La estrategia de Ayuso

3 03+00:00 octubre 03+00:00 2020

Dicen aquí que «finalmente Ayuso, a pesar de su duro tuit, decidió tirar la toalla, al menos de momento, en su particular guerra contra el Gobierno central», y no intentó parar in extremis las medidas de confinamiento que planteó Sanidad.

A ver, la cosa no va así. Os explico la estrategia de Ayuso contra la covid-19. No pasa por evitar muertes, por ayudar a los sanitarios ni nada de eso. Eso le resbala.

Ayuso (y con ella muchos otros dirigentes autonómicos, y en general su partido) lo que quiere es únicamente que el marrón de los muertos se lo coma otro. Si lo consiguen (y con sus votantes evidentemente lo conseguirán) todo esto les habrá venido de perlas, porque gracias a ello no tienen que gobernar. Pueden dedicarse por entero al teatro, que es su oficio (y mientras tanto modificar por enésima vez la ley del suelo, que es para lo que entre otras cosas la han puesto ahí).

Si el otro interviene y le obliga a tomar medidas, venderá la idea de que lo que pasa es culpa del otro, que no le deja gobernar y le impone medidas erróneas, que le sabotea de manera activa. Fue así durante el estado de alarma y es así ahora.

Si el otro la deja gobernar, venderá la idea de que están abandonados, de que tienen que afrontarlo todo solos, de que quien tenía que tomar medidas no las toma y de que ellos no pueden arreglarlo porque les sabotean por omisión.

Ayuso sabe que haga lo que haga habrá problemas (porque el virus es el virus), y no quiere pagar ese coste. Como digo, reducir las muertes o las enfermedades o el machaque de los sanitarios le da exactamente igual, ella no trabaja en eso. Está haciendo su trabajo, que es otro. Por eso la verás decir una cosa y la contraria en cuestión de horas. Ella gana siempre.

Rajoy y The Good Wife

28 28+00:00 septiembre 28+00:00 2020

Últimamente escribo muy poco en el blog. Y hay razones muy concretas.

Una es que estoy escribiendo alguna otra cosa, y leyendo mucho. En particular, estoy leyendo muchos comics. Y lo que uno dedica a una cosa no lo dedica a otra. Esto es obvio y requiere poca explicación.

Hay otra circunstancia que también influye, una circunstancia doble. Escribo menos por culpa de «The good wife» y por culpa de Mariano Rajoy. Y esto es lo que voy a intentar explicar(me).

Cuando yo era pequeño, solo había un par de canales de televisión, y todo el mundo veía las mismas cosas. Entre ellas, un culebrón (aunque no se usaba ese término) llamado «Falcon Crest». En él la matriarca mala, Angela Channing, era interpretada por Jane Wyman, una actriz que aborrezco. Era una indeseable manipuladora, como todas las malas. Y los personajes de Falcon Crest caían en sus mentiras y sus manipulaciones, pero el problema para mí era que caían… una y otra vez. (Esto pasaba en otras series de la época; se alargaban con mucha facilidad volviendo a empezar, como si la gente no se acordara de nada).

Aun siendo yo un chaval, me resultaban inverosímilmente estúpidos. Vale que Angela Channing te arme una muy gorda, te engañe de la manera más vil, piques como un imbécil y se aproveche de ti como de una mierda. Eso puede pasar. Pero cuando lo descubras, lo normal será que le jures odio eterno y no vuelvas a dirigirle la palabra nunca jamás de los jamases. Solo aceptarás verla para pegarle un tiro entre los ojos o cuando ya esté muerta, para escupir sobre su cadáver. De este calibre eran las perrerías de Angela Channing. El tipo de persona que iría quemando cartuchos hasta tener, en muy poco tiempo, solamente enemigos entre su gente cercana.

Los personajes de Falcon Crest… no. Al poco, escuchaban como idiotas la excusa más tonta y facilona, y volvían a acercarse a ella y creer plenamente en ella. Y así una vez y otra y otra. Para mí era insufrible, y hoy diría que era obra de guionistas perezosos e incompetentes. (Pero los guiones burdos e inconsistentes triunfan durante años y tienen millones de espectadores, al parecer.)

