Informes chapuceros, opacos y arbitrarios

27 27+00:00 mayo 27+00:00 2020

Leo ese titular en el editorial de El Mundo: «Informes chapuceros, opacos y arbitrarios».

Y me sorprende muchísimo. ¿De verdad van a hablar del famoso informe (por llamarlo de alguna manera) que un guardia civil pergeñó con total desfachatez contra el Gobierno? Siempre estoy con los técnicos contra los políticos, porque sé de qué va la cosa, y los técnicos y sus informes son, frecuentemente, la última línea de defensa contra la arbitrariedad de un político. Salvo, claro está, que se haga algo como eso: una colección pavorosa de mentiras dirigidas, cocinadas y manipuladas con evidente mala fe (que puede llegar incluso a la alteración de testimonios) y coronada con incursiones en materias para las que el autor no tiene cualificación alguna y además no son objeto del informe. Pavorosa porque asusta pensar que un guardia civil se crea investido de autoridad alguna para intentar derribar un gobierno o para darles a las feministas las hostias que se merecen. Alguien que redacta un informe como ese y se lo envía a un juez debería ser inmediatamente expulsado del cuerpo.

Pero no; El Mundo no se refería a esos informes, no. Resulta que se refieren a informes de Sanidad sobre la epidemia, claro.

Ya me parecía a mí un ejercicio de periodismo demasiado profesional viniendo de esta gente.

La docencia online

14 14+00:00 mayo 14+00:00 2020

Ayer escribí un poco mosqueado sobre las obviedades que la gente cree saber sobre la docencia online, y me apetece extenderme algo sobre el asunto (y además un lector lo ha sugerido).

No es un tema que se pueda liquidar en un momento, y además mi experiencia sigue siendo limitada. Y el tema es tan amplio que requiere pensar mucho y organizar mucho, y no lo he hecho. Así que lo voy a abordar con la mayor humildad. Es, como todo lo demás que aparece en este blog, mi punto de vista, nada más.

Hay gente que cree que un comic es una especie de «quiero y no puedo»; que lo que quieres es contar historias con personajes en movimiento, y que como no puedes filmarlos, los dibujas. El comic sería una especie de cine con poca tecnología. Y es posible que en origen fuese así a la fuerza, cuando no había posibilidad de hacer cine; pero obviamente el cine y los comics son cosas distintas. Que sí que pueden prestarse entre sí ideas o guiones, o incluso técnicas (en el comic hay encuadres, en el cine hay storyboards). Pero el cine no es un cómic filmado, ni el cómic es un extracto de fotogramas. Esos trasvases no funcionan.

Enseñanza a distancia ha existido siempre (en la UNED y tantas otras instituciones), con unas características muy concretas. La primera es que el alumno a distancia debe tener mucha, mucha disciplina. No vale para todo el mundo. Hoy en día hay recursos técnicos maravillosos, cuando en los primeros tiempos de la UNED lo único que tenían a su disposición era el libro (que no es poco); pero eso no hace desaparecer cualquier diferencia.

Si yo soy un profesor presencial, de los que tienen vocación y se esfuerzan, plantearé la asignatura pensando en:

  • Una planificación temporal para que tanto el alumno como el profesor puedan hacer el trabajo en las horas asignadas.
  • Un orden de los conceptos y de cómo los aprenderá el alumno; en qué momento dominará cada uno, y cómo cada uno depende de los anteriores.
  • No solo eso; seguramente habrá coordinado todo esto con los temarios y los planes de otras asignaturas. Lo hará si son estancas, y no digamos si se abordan trabajos en común, aprendizaje por proyectos o cualquier otra cosa parecida.
  • Un reparto adecuado entre los elementos que el alumno trabajará escuchando / viendo al profesor, los que trabajará haciendo algo en clase por sí mismo en el momento, los que trabajará haciendo algo en clase con compañeros, los que trabajará por sí mismo en casa, con compañeros fuera del aula…
  • De las actividades que haya planteado, probablemente tendrá algunas estrategias previstas para responder. Dependiendo de cómo vaya un ejercicio, puede aprovechar la confusión o el acierto que resulten para aclarar cosas, para reconducir a la clase, para mencionar otros conceptos. Aprovechará la reacción de los alumnos para que la situación resulte en aprendizaje.
  • El profesor tendrá previsto también todo un conjunto de elementos de evaluación, de muy diversos tipos.
  • Y todo ello (y esto es muy importante) lo planteará no solo respecto a cómo puede aprender un alumno, sino en torno a los medios disponibles y a su propia capacidad. No solo elegirá lo que quiere hacer, sino lo que puede hacer.

