche.

Y va y se muere Lourdes

27 27+00:00 diciembre 27+00:00 2019

Funciona así. Un día te dicen que alguien está repentinamente en la UCI. Y tres horas después, que se ha muerto.

Y ahora tocaría todo esto de relativizar, de darse cuenta de que no somos nada, de disfrutar el momento, etcétera etcétera. Los tópicos de rigor ante una muerte inesperada.

La verdad, entre las muchas cosas que se me pueden echar en cara, creo que esa no está. No sé cuándo ni cómo me iré de este mundo, ni cuánto cambiaré antes, pero hasta ahora siempre lo he tenido claro. Yo no aprendo nada con la muerte de Lourdes. Tengo claro que vivo intensamente cada momento, y que no me hace falta buscar adrenalina para ello. Vivo asombrado de todo lo que tengo alrededor, y del hecho de tenerlo alrededor, a cada paso que doy. Y no hay muertes inesperadas.

Respecto a Lourdes, el otro tópico es lo perfecta y lo ideal que era la gente que se ha muerto. Pero no; Lourdes era una persona alegre, cariñosa e inteligente, alguien que cualquiera querría tener cerca. Una persona alegre, cariñosa e inteligente, llena de defectos y casi se diría que orgullosa de ellos.

Echaré de menos a Lourdes y a sus defectos. Todos y cada uno.

Diana Krall y los estereotipos

16 16+00:00 noviembre 16+00:00 2019

Estoy leyendo cosillas sobre mujeres del jazz por una cosa que estoy preparando. Y me encuentro con otras declaraciones interesantes, esta vez de Diana Krall:

I get frustrated with the assumption that I’m directed in some way. I do all my own arrangements, I conceptualise everything. I have control over how I’m photographed. Every image is carefully thought out. I am very, very, very driven and ambitious – always have been.