Hace relativamente poco vi «The good wife». Y aunque la vi ya de bastante mayor, y nunca he sido demasiado ingenuo, aprendí mucho viéndola.

«The good wife» trata (no destripo nada, porque esto se sabe desde el principio) de una abogada, casada con un fiscal de éxito, que afronta una crisis personal ante un escándalo de supuesta infidelidad de su marido, que coincide con el momento en que ella vuelve a empezar a trabajar como abogada después de años dedicada a criar a sus hijos. En la serie se desarrolla un argumento global, que es la vida de este círculo (abogados de alto nivel, algunos de ellos metidos en política, campañas electorales -en Estados Unidos muchos puestos en la justicia son electivos-, conflictos familiares, etc.) y, al mismo tiempo, es una serie de abogados en la que se abordan casos sueltos en cada capítulo.

En «The good wife» hay traiciones, mentiras, jugarretas. Incluso protagonistas aparentemente virtuosos son gente de pocos escrúpulos; indeseables alimañas, en realidad (aunque ni siquiera son conscientes de ello). Y también vemos cómo gente que se propina puñaladas traperas vuelve, episodios después, a asociarse y a ser amigos.

No tiene nada que ver con Falcon Crest. The good wife (y ese es el problema), a pesar de ser en gran medida una serie de entretenimiento y no pasarse de épica, está mejor escrita, y entiendes por qué actúan así. Es su modo de vida. Desde el principio saben que no pueden fiarse unos de otros. Desde el principio consideran como normal y cotidiana la posibilidad (esa que la gente de a pie se toma como una desgracia excepcional) de que la persona que tienes delante, tu socia o pareja o amigo de hace años, te esté preparando una buena. Y si te la hacen, con el tiempo (no mucho tiempo) puedes perfectamente volver a estar con ellos, si vuestros intereses vuelven a coincidir. Ni siquiera los culpas, porque son las reglas del juego; es como cuando siendo jugador fichas por un equipo y tienes como compañeros a tipos que hace un par de semanas intentaban por todos los medios que perdieras para ganar ellos.

En The good wife todo el mundo tiene, en el fondo, el mismo tipo de ambición y, aunque no todos son iguales, tampoco es para ellos un drama saber que tienen que vigilar constantemente a todo el que tienen alrededor. No son idiotas, y cuando confían en alguien es porque saben que a alguien tienen que elegir, simplemente; una traición no es algo que les horroriza, sino que es algo que pasa, como un catarro. La inmoralidad no es una desviación de lo normal, sino que es lo normal, y el que pretenda ser moral es un ingenuo que no vale para el oficio. Este sería un mundo irrespirable para la gente normal, pero cotidiano para los ricos. La gente normal se ha visto en situaciones parecidas con algunas dictaduras que fomentan la delación, pero es muy diferente; primero, porque la gente normal sufre lo indecible viviendo así, mientras que para estos la política es esencialmente este juego, y les encanta; y segundo, porque los ricos están en guerra por sus millones y su influencia, mientras que los pobres lo están por puras migajas de supervivencia.

¿Qué pinta Rajoy en esto? Bueno, pues tampoco he sido un ingenuo respecto a los políticos. Siempre he sabido que en sus reglas de juego está el hacer trampas, pero pensé que tenían especial interés en que no se descubriesen; aquello de que si te descubren haciendo algo impropio estalllará un escándalo y tu carrera estará acabada. El PSOE perdió las elecciones contra Aznar en gran parte por los escándalos de Filesa, Malesa y Timexport (una minucia, en naturaleza y en cantidades, si lo comparas con cualquiera de las cosas que ocurren hoy sin efecto alguno).

Las legislaturas de Rajoy fueron demoledoras en este sentido. En democracia no había visto tal grado de impunidad. No había visto tal número de tropelías y de tal gravedad, tantas que se agotaba la capacidad física de acusar (¡hasta para describir un escándalo hace falta tiempo antes de que estalle el siguiente!) Nunca había visto a un político dejar que todo el mundo se cansara, sin hacer nada, sin que le pasara nada, absolutamente inmune a todo. Nunca había visto a los esbirros de un político lanzar argumentos tan burdos, tan inmorales y tan retorcidos, argumentos que causaron tal daño a la democracia, con tal grado de desfachatez. Esa misma desfachatez e inmoralidad que vi en The good wife. (Bueno, en realidad bastante mayor).