Se tarda años en afinar toda esta maquinaria, y nunca lo está, porque además cambia constantemente. Los buenos profesores universitarios trabajan como bestias. Lo he visto desde dentro, y conozco a muchos.

Si en un momento dado te dicen que a partir del lunes tienes que hacer enseñanza a distancia, no sirve prácticamente nada de lo anterior que tuvieras hecho. Y no es porque no sepas chatear. Lo que iba a ser un comic de repente se tiene que convertir en cine (o al revés). Y el menor de tus problemas es saber encender la cámara o usar el lápiz.

El principal problema de la enseñanza a distancia, amigos míos, no es exactamente la distancia. Es la sincronía (que no, no se resuelve con una videoconferencia).

  • Las actividades que habías previsto, la forma de abordar el aprendizaje, ya no funcionan. La dinámica de alguien en un aula es muy distinta de la de alguien aislado en casa. Y quien diga que la diferencia se contrarresta con WiFi, supongo que se encontrará igual en un merendero jugando al fútbol con sus sobrinos que en una de esas horrendas videoconferencias familiares (que sí, son mejor que nada).
  • Tienes que rehacer de golpe una cantidad ingente de actividades. El problema no es pasarlas a PDF ni a vídeo; es que no valen para eso. En ese contexto tendrás que plantear otras.
  • El trabajo en equipo de los alumnos se ha ido al garete en gran medida. Las dinámicas de grupo son algo tan sutil y tan difícil de manejar con una interacción social normal que no digamos en un contexto a distancia.
  • Aun cuando rediseñes todo y seas rapidísimo grabando vídeos, ni la comunicación ni las interacciones son iguales. En toda comunicación a distancia hay más ruido y más malentendidos. Para hacer lo mismo tardamos mucho más, tanto los profesores como los alumnos. ¿Te acuerdas de lo que hemos dicho sobre la planificación temporal? Un pequeño porcentaje de diferencia se acumula hasta destrozar el plan del curso (en la vida «normal», si te caen dos festivos seguidos ya tienes que hacer maravillas para reorganizar las clases y cumplir los planes, y eso sin tener que reinventar absolutamente nada de la metodología docente).
  • No tienes oportunidades de aprovechar la dinámica presencial. La realimentación, las manos levantadas, las caras que ves, lo que les ves escribir a vista de pájaro, el tipo de preguntas que hacen. No, no funciona por streaming, no te empeñes. La misma pregunta tres segundos después no tiene el mismo efecto, no da la misma información. No es ni parecido. El trabajo de enseñar es tan delicado que tienes que tener cuidado hasta con cómo empiezas las frases, para no mover a confusión y no perder a ningún oyente; el impacto de no comunicarse en persona es muy alto.
  • La evaluación merece capítulo aparte. Me muero de risa cuando oigo hablar de reconocimiento facial, de algoritmos que detectan si estás copiando… La evaluación, de hecho, debería hacerse en general sin examen final, es un problema mucho más complejo y con muchas ramificaciones y planteamientos diferentes que la mayoría de la gente desconoce. Pero incluso algo tan trivial como un examen clásico es simplemente inviable (en mi modesta opinión) a distancia. Hasta la UNED, seguramente la institución con más experiencia de España, hacía los exámenes presenciales (hoy en día no sé lo que harán). Para enseñar a distancia hay que plantear una estrategia de evaluación en la que no te haga falta sentar al alumno a hacerle preguntas. Y lo que se está haciendo ahora supongo que es un mal sucedáneo.
  • Y respecto a lo que el profesor puede manejar… La gente no tiene ni idea de la situación en la que están estos días los profesores, contestando a miles de mensajes, atendiendo uno por uno y secuencialmente a los alumnos que andan como pollo sin cabeza intentando organizarse para estudiar por su cuenta (cosa que no saben hacer, y no tiene nada que ver con Youtube ni con Google). Si yo tengo un aula con 100 alumnos, hay cosas que puedo hacer allí con todos a la vez (y por eso tradicionalmente se ha forzado a los profesores a dar “clases magistrales” y no laboratorios, y a tener aulas masificadas y no grupos pequeños; lo segundo es mucho más caro). Lo que pregunta uno lo oyen todos. Si los examino, puedo tenerlos a todos resolviendo un ejercicio durante una hora mientras los vigilo. Si doy una instrucción, les doy a todos la misma (y aun así casi siempre hay problemas). En fin, el cambio que supone manejar a un montón de individuos asíncronamente es enorme. Si yo puedo manejar 400 alumnos usando clases presenciales (y no estoy hablando necesariamente de lecciones magistrales), no creo que pueda ni con 50 a distancia.
  • En suma, si pasas de la enseñanza presencial a la online, lo único que podrás aprovechar es justamente aquello para lo que no te hace falta un profesor. Sí, eso es fácil de poner online o de convertir a vídeo. Y sí, puedes aprender por tu cuenta, con libros o con vídeos o con papiros, todo lo que te propongas sin más ayuda, eso siempre es verdad.