¿Qué efecto tiene todo esto? Pues que el impulso que sentía a veces de reaccionar y decir, aunque fuera para nadie, algo que me quemaba dentro, se ha mitigado. Me indigno igual que siempre, pero es que ahora entiendo mucho mejor a esas personas. Sé a lo que juegan, sé lo que hacen, y sé que mis argumentos dan exactamente igual. Sé también que a quienes les apoyan les importan todavía menos, y eso es algo sobre lo que debería escribir otro día.

Debería escribir un montón, por ejemplo, sobre el título universitario de Pbl Csd, pero es que todos sabemos, y todos en su partido saben, que se lo regalaron (el máster y también el grado). ¿Por qué no le ha costado su carrera política? Porque ni Sry ni Cspdl podían mandar en el PP, tenían que destruirse mutuamente, y si también tachamos a este, pues tenemos un problema porque hay que buscar a otro y hay menos consenso todavía, así que déjalo como está, que el partido no puede quedar descabezado una década. Que haya cometido un delito no tiene la menor importancia. La prescripción del delito… la exhibe como una verificación de su título. Y así todo lo demás.

No es que me resigne, no es que piense que no hay que oponerse a la indecencia; es más necesario que nunca. Pero este blog no es una columna de un periódico; es algo muy personal, que escribo por razones personales, y lo que ha cambiado es que hay cosas que antes escribía para ayudar a aclarar mis propias ideas, y que ahora me hace menos falta escribir porque lo tengo claro.

Y eso es, en gran parte, por culpa de The good wife y de Mariano Rajoy.

Bosé

18 18+00:00 agosto 18+00:00 2020

Me equivoco muchas veces. Por ejemplo, pensé en su momento que nadie iba a hacer ningún caso a Enrique Iglesias, que no tenía ninguna posibilidad. Vaya ojo el mío.

Pero en otras cosas no he tenido que cambiar de opinión. De Miguel Bosé, por ejemplo, he tenido exactamente la misma opinión desde que le vi por primera vez.

Por una parte, que no cantaba un pimiento.

Por otra, pues eso. Que era un tipo al que las masas adoraban sin entender (yo) por qué. Últimamente está dando muchas noticias en relación con el coronavirus. Y eso es porque la gente se lo está tomando (a Bosé) en serio. Y ese creo que es el error, y lo ha sido siempre.

A mí siempre me ha dado la sensación de que este hombre no estaba del todo bien. Y ahora… bueno, júzgalo tú mismo.

Lo siento si tenía razón, o si la tengo.

Titulares obvios

12 12+00:00 agosto 12+00:00 2020

El Mundo hace encuestas y, salga lo que salga, confirma las intenciones que tenían antes de hacer la encuesta (que, obviamente, no eran averiguar la verdad; la verdad ni es ni ha sido nunca su negocio).

Últimamente he visto dos titulares de portada muy curiosos, relacionados con encuestas.

Uno decía, y en este momento dice aún:

Cuatro de cada 10 votantes del PSOE quieren a Podemos fuera del Gobierno

Yo diría que es obvio que los votantes del PSOE, en principio y en general, prefieren que Podemos no esté en el gobierno, porque si fuera así… serían votantes de Podemos, y no del PSOE. Las votaciones se hacen justamente para eso.

De hecho, creo que la encuesta sí que ha dado un resultado sorprendente: que por lo que parece la mayoría de los votantes del PSOE no quieren a Podemos fuera del Gobierno. Pero eso no les ha parecido noticia. En fin.

Otro titular de portada que me llamó la atención, pero que creo que ya han cambiado (hice una captura en el mometo), decía:

Encuesta Monarquía. Los españoles piden que Juan Carlos I siga residiendo en España.

¡Por supuesto! Yo quiero que resida en España, y concretamente en Soto del Real si fuera posible. En Brieva no, porque allí ya vive otro y creo que la dispersión da mejores resultados.

Bromas aparte, cómo será la encuesta que la noticia ya la titulan de otra forma, como digo, y dando un pelín el brazo a torcer (ahora que ya no está en la portada) ponen “Los españoles elogian el reinado de Juan Carlos I pero piden que responda ante la justicia”. El texto no lo puedo leer, pero empieza diciendo “Los casos de corrupción que afectaron a Iñaki Urdangarin, las investigaciones a Juan Carlos I o sus graves errores, como el viaje a Botsuana o sus amistades peligrosas, han dañado la imagen de una institución…” ¿No te da la impresión de que todo lo que pasa con Juan Carlos ha sido una especie de suceso externo y ajeno a él, como cuando te llueve en el día de tu boda? De “las investigaciones” es objeto, no sujeto; lo de Botsuana es un “grave error”, y el resto son “amistades peligrosas”. Como cuando tropieza y se cae. Nada es culpa suya, en definitiva.

Nada de segunda ola

26 26+00:00 julio 26+00:00 2020

Estaos tranquilos. Se dice que hay rebrotes, que hay el peligro de una segunda oleada de COVID-19. No os creáis nada.

No hay peligro.

Tened en cuenta que no hay prevista ninguna manifestación del día de la mujer. Así que no hay problema.

El ingreso mínimo vital nos deja sin trabajadores

10 10+00:00 julio 10+00:00 2020

Al parecer un tal Ángel Cuevas, presidente de la Asociación de Hostelería de Cantabria, ha dicho que los hosteleros tienen dificultades para encontrar trabajadores.

Y que (así lo entrecomilla El Mundo en el titular, aunque use comillas incorrectas) «algunos trabajadores decían que con el ingreso mínimo mejor no trabajaban».

Las dos cosas son llamativas. La primera, porque habiendo los niveles de paro que hay, y dada la cualificación que se requiere para trabajar en hostelería, es muy raro que el señor Cuevas y sus compañeros no encuentren a nadie. Muy, muy raro. La mano de obra abunda, no escasea.

Pero más llamativa es la segunda. El ingreso mínimo vital va desde los 462 € mensuales hasta los 1.015 € por hogar, y esto último ya si tienes familiares a tu cargo y demás.

Y la pregunta es: señor Cuevas, suponiendo que lo que dice Vd. es verdad, ¿cuánto pretendía pagar a una persona para que 462 € mensuales sean competitivos respecto a su oferta? ¿O para que una persona con más bocas que alimentar prefiera vivir con mil euros pelaos?

Cuando dice que no encuentra gente para trabajar, ¿no será que no la encuentra al precio de mierda que a Vd. le parece?

¿Sabe Vd. que el ingreso mínimo vital está dirigido al 20% de la población en situación de pobreza extrema? ¿Es ese el perfil en el que pescan ustedes su personal? ¿Es en ese segmento de la población en el que fundamentan sus emprendedores e innovadores negocios? ¿Solo gente en situación desesperada puede incorporarse a sus plantillas?

¿Se acuerda Vd. de todo eso de la economía de mercado y demás?

¿Tienen la culpa de la economía de mercado los trabajadores, esos que cuando van a comprar el pan y la leche o a pagar el alquiler se tienen que joder y asumirla aunque les vaya la vida en ello, pero a la hora de trabajar tienen que hacer como si no existiera, ni a la hora de poner precio a sus servicios ni a la hora de pagar luego sus propias facturas?

¿Se cree Vd. que, además de reírse de la gente, tiene derecho a llamarlos vagos?

 

Informes chapuceros, opacos y arbitrarios

27 27+00:00 mayo 27+00:00 2020

Leo ese titular en el editorial de El Mundo: «Informes chapuceros, opacos y arbitrarios».

Y me sorprende muchísimo. ¿De verdad van a hablar del famoso informe (por llamarlo de alguna manera) que un guardia civil pergeñó con total desfachatez contra el Gobierno? Siempre estoy con los técnicos contra los políticos, porque sé de qué va la cosa, y los técnicos y sus informes son, frecuentemente, la última línea de defensa contra la arbitrariedad de un político. Salvo, claro está, que se haga algo como eso: una colección pavorosa de mentiras dirigidas, cocinadas y manipuladas con evidente mala fe (que puede llegar incluso a la alteración de testimonios) y coronada con incursiones en materias para las que el autor no tiene cualificación alguna y además no son objeto del informe. Pavorosa porque asusta pensar que un guardia civil se crea investido de autoridad alguna para intentar derribar un gobierno o para darles a las feministas las hostias que se merecen. Alguien que redacta un informe como ese y se lo envía a un juez debería ser inmediatamente expulsado del cuerpo.