La educación es un tema apasionante, y esto no es más que un esbozo mal hecho que araña la superficie. Lo que pretendo poner de manifiesto es que pasar de enseñanza presencial a online no es como pasar de hablar en persona a hablar por teléfono. La enseñanza online requiere primero un planteamiento docente totalmente distinto (para el mismo temario), con otras actividades y otras formas de control. Requiere, en segundo lugar, una planificación temporal muy distinta. Y en tercer lugar… requiere muchísimos más recursos humanos.

Y todo eso es lo que les ha caído, sin más, y sin subida de sueldo, a nuestros profesores. Todos esos vagos que no quieren reciclarse tecnológicamente, y a los que sin embargo de la noche a la mañana les han cambiado su mundo y han seguido adelante como si nada. Y lo están haciendo, y están sacando adelante el curso. A mí me parece titánico. Habría que ver qué hace Cristiano Ronaldo si de repente lo ponen a jugar al waterpolo (que también tiene balón y porterías y goles, y se juega con las manos, ¡más fácil que el fútbol!, ¿no?).

Los expertos en expertez

12 12+00:00 mayo 12+00:00 2020

Líbrenos Dios de los coaches.

El otro día leí con mucho interés un artículo de alguien que decía: ¿Está seguro de que en su actividad no puede hacer teletrabajo?

He visto muchas veces, y más en estos días, tratar a los profesores universitarios con superioridad. Por supuesto, cualquier alumno de primer año que no conoce ni la materia sabe qué contenidos necesita, cómo deben enseñarse y cómo será su inserción laboral, no ese año, sino unos cuantos después. Y lo sabe mejor, obviamente, que un profesional de la enseñanza (aunque sea de los que tienen vocación y dedicación), con experiencia previa y/o simultánea fuera de la universidad y con muchos años de ejercicio a sus espaldas.

Dice el autor del artículo:

También hemos podido observar profesionales docentes muy cualificados con grandes dificultades para impartir una clase online. Está claro que la tecnología es un elemento básico, pero lamentablemente no es suficiente. La transformación cultural es probablemente más difícil que la tecnológica.

Los profesores universitarios, esos seres inmóviles incapaces de transformarse culturalmente. Es que no se llevan bien con la tecnología.

Continúa el autor, hablando de esta “transformación cultural”:

La transformación cultural responde muchas veces a barreras mentales («no voy a poder venderle este producto a mi cliente si no le puedo ver en persona…», «mi equipo no va a ser productivo si está trabajando cada uno en su casa y, sobre todo, si yo no estoy allí coordinando», «no soy capaz de dar una charla frente a una cámara, sin poder ver mi público…». En mi opinión, todas estas barreras son muy fáciles de superar, a poco que uno ponga de su parte, si bien es cierto que estos elementos no han estado muy presentes en nuestro sistema educativo. Pero para todas ellas existen numerosas guías de autoayuda, píldoras en YouTube y si no, muchas veces basta simplemente con buscar en Google.

Para él dar clase es charlar frente a alguien. Y la transición de un curso presencial a un curso online es como pasar de hablar frente a personas a hablar frente a una cámara.

Pero espérate, que entonces dice que va a dar ejemplos. Y en el apartado de educación… en fin.

Tanto alumnos como docentes se han visto obligados a utilizar unas herramientas y unas técnicas para las que no estaban preparados. Es cierto que para avanzar en la línea de la educación online hay que mejorar la metodología empleada. Por ejemplo, habilitando plataformas colaborativas y de videoconferencia, mejorando la experiencia de usuario mediante video en streaming, incorporando chat entre alumnos y profesor, app para dispositivos móviles y, sobre todo, desarrollando un amplio catálogo de contenidos audiovisuales o en formato digital.

Herramientas y técnicas para las que no estaban preparados… O sea, que para avanzar en la educación online la metodología mejora… “habilitando plataformas colaborativas y de videoconferencia, mejorando la experiencia de usuario mediante vídeo en streaming, incorporando chat, app para móviles, contenidos…”

Discúlpeme el autor, pero lo que revela al escribir es que no tiene mucha idea de las barreras que afronta un profesor universitario ni de cuáles son sus dificultades. Ni, evidentemente, sobre dar clase, para empezar.

Si cree que el problema de un profesor se soluciona con guías de autoayuda o… píldoras de Youtube, o con… ¡¡¡Google!!!, creo que está errando el tiro. Porque para dar consejos hay que saber bastante más que el aconsejado, o tener alguna experiencia distinta a él. El arsenal del autor es la palabrería vacía y obvia (en cuanto alguien habla de la experiencia del usuario o la experiencia del cliente, ya sé que no puedo esperar nada bueno).

Señor autor, los profesores ya saben que existen los vídeos y el chat, gracias. Si cree usted que dar clase online es como dar clase presencial pero a través de youtube, o que el problema de la gente es que no sabe encender una cámara de vídeo, o que la cuestión de fondo tiene algo que ver con las simplezas que usted ha dicho, creo el que necesita asesoría, blended training, coaching o como quiera llamarlo es usted.

Tenemos a un montón de profesores trabajando infinitas horas (y nadie va a aplaudirles desde los balcones) cambiando de entorno docente a mitad de curso, con lo que no sirven ni las prácticas previstas, ni los procedimientos de evaluación, ni las guías docentes, ni los ejercicios previstos, ni las actividades de grupo, ni la coordinación entre asignaturas, y usted cree que están agobiados porque no tienen vídeos hechos.

Podría decirle cuáles son realmente algunos de los problemas de la educación online. Pero ¿sabe qué? Me ha costado muchos años de experiencia y de estudio entender siquiera parcialmente un oficio tan difícil como la enseñanza. No vendo humo. Y si usted cobra por vender humo, comprenderá que yo no le dé a cambio ayuda real gratis.

Mientras tanto, por favor, piense si se pondría a dar instrucciones a las enfermeras.

Reflexiones coronavíricas (III)

30 30+00:00 abril 30+00:00 2020

Terrazas

La hostelería ha venido abusando del espacio público, extendiéndose, forzando reglas a su medida, saltándose las leyes sobre el tabaco con toda impunidad; y no había ningún motivo especial para ello. Ahora, con la coartada de la recesión, y cuando además va a haber que guardar distancia, creo que no solo se va a ir a la papelera cualquier consideración sobre accesibilidad o límites; van a extenderse directamente en todas direcciones, van a ocupar las calzadas, los jardines y hasta las autopistas. Toda la superficie de la ciudad que no sea vivienda va a ser terraza. Nadie les va a poder toser, porque claro, en circunstancias como esta se relajan las leyes, y su sufrimiento vale más que el de cualquiera.

Protestas

La etapa de falsa unidad y solidaridad duró muy poco (yo creo que no existió). Ya estamos en fase de quejarnos si no nos dejan salir, de quejarnos si nos dejan, de quejarnos si se propone una medida, de quejarnos si se matiza por hacer caso a nuestras quejas previas, de quejarnos si no se centralizan y unifican las decisiones, de quejarnos si no se tiene en cuenta la particular situación de nuestra autonomía, de quejarnos si se informa, de quejarnos de falta de información, de quejarnos si se obliga a llevar mascarilla y de quejarnos si no se obliga. Vamos, como siempre.

Aplausos

En algún momento, la gente dejará de aplaudir en los balcones. Y no mucho después empezará a despotricar contra los funcionarios que les han curado o mantenido los servicios públicos en funcionamiento durante este tiempo, y a mirar por encima del hombro al personal de limpieza o a los inmigrantes que han estado recogiendo sus basuras o a los reponedores y cajeros que les han dado de comer. Toda esta gente será la misma y seguirá trabajando igual, pero sin aplausos.