Pero no; El Mundo no se refería a esos informes, no. Resulta que se refieren a informes de Sanidad sobre la epidemia, claro.

Ya me parecía a mí un ejercicio de periodismo demasiado profesional viniendo de esta gente.

La docencia online

14 14+00:00 mayo 14+00:00 2020

Ayer escribí un poco mosqueado sobre las obviedades que la gente cree saber sobre la docencia online, y me apetece extenderme algo sobre el asunto (y además un lector lo ha sugerido).

No es un tema que se pueda liquidar en un momento, y además mi experiencia sigue siendo limitada. Y el tema es tan amplio que requiere pensar mucho y organizar mucho, y no lo he hecho. Así que lo voy a abordar con la mayor humildad. Es, como todo lo demás que aparece en este blog, mi punto de vista, nada más.

Hay gente que cree que un comic es una especie de «quiero y no puedo»; que lo que quieres es contar historias con personajes en movimiento, y que como no puedes filmarlos, los dibujas. El comic sería una especie de cine con poca tecnología. Y es posible que en origen fuese así a la fuerza, cuando no había posibilidad de hacer cine; pero obviamente el cine y los comics son cosas distintas. Que sí que pueden prestarse entre sí ideas o guiones, o incluso técnicas (en el comic hay encuadres, en el cine hay storyboards). Pero el cine no es un cómic filmado, ni el cómic es un extracto de fotogramas. Esos trasvases no funcionan.

Enseñanza a distancia ha existido siempre (en la UNED y tantas otras instituciones), con unas características muy concretas. La primera es que el alumno a distancia debe tener mucha, mucha disciplina. No vale para todo el mundo. Hoy en día hay recursos técnicos maravillosos, cuando en los primeros tiempos de la UNED lo único que tenían a su disposición era el libro (que no es poco); pero eso no hace desaparecer cualquier diferencia.

Si yo soy un profesor presencial, de los que tienen vocación y se esfuerzan, plantearé la asignatura pensando en:

  • Una planificación temporal para que tanto el alumno como el profesor puedan hacer el trabajo en las horas asignadas.
  • Un orden de los conceptos y de cómo los aprenderá el alumno; en qué momento dominará cada uno, y cómo cada uno depende de los anteriores.
  • No solo eso; seguramente habrá coordinado todo esto con los temarios y los planes de otras asignaturas. Lo hará si son estancas, y no digamos si se abordan trabajos en común, aprendizaje por proyectos o cualquier otra cosa parecida.
  • Un reparto adecuado entre los elementos que el alumno trabajará escuchando / viendo al profesor, los que trabajará haciendo algo en clase por sí mismo en el momento, los que trabajará haciendo algo en clase con compañeros, los que trabajará por sí mismo en casa, con compañeros fuera del aula…
  • De las actividades que haya planteado, probablemente tendrá algunas estrategias previstas para responder. Dependiendo de cómo vaya un ejercicio, puede aprovechar la confusión o el acierto que resulten para aclarar cosas, para reconducir a la clase, para mencionar otros conceptos. Aprovechará la reacción de los alumnos para que la situación resulte en aprendizaje.
  • El profesor tendrá previsto también todo un conjunto de elementos de evaluación, de muy diversos tipos.
  • Y todo ello (y esto es muy importante) lo planteará no solo respecto a cómo puede aprender un alumno, sino en torno a los medios disponibles y a su propia capacidad. No solo elegirá lo que quiere hacer, sino lo que puede hacer.

Se tarda años en afinar toda esta maquinaria, y nunca lo está, porque además cambia constantemente. Los buenos profesores universitarios trabajan como bestias. Lo he visto desde dentro, y conozco a muchos.

Si en un momento dado te dicen que a partir del lunes tienes que hacer enseñanza a distancia, no sirve prácticamente nada de lo anterior que tuvieras hecho. Y no es porque no sepas chatear. Lo que iba a ser un comic de repente se tiene que convertir en cine (o al revés). Y el menor de tus problemas es saber encender la cámara o usar el lápiz.

El principal problema de la enseñanza a distancia, amigos míos, no es exactamente la distancia. Es la sincronía (que no, no se resuelve con una videoconferencia).

  • Las actividades que habías previsto, la forma de abordar el aprendizaje, ya no funcionan. La dinámica de alguien en un aula es muy distinta de la de alguien aislado en casa. Y quien diga que la diferencia se contrarresta con WiFi, supongo que se encontrará igual en un merendero jugando al fútbol con sus sobrinos que en una de esas horrendas videoconferencias familiares (que sí, son mejor que nada).
  • Tienes que rehacer de golpe una cantidad ingente de actividades. El problema no es pasarlas a PDF ni a vídeo; es que no valen para eso. En ese contexto tendrás que plantear otras.
  • El trabajo en equipo de los alumnos se ha ido al garete en gran medida. Las dinámicas de grupo son algo tan sutil y tan difícil de manejar con una interacción social normal que no digamos en un contexto a distancia.
  • Aun cuando rediseñes todo y seas rapidísimo grabando vídeos, ni la comunicación ni las interacciones son iguales. En toda comunicación a distancia hay más ruido y más malentendidos. Para hacer lo mismo tardamos mucho más, tanto los profesores como los alumnos. ¿Te acuerdas de lo que hemos dicho sobre la planificación temporal? Un pequeño porcentaje de diferencia se acumula hasta destrozar el plan del curso (en la vida «normal», si te caen dos festivos seguidos ya tienes que hacer maravillas para reorganizar las clases y cumplir los planes, y eso sin tener que reinventar absolutamente nada de la metodología docente).
  • No tienes oportunidades de aprovechar la dinámica presencial. La realimentación, las manos levantadas, las caras que ves, lo que les ves escribir a vista de pájaro, el tipo de preguntas que hacen. No, no funciona por streaming, no te empeñes. La misma pregunta tres segundos después no tiene el mismo efecto, no da la misma información. No es ni parecido. El trabajo de enseñar es tan delicado que tienes que tener cuidado hasta con cómo empiezas las frases, para no mover a confusión y no perder a ningún oyente; el impacto de no comunicarse en persona es muy alto.
  • La evaluación merece capítulo aparte. Me muero de risa cuando oigo hablar de reconocimiento facial, de algoritmos que detectan si estás copiando… La evaluación, de hecho, debería hacerse en general sin examen final, es un problema mucho más complejo y con muchas ramificaciones y planteamientos diferentes que la mayoría de la gente desconoce. Pero incluso algo tan trivial como un examen clásico es simplemente inviable (en mi modesta opinión) a distancia. Hasta la UNED, seguramente la institución con más experiencia de España, hacía los exámenes presenciales (hoy en día no sé lo que harán). Para enseñar a distancia hay que plantear una estrategia de evaluación en la que no te haga falta sentar al alumno a hacerle preguntas. Y lo que se está haciendo ahora supongo que es un mal sucedáneo.
  • Y respecto a lo que el profesor puede manejar… La gente no tiene ni idea de la situación en la que están estos días los profesores, contestando a miles de mensajes, atendiendo uno por uno y secuencialmente a los alumnos que andan como pollo sin cabeza intentando organizarse para estudiar por su cuenta (cosa que no saben hacer, y no tiene nada que ver con Youtube ni con Google). Si yo tengo un aula con 100 alumnos, hay cosas que puedo hacer allí con todos a la vez (y por eso tradicionalmente se ha forzado a los profesores a dar “clases magistrales” y no laboratorios, y a tener aulas masificadas y no grupos pequeños; lo segundo es mucho más caro). Lo que pregunta uno lo oyen todos. Si los examino, puedo tenerlos a todos resolviendo un ejercicio durante una hora mientras los vigilo. Si doy una instrucción, les doy a todos la misma (y aun así casi siempre hay problemas). En fin, el cambio que supone manejar a un montón de individuos asíncronamente es enorme. Si yo puedo manejar 400 alumnos usando clases presenciales (y no estoy hablando necesariamente de lecciones magistrales), no creo que pueda ni con 50 a distancia.
  • En suma, si pasas de la enseñanza presencial a la online, lo único que podrás aprovechar es justamente aquello para lo que no te hace falta un profesor. Sí, eso es fácil de poner online o de convertir a vídeo. Y sí, puedes aprender por tu cuenta, con libros o con vídeos o con papiros, todo lo que te propongas sin más ayuda, eso siempre es verdad.