Reflexiones coronavíricas (II)

20 20+00:00 marzo 20+00:00 2020

Enemigo

Pues sí; tenemos enfrente un enemigo invisible que mata, y la gente no se conciencia. No se protege, pero además no le entra en la cabeza que las medidas no son solo para protegerse a uno mismo, sino también a los demás; y que si te crees con derecho a asumir riesgos estúpidos, no lo tienes a obligar a otros a asumirlos. Y no somos conscientes de que ese enemigo va a matar este año a más de 50.000 personas. Solo en España. Y no solo este año; también el siguiente, y el siguiente. Todos los años.

Se llama «tabaco».

Natalidad

No he oído hablar del baby boom que se va a producir hacia diciembre de 2020. Mucha gente encerrada en casa todo el día, sin nada que hacer. No sé, pero si dicen que hubo un repunte de la natalidad por un apagón en Nueva York, esto tiene que ser una explosión. También es verdad que no estamos en 1965. Veremos.

Política

Csd se relame. Si tienes un décimo de lotería pásaselo por la chepa, porque no hay nadie con más suerte. Llegó a presidir su partido de rebote, como tantos otros (alcaldes, directores de departamento…) porque los verdaderos contendientes prefirieron un tercero que su enemigo acérrimo. Le encontraron un muerto en el armario descomunal (que te regalen la carrera y después un máster), y se fue de rositas y consiguió que lo que quedara en la memoria colectiva no fueran sus fraudes, impunes, sino los títulos (aparentemente legítimos y normales) de otro (el presidente con mayor cualificación académica hasta ahora, y los españoles se ríen de él por su cualificación académica).

Y ahora llega el virus, que no solo trae lo de ahora sino, peor aún, lo de después: la recesión, el paro. Lo tiene chupado. Solo tiene que hacer de poli bueno una temporada mientras estamos sensibles, enseñando la barbita, y luego, en su momento, sacar la crispación para ajustar cuentas y enseñar todo lo que se está guardando ahora, más lo que venga. En ese anzuelo picamos seguro.

Reflexiones coronavíricas

17 17+00:00 marzo 17+00:00 2020

Pues al final sí que estamos en cuarentena. Y todo esto me hace pensar en varias cosas.

Primera: que si a alguien se le hace terrible todo esto que pasa, me pregunto qué sería de nosotros si llega a pasar hace no tantos años; sin internet, con pocas cadenas de televisión, sin apenas teléfonos. Costaría muchísimo más comunicarse y recibir información. Si uno quisiera leerse el BOE con el decreto del estado de alarma, no podría. Toda forma de teletrabajo sería absolutamente impensable. No habría compras a distancia ni servicios a domicilio. Toda la gestión en los hospitales sería mucho más lenta, mucho menos ágil. Las autoridades tampoco tendrían la información que tienen; manejarían las cifras de epidemia a base de fichas de cartón o llamadas telefónicas, sin mapas automáticos ni hojas de cálculo.

Hay que pasar unos días en casa, sí. ¿Me vais a decir que teniendo una cantidad inabarcable de películas, música, libros, comunicaciones, videollamadas… es tan terrible?

Segunda: el problema es, obviamente, el efecto que esto puede tener en los negocios y en los asalariados. Pero deberíamos ser capaces de parar una temporada, porque si lo piensas, la mayoría de las cosas se pueden aplazar. Si nuestro sistema no es capaz de hacerlo, habría que plantearse por qué creemos que es bueno.

Tercera: está muy bonito eso de aplaudir en las ventanas a los médicos. Ahora solo falta que esa señora que hoy aplaude se lo aplique cuando va al médico y dice en voz alta, para que todo el mundo lo oiga, que tardan mucho en atenderla, que qué vergüenza, que están todos al café, que vaya panda de vagos y que le da tiempo a una a morirse.

Cuarta: también está lleno de listos que dicen que tenían que habernos encerrado antes. Ya no se acuerdan de que el 6 de marzo todo esto era sencillamente impensable, y que si se hubiera declarado entonces el estado de alarma todo el mundo se habría echado las manos a la cabeza por el alarmismo, por el autoritarismo, por cargarse la economía, por…

Quinta: volviendo a los aplausos, me pregunto por qué todos los hooligans idiotas de España, que son tantos, no acuden ahora a Cristiano Ronaldo o a Messi o a Isabel Pantoja para que les saque las castañas del fuego. Ahora sí, ahora los médicos y los científicos son héroes, ahora ser enfermero es precioso, ahora los servicios públicos importan. El resto del tiempo son poco menos que mierda.

Pues espero que os acordéis de esto, panda de compatriotas imbéciles, cuando volváis a soltar eso de «Messi somos todos». Messi, Ronaldo y tantos otros, que son delincuentes declarados que han estado robando, para poder ir en un avión más grande, los sueldos de esas enfermeras a las que aplaudís. Cuando esto pase, volveréis a subir al pedestal a los ladrones y a limpiaros los pies en las enfermeras. Y no quiero sacar el tema de su majestad el rey… y no me refiero solo al padre. Somos una turba de tontos, y nos merecemos lo que nos hacen.

Sexta: estos medios de comunicación tienen muchas ventajas, pero la desventaja de que cualquier idiota puede difundir sus idioteces. La gente no deja de enviar por whatsapp supuestas informaciones. Los engañan como a bobos, y lo difunden. Si un mensaje pone «difúndelo», van y obedecen. La intención es buena, pero de buenas intenciones está empedrado el infierno. Esta crisis saca cosas buenas de mucha gente, sí. Pero me ha hecho ver qué fácil es que cada cual vaya a lo suyo (no hay más que ver cómo se han comportado en los supermercados; alucinante) y cuánta ignorancia ejecutiva hay. ¿Os extraña lo que pasó en la guerra civil, os parece impensable lo que ocurrió en el Holocausto? A mí nunca me lo ha parecido, y tristemente no veo más que confirmaciones. Hace falta poco para volvernos gilipollas, o más bien para que aflore lo gilipollas que, en conjunto, somos.

Siento el pesimismo. En el fondo soy optimista y espero que lo que pasa cambie cosas para bien.

Hala, vuelvo al (tele) trabajo. Es que ahora no puedo salir al café, y tenía que parar de alguna manera.

 

El sentido de la vida

1 01+00:00 marzo 01+00:00 2020

Ya lo conté en algún comentario aquí. Un día, hablando con mi mujer de algo que no venía mucho a cuento, mientras ella estaba distraída haciendo algo, colé medio en broma la pregunta típica, «¿Y cuál es el sentido de la vida? ¿Pa qué estamos aquí?»

Pues no va la tía y con toda naturalidad, sin levantar la vista de lo que estaba haciendo, me dice: «Pueeeees para aprender cosas y para ayudar a los demás.»

Me quedé patidifuso y no se me olvidó nunca. El sentido de la vida, revelado. No se me ocurrió nada que pudiera rebatir.

El otro día, en «Buenismo bien», el diputado Agustín Zamarrón suelta (minuto 21) algo como esto:

La vida ¿qué finalidad tiene? El conocimiento y el amor al prójimo. Lo demás no merece la pena.

Y hace un par de días leo en El País un artículo sobre Bertrand Russell en el que, entre otras frases brillantes, le atribuyen esta:

La buena vida es una vida inspirada por el amor y guiada por el conocimiento.

Pero mi mujer me lo dijo primero.

Ratones

26 26+00:00 febrero 26+00:00 2020

El otro día vi en Verne un artículo sobre una foto de Sam Rowley que ganó el premio del público de los Wildlife Photographer of the Year. Son dos ratones en una estación de metro de Londres, peleándose como boxeadores. La reproduzco aquí porque entiendo que es lícito bajo la licencia con la que se publican las fotos de NHM.

Inciden mucho en cómo consiguió Rowley fotografiar cómo funciona la vida salvaje en entornos urbanos. Y cómo estamos conectados con la naturaleza sin saberlo, y demás.

Pero yo en la foto veo otras cosas antes que eso.

Veo dos animales pequeñitos en un entorno tan absolutamente fuera de su comprensión que asusta. Hay tecnología para haber creado un mundo, inmenso, bajo tierra. Para haber forrado las paredes de cemento, para haber creado luz de la nada, para haber puesto unos aparatos metálicos inmensos que recorren distancias enormes. En el metro de Londres hay tecnología que hace solo un par de siglos habría sido pura brujería para los seres humanos; maravillas que exceden absolutamente lo que un ratón puede siquiera intuir. Están en el medio de algo que les es ajeno y no pueden apenas empezar a percibir. Solo en el pavimento del suelo que pisan con sus patitas hay miles de años de ciencia y técnica condensados.

La foto es muy buena porque refleja precisamente esto. Los ratones están relativamente enfocados. Pero hay un universo desenfocado y lejano, y otros artilugios más cercanos que son nítidos pero siguen estando fuera del mundo de los ratones, casi mirándolos desde arriba.