La educación es un tema apasionante, y esto no es más que un esbozo mal hecho que araña la superficie. Lo que pretendo poner de manifiesto es que pasar de enseñanza presencial a online no es como pasar de hablar en persona a hablar por teléfono. La enseñanza online requiere primero un planteamiento docente totalmente distinto (para el mismo temario), con otras actividades y otras formas de control. Requiere, en segundo lugar, una planificación temporal muy distinta. Y en tercer lugar… requiere muchísimos más recursos humanos.

Y todo eso es lo que les ha caído, sin más, y sin subida de sueldo, a nuestros profesores. Todos esos vagos que no quieren reciclarse tecnológicamente, y a los que sin embargo de la noche a la mañana les han cambiado su mundo y han seguido adelante como si nada. Y lo están haciendo, y están sacando adelante el curso. A mí me parece titánico. Habría que ver qué hace Cristiano Ronaldo si de repente lo ponen a jugar al waterpolo (que también tiene balón y porterías y goles, y se juega con las manos, ¡más fácil que el fútbol!, ¿no?).

Los expertos en expertez

12 12+00:00 mayo 12+00:00 2020

Líbrenos Dios de los coaches.

El otro día leí con mucho interés un artículo de alguien que decía: ¿Está seguro de que en su actividad no puede hacer teletrabajo?

He visto muchas veces, y más en estos días, tratar a los profesores universitarios con superioridad. Por supuesto, cualquier alumno de primer año que no conoce ni la materia sabe qué contenidos necesita, cómo deben enseñarse y cómo será su inserción laboral, no ese año, sino unos cuantos después. Y lo sabe mejor, obviamente, que un profesional de la enseñanza (aunque sea de los que tienen vocación y dedicación), con experiencia previa y/o simultánea fuera de la universidad y con muchos años de ejercicio a sus espaldas.

Dice el autor del artículo:

También hemos podido observar profesionales docentes muy cualificados con grandes dificultades para impartir una clase online. Está claro que la tecnología es un elemento básico, pero lamentablemente no es suficiente. La transformación cultural es probablemente más difícil que la tecnológica.

Los profesores universitarios, esos seres inmóviles incapaces de transformarse culturalmente. Es que no se llevan bien con la tecnología.

Continúa el autor, hablando de esta “transformación cultural”:

La transformación cultural responde muchas veces a barreras mentales («no voy a poder venderle este producto a mi cliente si no le puedo ver en persona…», «mi equipo no va a ser productivo si está trabajando cada uno en su casa y, sobre todo, si yo no estoy allí coordinando», «no soy capaz de dar una charla frente a una cámara, sin poder ver mi público…». En mi opinión, todas estas barreras son muy fáciles de superar, a poco que uno ponga de su parte, si bien es cierto que estos elementos no han estado muy presentes en nuestro sistema educativo. Pero para todas ellas existen numerosas guías de autoayuda, píldoras en YouTube y si no, muchas veces basta simplemente con buscar en Google.

Para él dar clase es charlar frente a alguien. Y la transición de un curso presencial a un curso online es como pasar de hablar frente a personas a hablar frente a una cámara.

Pero espérate, que entonces dice que va a dar ejemplos. Y en el apartado de educación… en fin.

Tanto alumnos como docentes se han visto obligados a utilizar unas herramientas y unas técnicas para las que no estaban preparados. Es cierto que para avanzar en la línea de la educación online hay que mejorar la metodología empleada. Por ejemplo, habilitando plataformas colaborativas y de videoconferencia, mejorando la experiencia de usuario mediante video en streaming, incorporando chat entre alumnos y profesor, app para dispositivos móviles y, sobre todo, desarrollando un amplio catálogo de contenidos audiovisuales o en formato digital.