Y en medio de ese universo, ¿qué hacen los ratones? ¿Levantar la vista? ¿Observar atónitos? ¿Intentar entender mínimamente eso que les rodea?

No; se pelean con sus ridículos puñitos por una migaja.

Dos ratones minúsculos, solitarios, observados por un mundo que les excede en todas las dimensiones posibles, dedican sus energías a pegarse por un trocito de basura.

Si eso no es el ser humano, no sé qué otra cosa puede ser.

Y sí, luego está eso que dicen de ver animalitos viviendo en la ciudad. Pero me parece una lectura muy literal y muy poco interesante frente a la fuerza de esa imagen.

Un añu dempués

17 17+00:00 febrero 17+00:00 2020

Un comandu foi a Venecia.

Ún nun sabe si dalgunes coses tan permitíes o non en Venecia. Ellos diben con una misión. Pensaron si facelo de nueche, si facelo nuna caleya apartáa por si acasu.

Y al final, decidieron que non.

Así que a plenu sol, debaxo’l Puente los Suspiros, mentantu pasaba una góndola, echaron parte de les cenices de mama nel canal. Nel Rio di Palazzo.

Yera una idega absurda, descabelláa. Pue decise que imposible. Pero col tiempu fízose verdá, y güey parte de mama descansa nel Cantábricu y parte, pa siempre, en Venecia. Prestaríame que ella lo viera. Quién sabe. De dalguna manera, sé que importa. Esa hestoria non podía ser meyor, esa imaxen non podía ser meyor.

Sigo col impulsu de llamala por teléfonu a ver si durmió o qué comió o qué temperatura tien en casa.

1998

2019

Porque cree que puede

10 10+00:00 febrero 10+00:00 2020

Aquí un tipo que toca el piano muy bien. Nada extraterrestre, hasta que uno considera que esto es un guaje de 15 años.

¿Cómo puede hacer esto un niño?

Hay varias partes de la respuesta que son conocidas: porque le ha echado horas. Ha pasado mucho tiempo con el piano. Ha pasado mucho tiempo escuchando con atención. Le fascina la música. Pero no es solo eso. Hay una razón importante.

Lo hace ante todo porque cree que puede.

Un niño que se sienta a un piano y busca una nota no se juzga. Está absorbido por intentar que aquello suene. Las notas malas no las oye más que para saber que no son esa, y tiene que buscar otra. Un niño que juega con muñecos -si es que queda alguno- no tiene en cuenta si alguien le ve o no, si la historia está bien montada o no. Es totalmente inocente, y no piensa en el después.

Apuesto a que ese chaval se puso a tocar, y simplemente pensaba en que le salieran canciones. Es lo que se llama «jugar». Y a medida que le iban saliendo, se dio cuenta de que podía jugar a ser esto, y aquello… Que podía llenarlo todo de arpegios y sonar como en el vídeo. Podía jugar a ser pianista. Y si puedes jugar a ser pianista, puedes ser pianista. Y se fue dando cuenta de que le iban saliendo las cosas y de que sí, podía tocar el piano. Si le salía un truco, le encantaba, y si no, probaba otro o repetía ese para que le saliera.

Pero creía que podía ser pianista, porque cuando uno es un niño, las cosas son más simples, y un niño sabe que «tiene» que ser algo, y ¿por qué no pianista? Creyó que podía, y sabía que tenía que ser algo, y que los pianistas son gente que antes no lo fue. No se planteaba mucho más.

Lo sé porque yo también jugué con algún instrumento de pequeño. En aquel momento no teníamos piano en casa (ni prácticamente nada, salvo la típica flauta), pero de visita en casa ajena, recuerdo estar un rato con un teclado y sentía exactamente eso. Bueno, no sentía nada; me limitaba a jugar y en aquel rato me acabaron saliendo varias canciones.

Por supuesto, creer que puedes no basta; eso es una tontería. Luego viene echarle horas, y estudiar, y practicar, y meter tu vida en la música. Pero sí funciona al contrario: si no crees que puedes, si no te limitas a jugar sin darte latigazos, no vas a conseguir nada.

Cuando uno juega, el mundo desaparece. No hay egos ni calificaciones; lo único que hay es el juego. En el momento en que entra en danza el miedo a fallar, o uno se da cuenta de que lo miran, el juego se acabó y ya pasa a ser otra cosa. Mucho menos productiva.