Herramientas y técnicas para las que no estaban preparados… O sea, que para avanzar en la educación online la metodología mejora… “habilitando plataformas colaborativas y de videoconferencia, mejorando la experiencia de usuario mediante vídeo en streaming, incorporando chat, app para móviles, contenidos…”

Discúlpeme el autor, pero lo que revela al escribir es que no tiene mucha idea de las barreras que afronta un profesor universitario ni de cuáles son sus dificultades. Ni, evidentemente, sobre dar clase, para empezar.

Si cree que el problema de un profesor se soluciona con guías de autoayuda o… píldoras de Youtube, o con… ¡¡¡Google!!!, creo que está errando el tiro. Porque para dar consejos hay que saber bastante más que el aconsejado, o tener alguna experiencia distinta a él. El arsenal del autor es la palabrería vacía y obvia (en cuanto alguien habla de la experiencia del usuario o la experiencia del cliente, ya sé que no puedo esperar nada bueno).

Señor autor, los profesores ya saben que existen los vídeos y el chat, gracias. Si cree usted que dar clase online es como dar clase presencial pero a través de youtube, o que el problema de la gente es que no sabe encender una cámara de vídeo, o que la cuestión de fondo tiene algo que ver con las simplezas que usted ha dicho, creo el que necesita asesoría, blended training, coaching o como quiera llamarlo es usted.

Tenemos a un montón de profesores trabajando infinitas horas (y nadie va a aplaudirles desde los balcones) cambiando de entorno docente a mitad de curso, con lo que no sirven ni las prácticas previstas, ni los procedimientos de evaluación, ni las guías docentes, ni los ejercicios previstos, ni las actividades de grupo, ni la coordinación entre asignaturas, y usted cree que están agobiados porque no tienen vídeos hechos.

Podría decirle cuáles son realmente algunos de los problemas de la educación online. Pero ¿sabe qué? Me ha costado muchos años de experiencia y de estudio entender siquiera parcialmente un oficio tan difícil como la enseñanza. No vendo humo. Y si usted cobra por vender humo, comprenderá que yo no le dé a cambio ayuda real gratis.

Mientras tanto, por favor, piense si se pondría a dar instrucciones a las enfermeras.

Reflexiones coronavíricas (III)

30 30+00:00 abril 30+00:00 2020

Terrazas

La hostelería ha venido abusando del espacio público, extendiéndose, forzando reglas a su medida, saltándose las leyes sobre el tabaco con toda impunidad; y no había ningún motivo especial para ello. Ahora, con la coartada de la recesión, y cuando además va a haber que guardar distancia, creo que no solo se va a ir a la papelera cualquier consideración sobre accesibilidad o límites; van a extenderse directamente en todas direcciones, van a ocupar las calzadas, los jardines y hasta las autopistas. Toda la superficie de la ciudad que no sea vivienda va a ser terraza. Nadie les va a poder toser, porque claro, en circunstancias como esta se relajan las leyes, y su sufrimiento vale más que el de cualquiera.

Protestas

La etapa de falsa unidad y solidaridad duró muy poco (yo creo que no existió). Ya estamos en fase de quejarnos si no nos dejan salir, de quejarnos si nos dejan, de quejarnos si se propone una medida, de quejarnos si se matiza por hacer caso a nuestras quejas previas, de quejarnos si no se centralizan y unifican las decisiones, de quejarnos si no se tiene en cuenta la particular situación de nuestra autonomía, de quejarnos si se informa, de quejarnos de falta de información, de quejarnos si se obliga a llevar mascarilla y de quejarnos si no se obliga. Vamos, como siempre.

Aplausos

En algún momento, la gente dejará de aplaudir en los balcones. Y no mucho después empezará a despotricar contra los funcionarios que les han curado o mantenido los servicios públicos en funcionamiento durante este tiempo, y a mirar por encima del hombro al personal de limpieza o a los inmigrantes que han estado recogiendo sus basuras o a los reponedores y cajeros que les han dado de comer. Toda esta gente será la misma y seguirá trabajando igual, pero sin aplausos.